DEBORAH LANDAU. SOLITARIA

Ese verano no quedaba en mí nada de la niña que fui.
Se hizo evidente poco a poco.
De repente ocurrió.

En la piscina, yo pesaba más que la luz.
Picada de viruela y escuálida con un sombrero de ala ancha.
¿Qué será de mi cuerpo

cuando esté tirado toda la noche en el suelo?
Pleno verano. Inspiración. Expiración.
No soy una bombona de oxígeno.

Dos veces a la semana tenemos sexo.
Veo a las ágiles chicas junto a la piscina

casadas con hijos, con anchas

caderas de mujeres maduras.

No puedo ver más allá del punto en el que estoy.
Como tú, sólo estoy de paso.

Quiero mantenerme durante un tiempo.
No quiero nada
ni renunciar a nada, no quiero

estar entre algodones o exhibirme en carne viva.
Si yo retinol. Si yo maratón.
Si yo vitamina C. Si yo carmesí

mis labios y mi pelo moteado.
Si yo cera. Exfoliar. Copular
al lado del pescado contaminado.

Cúbreme, tengo frío. Cúbreme, estoy en mitad del camino.
¿Me aplastarías en el hueco de la escalera?
¿Podríamos acostarnos?

Si los frenos no funcionan.
Si los pesticidas no desinfectan.
Si el séptimo piso expulsa un ladrillo

por la ventana y cae en mi cabeza.
Si un estremecimiento, la menopausia. Cáncer. ALS.
Estos son el ABC de mis miedos.

El médico dice
No tengo una pastilla para eso, querida.
Ojalá, sería una panacea, señoras,
¿gin-tonics en una noche de verano?
¡Te crees inmortal! Desconcertada.
Sucesión de días que no podemos atrapar.

Versión de Carlos Alcorta

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