ADA LIMÓN

LA CORREA

Después de arrojar bombas tenedor y miedo,
las armas automáticas desataron frenéticas
ráfagas de balas sobre un gentío con las manos unidas,
abriendo el brutal cielo en metálicas fauces de pizarra
que tragan solamente lo indecible en cada uno de nosotros, ¿qué
queda? Incluso el río más escondido está envenenado
con gas naranja y ácido de una mina de carbón. Cómo puedes
no temer a la humanidad, ¿quieres lamer el fondo
seco del arroyo para aspirar el agua letal con
tus propios pulmones, como el veneno? Lector, quiero
decir. No mueras. Incluso cuando los peces plateados
están panza arriba, y el país cae en picado
en un cráter crujiente de odio, ¿no hay todavía
algo de esperanza? La verdad es que no lo sé.
Pero a veces, te juro que lo oigo, la herida se cierra
como una oxidada puerta de garaje basculante, y todavía puedo mover

mis miembros sanos  por el mundo sin demasiado
dolor, puedo todavía admirar cómo la perra corre directamente
hacia las camionetas por el camino,

vertiginosamente porque piensa que las ama,
porque está segura, sin lugar a dudas, de que a las
cosas estridentes les encantará su vuelta, su pequeño y blanda
vida deseosa de compartir su maldito entusiasmo,
hasta que tiro hacia atrás de la correa para salvarla porque
quiero que sobreviva siempre. No mueras, digo,
y decidimos pasear un poco más,  febriles

estorninos sobre  nosotros, el invierno llega para poner
su frío cadáver sobre este pequeño pedazo de tierra.
Tal vez, siempre nos inclinamos hacia
lo que nos destruye, mendigando amor
desde la fugacidad del tiempo, y quizá
como la obediente perra junto a mis talones, podamos caminar juntos
pacíficamente, al menos hasta que llegue el próximo camión.

Versión de Carlos Alcorta

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