KIM GARCÍA. VIGILIA PASCUAL

El obispo, el único hombre negro en esta iglesia sureña,

lleva la casulla dorada, enciende

el cirio que ilumina a los demás,

hasta que la iglesia se inunda de amarillo, vacilante luz,

cera barata amenazando con apagarse, el olor caliente

del material resistiéndose a convertirse en llama.

Aceite milagroso,

rosarios derretidos, archivadores ondulados.

Portazos contra las hogueras nocturnas.

Componemos este aleluya intermitente con campanas,

titubeando durante la bendición,

dispuestos a concedérnosla a nosotros mismos

y nunca concedida.

El gran cirio anual se sumerge en la fuente.

La cera se enfría en las marmóreas aguas.

El lector levanta sus brazos. Los bebés, que vienen a ser bautizados, lloran por la lentitud,

por su rígido embozo de Pascua, por el incienso

que chamusca el rastro de cera de las pequeñas manos de los niños

coloreando cuidadosamente el Cordero y los lirios.

Las palabras de bienvenida

presionan hacia abajo, casi enterrando la alegría con sus promesas

mientras que el cuerpo en la cruz

se distiende, como cualquier bailarín puede ver,

quemando mirra la oscura noche de esta primavera.

 

Versión de Carlos Alcorta

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