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SÔGI. SHÔHAKU. SÔCHÔ. POEMA A TRES VOCES DE MINASE. RENGA. TRADUCCIÓN Y POSTFACIO DE ARIEL STILERMAN. POESÍA SEXTO PISO. 2016

La primera noticia que tuve del renga fue a través de Octavio Paz. Compuso un poema a cuatro voces —Charles Tomlinson (inglés), Edoardo Sanguineti (italiano), Jacques Raboud (francés) y él mismo— que tituló así, Renga. Escribieron el poema durante cinco días, desde el 30 de marzo hasta el 3 de abril de 1969, en una cámara subterránea de un hotel en París. Está escrito en forma de soneto —27 sonetos con libertad de estructura— y se puede leer tanto vertical como horizontalmente. Paz afirma que «no nos propusimos apropiarnos de un género sino poner en operación un sistema productor de textos poéticos. Nuestra traducción es analógica: no el renga de la tradición japonesa sino su metáfora, una de sus posibilidades o avatares». Como digo, fue la primera noticia que tuve de este peculiar sistema de composición, pero este proyecto paciano posee una particularidad especial: está escrito en cuatro lenguas, en cuatro formas de ver el mundo, por tanto, algo que extrema las dificultades de un poema como el renga, ya de por sí, regido por innumerables normas de composición.

Tres poetas son, en este caso, los autores de este Poema a tres voces de Minase. Sôgi (1421-1502); Shôhaku (1443-1527) y Sôchô (1448-1532). Nada mejor que leer los poemas con delectación y tranquilidad, degustando el sinfín de imágenes y de sensaciones que destilan los versos, para continuar con el imprescindible texto titulado «Postfacio», texto deliberadamente relegado al final del volumen. Deberá entonces el lector volver al principio, esto es, deberá releerlo al amparo ahora de las precisiones documentales que Ariel Stilerman desgrana con claridad y erudición, tanto en lo que se refiere a su ambientación histórica («Un amanecer a comienzos de 1488 tres poetas se reunieron en el santuario de Minase (actual Osaka) para componer un poema en honro de un antiguo emperador») como metapoética («El renga (literalmente “versos entrelazados”) es una forma poética que se compone de forma colectiva y produce un poema de cien estrofas»). Es obvio señalar que este andamiaje teórico no es determinante a la hora de apreciar la belleza de estos poemas, más en este caso, cuando hablamos de una composiciones ejecutadas con una precisión matemática que la traducción, magnífica sin duda, siempre es incapaz de reflejar en su totalidad: «La unidad poética del renga es la “concisión” o “enlace” (yoriai) entre estrofas (ku). Cada estrofa que se agrega (tsuke-ku) debe enlazar con la última estrofa (mae-ku) y distanciarse de la penúltima estrofa (uchikoshi). De esta forma se garantiza la variedad, el equilibrio y la progresión del poema como un todo. Este principio fundamental se conoce como uchikoshi wo kiraou: despreciar la penúltima estrofa».

El poema comienza con unos versos de carácter informativo (escritos en este caso por Sôgi, el maestro. Los otros dos, Shôhaku y Sôchô, son sus discípulos): «A veintidós días del primer/ mes lunar del segundo año/ de la era Chôkyô (1488)», y es que, según informa Stilerman, «El verso inicial de un poema renga debe hacer referencia a las condiciones en que los poetas se reúnen para componerlo, en este caso, un anochecer de primavera junto al río Minase». Después, las estrofas, fieles a las imposiciones normativas del encadenamiento, nos conducen, gracias a asociaciones realmente sorprendentes —eso sí, no siempre fáciles de percibir para una mente occidental, no siempre atenta a sutilezas rítmicas y semánticas de este calibre: «El sonido de la pértiga que empuja un barco/ en la claridad del alba» (Sôgi), «Desde mi almohada de hierbas/ la luna parece ajada» (Sôchô) o «La soledad se aprende/ del sonido del viento en los pinos» (Shôhaku), aunque en los últimos años las ediciones de haikus y de poesía japonesa hayan experimentado un crecimiento extraordinario— nos conducen, decía a un mundo de impresiones sutiles, de experiencias que permanecen en la memoria como una caricia. Una música de un arpa, apenas perceptible, parece acompañar el trino de los pájaros leve como el crujido de un copo de nieve al caer en la cima de la montaña. Todo es liviano en estos poemas, todo menos el temblor que provocan en los sentidos.

La publicación de una joya de la poesía como esta no se podía presentar de cualquier manera. Consciente de eso, Sexto Piso, nos presenta una edición exquisita que simultanea los poemas y sus referencias, incluso en el índice, tanto en su transcripción y en castellano como en versión original, es decir, en escritura ideográfica. El esfuerzo editorial ha merecido la pena, porque el libro es, en sí mismo, un objeto hermoso que no debería pasar inadvertido a los lectores de poesía, de poesía intemporal, de poesía tan sutil como un mudo lamento.

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