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JOSÉ MATEOS. UN AÑO EN LA OTRA VIDA. EDITORIAL PRE-TEXTOS, 2015

 

José Mateos (1963) es, fundamentalmente, poeta, aunque haya escrito relatos y narraciones misceláneas, de esas que despistan a la crítica más anquilosada y no encuentran fácilmente acomodo en las generalizaciones al uso. Su escritura toda está imbuida de ese halo poético que, sin saber muy bien en qué consiste, no cabe duda alguna que impregna hasta el más circunstancial de sus escritos. Un año en la vida de otra persona, un texto ciertamente conmovedor en el que la presencia de una amiga fallecida recientemente sirve de hilo conductor a las reflexiones de carácter diarístico que se suceden a lo largo libro, está también salpicado de ese fulgor poético del que hablamos, incluso cuando reflexiona sobre la propia escritura, como podemos comprobar en este párrafo fechado el 19/5/2014: «Escribir como si el mundo a cada instante tuviera la oportunidad de empezar de nuevo y dependiera de nosotros, de nuestra mirada y de las palabras vivas que nos prestan los muertos, que esa oportunidad no se aun espejismo». La mirada, una forma de mirar particularmente inocente, no contaminada por la experiencia es el anhelo que se repite de forma más o menos velada a lo largo del libro. El propósito de enfrentarse a la escritura, de confiar a la escritura los más íntimos sentimientos, las emociones más intensas sin los prejuicios de quien ya ha escrito cientos de páginas, sin el peso de quien acarrea varios volúmenes a sus espaladas es del todo loable, pero se nos antoja irrealizable. Ese borrón y cuenta nueva tiene los límites que la memoria impone y, sin embargo, no deja de ser un leitmotiv perfectamente válido para embarcarse de nuevo en un proyecto de esta índole: «Después de un año de abstinencia, hoy he vuelto a escribir […] Lo verdaderamente difícil ya ha pasado, me digo. Lo verdaderamente difícil de comenzar un libro, ahora, después de haber escrito unos cuantos, es reconstruir ese estado de inocencia y esplendor, de asombro que me hizo escribir mi primer libro». Debemos subrayar el sustantivo abstinencia, por su valor simbólico (no religioso), en esta reflexión. Algo o alguien ha privado durante un año al poeta de la escritura y ahora, un suceso trágico desata el ansia contenida, como si de una droga se tratara, por más que hubiera intentado «Vivir sin un cuaderno delante, y dejar aquí mis recuerdos para que se vayan lejos, lejos, para que puedan permanecer intacto en el olvido». Afortunadamente para nosotros sus lectores, José Mateos renunció a su propósito y ahora podemos disfrutar de su escritura, una escritura que nos presenta sucesos y acontecimientos, siempre de carácter privado, cotidianos como si fueran algo excepcional, da igual que la reflexión se circunscriba al ámbito filosófico —la muerte o el carpe diem—, al anecdótico y al artístico —un vaso de agua o tres membrillos dan lugar a comentarios sobre el color, sobre la luz, sobre la función del arte— o al meramente poético —comentarios a la obra de algún poeta (Bar-Yosef, Fernando Ortiz o Novoneyra)—. Tal es el poder de su prosa, sabiamente aquilatada, porque nunca desfallece, nunca, aunque hable de asuntos prosaicos como la prima de riesgo o de un supermercado. Todo parece contado con la devoción de quien asiste por primera vez al despertar del mundo en un amanecer que va desvelando poco a poco el núcleo secreto de las cosas. Ser testigo de ese prodigio y tomar conciencia de ello obliga a no parpadear, a registrar —de forma incompleta, la palabra es una herramienta defectuosa—la más mínima incidencia.

En un libro como éste tienen cabida, además de instantes cotidianos, momentos de confirmación, lapsos de duda y presencias misteriosas que visitan con hasta frecuencia al autor. No podemos obviar que la muerte de una amiga ha avivado el fuego de la escritura: «Ha muerto Luisa. Durante tres o cuatro meses en los años ochenta, Luisa fue algo así como mi novia…». Son tantas las observaciones que uno quisiera anotar en estas páginas que casi reproduciría el libro al completo. A pesar de todo, no me resisto a mencionar algunas sentencias, aforismos propiamente dichos, que ilustran el tono de Un año en la otra vida: «No sólo vuela el pájaro, también quien lo mira», «El pensamiento en lo más alto y la mirada siempre puesta en lo que no ves» o «La vida, cuando se da cuenta de que la estamos apuntando, vuela». Quien es capaz de escribir un libro así, sin afectaciones culturalistas, sin disfraces solidarios o invocaciones mágicas, demuestra que la propia conciencia del misterio de la vida basta para crear otro misterio, el que trasmite la palabra emoción en cada una de sus sílabas.

 

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