GOMILA

PEDRO JUAN GOMILA MARTORELL. EN LA TIERRA DE NOD. EIDOLON II. LA LUCERNA POESÍA, 2015

Tuve el placer de leer por vez primera a Pedro Juan Gomila Martorell a propósito de su anterior libro, Arcadia desolada, primera parte de este ambicioso proyecto titulado genéricamente «Eidolon». En la tierra de Nod, segunda entrega de dicho proyecto, aún inacabado, es, en palabras de Fernando Parra, autor del imprescindible prólogo, «una búsqueda de la identidad, una tensión abisal sostenida dramáticamente por los dos yoes del poeta, el yo verdadero que se agazapa evitando las leyes biempensantes de ‘la tribu’ y ‘el Otro’, (‘ese yo que no era yo’) impostura lacerante que niega pero no destruye, que oculta pero no opaca la herida legítima del ser». Pocos libros podemos leer hoy en día tan crudos y poco complacientes con lo políticamente correcto, sobre todo porque esta rebeldía vital en ningún momento entorpece o subestima el rigor poética ni desciende a conceder preponderancia al contenido del mensaje por encima de su enunciación. Es notorio además, para quien leyera la primera entrega, que el torrente verbal, aunque sigue brotando, por decirlo de un modo simbólico, aguas arriba, es decir, torrencialmente, sí parece haberse domeñado, como si la corriente subterránea que lo nutre hubiera domesticado su ímpetu. «Ahora —citamos de nuevo a Parra—, sin embargo, el verso se contiene ante la lucha sostenida ante contrarios, entre el yo y el Otro, el instinto y su negación, la resistencia al deseo y la entrega, la muerte y la resurrección, el hijo y la madre, la naturaleza y la moral, tensando el verso en un contrapunto imposible, siempre al límite, al borde de estallar». Los finales versos del primer poema, ilustran uno de estos conflictos citados, el que el hijo mantiene con la Madre, «la que está sujeta al aire que me deshabita,/ sin reconocer mi voz, ni el rostro, ni mi tacto,/ la que acaba de arrojarse con mi muerte/ unos metros más cerca de su propia extinción». La violencia de la expresión contrasta con el un arraigado y sincero sentimiento filial. De la intensidad de ese sentimiento nace la voz doliente, permanente en todo el libro, que caracteriza este poema, una voz que necesita decirse de un modo alusivo, insinuante, acaso con exceso de retórica, como el poeta romántico que, al fin y al cabo, es Pedro Juan Gomila. Esta dicción volcánica, tempestuosa revela un intento de expulsar los demonios interiores fuera de sí: «¿Cuál el nombre del demonio a quien cediste/ la execrable orgía de tus obras,/ impúdico botín para gusanos,/ a cambio de la llave de tu celda abismal?// Su nombre es, aquí, Nadie, como el tuyo.», revela un intento de liberar las más íntimas pasiones, de manifestarlas más allá del ámbito de su conciencia, rompiendo el cerco social que las mantiene esclavizadas, aunque no aplacadas. El poeta lucha por superar la incomprensión que le atormenta, el poeta rechaza las convecciones sociales que le marginan («Ya quebrado el vaso frágil de la infancia,/ tras los años primeros de mi desgobierno,/ transigí de mala gana ante la fuerza/ del hostigamiento de las Convecciones») y le condenan a ser un hombre atormentado, que desea vivir en paz consigo mismo y con los demás: «Devuélveme la paz que me han negado/ los torvos de alma enferma, corcovada,/ que aborrecen la conjura de los espolones», pero, lamentablemente, ese paz está lejos de consumarse. El tono sombrío y admonitorio que predomina en estos versos tiene su verdadero asidero en un conflicto de identidad que está aún lejos de resolverse (es sabido que toda obra de arte verdadera nace de un conflicto) y, por eso la escritura sigue brotando torrencialmente: «Y aquel Yo, que no era yo, me iba asfixiando,/ cautivo en las arenas de mi oscura pena». El tono telúrico, escatológico en ocasiones (se escuchan ecos de Nerval, de Lautremont y de Rimbaud, pero también de Whitman y del Neruda de la «embriaguez cósmica») no logra disimular que la pasión física por el cuerpo, la idealización de la belleza y la confianza el poder salvífico del amor son, en realidad, los motores, no sólo de este libro en particular, sino del resto de la poesía que conozco de Pedro Juan Gomila Martorell. Es triste reconocerlo, pero sin un dolor tan extremo, es muy posible que unos versos tan terribles y hermosos (Rilke al fondo) como los que acabamos de leer no hubieran nacido. Un libro como En la tierra de Nod sólo se puede escribir desde la angustia existencia, pero nosotros, sus lectores, no estamos aquí para juzgar la dureza de la vida, sino para disfrutar, sí, para disfrutar de una escritura derramada, intensa, evocadora que a nadie puede dejar indiferente.

 

 

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