RAFAEL JOSÉ DÍAZ

RAFAEL-JOSÉ DÍAZ. UN SUDARIO. COLECCIÓN LA CRUZ DEL SUR. EDITORIAL PRE-TEXTOS, 2015

Ocho años de escritura, desde 2005 hasta 2013, abarca Un sudario, el magnífico libro que ha publicado Rafael-José Díaz (1971), aunque este periodo puede resultar engañoso, porque, afortunadamente, no han sido años de sequía editorial, sino todo lo contrario. Han visto la luz varios libros de poemas: Moradas de la luz (2005), Antes del eclipse (2007) y Detrás de tu nombre (2009), así como el diario La nieve, los sepulcros (2005), el libro de ensayos Rutas y rituales (2007), el libro de relatos Alguna de mis tumbas (2009), la novela Interior del párpado (2014) y la recopilación de textos en prosa Las transmisiones. Veinticuatro lugares y una carta (2014), por no hablar de las innumerables traducciones de las que se ha hecho cargo. Como se ve, nuestro autor mantiene una actividad literaria casi febril. Por otra parte, algo nos llama la atención en esta enumeración de títulos, y ese algo es la frecuencia con la que aparecen términos vinculados con la muerte: sepulcros, tumbas y ahora, sudario.

Un sudario, sin embargo, rezuma vida por cada una de sus siete partes, aunque siempre subyaga cierto aire melancólico, de lamento por lo perdido, por los deseos no cumplidos, por los sueños rotos, porque, en fin, los momentos decisivos se escapan como agua entre los dedos. La dicción de Rafael-José Díaz muestra, a pesar de las incidencias vitales, una serenidad envidiable, más notoria todavía en los poemas que recrean el pasado familiar, como el titulado «Veranos de la infancia» o en los que rememoran escenas amorosas, en alguna de las cuales, el componente erótico adquiere prioridad absoluta en el rango de la memoria, como el poema de la segunda parte que comienza con este verso: «La luz equilibrista de la luna…». La noche también está muy presente en este extenso libro. En la sección tercera asume un lugar protagonista, hasta el punto de ser un correlato del propio sudario, del sepulcro, de la fatalidad de un amor no correspondido o, simplemente, truncado: «Lo único que queda, pero ya no sé dónde,/ es el amor que di a quien no pudo amarme». Ese fatalismo está vinculado con lo mistérico, con lo oscuro, con lo tempestuoso, como ocurre con los Himnos a la Noche de Novalis, aunque no sea la oscuridad la destinataria, sino, tan solo, la fiel compañera de sus cuitas. Sí están los poemas de Díaz, sin embargo, como ocurre en los Himnos, impregnados del espíritu romántico, de violencia contenida, de pasión, algo que podemos constatar en otros muchos poemas, como en el titulado «El abrazo y el sueño», de la quinta sección, en el que leemos versos como estos: «Y así, un sueño es más valioso para mí/ que las manos que buscan entre sábanas/ el calor de mi cuerpo». La realidad, según parece —y esto es algo que define el romanticismo—, es menos consistente que la fantasía, por esa razón el protagonista del poema prefiere «rescatar las imágenes de un sueño,/ su viva irrealidad en la mañana,/ a enlazarme con él en un abrazo real/ como tantos habidos en noches anteriores». Da la sensación de que los momentos reales de dicha no resultan tan intensos, tan apasionados, tan imperecederos como aquellos que proviene del humo del sueño. El requiebro quevedesco queda sobreentendido, pero no sé si el lector encontrará justificable la opción que ha escogido el poeta. En cualquier caso, eso carece de importancia, porque alguien que es capaz de escribir un poema tan brutal como «Retrato», posee todo el derecho a elegir su propio camino, tanto da que las imágenes sean verídicas, esto es, experimentadas en carne propia, o provengan del lado oscuro de la realidad. El perro de la soledad ladra «a las sombras que no sabe/ si nacieron de un sueño o de su propio/ cuerpo encogido, quejumbroso/ mientras se despereza».

Entre tanta desolación, entre tanta miseria humana, encontramos algunos restos de fidelidad, no demasiados, pero sí lo suficientemente intensos como para que ilumine al lector un rayo de esperanza. En la sección VI, integrada sólo por dos poemas, la noche es el escenario donde el deseo se concreta en cuerpos que, aunque efímeros, son capaces de brindar un instante de sublime alegría casi indecible, por eso «Preferimos, entonces, no imaginar ya nada». No hay, sin embargo, tiempo para bajar la guardia. La alegría lleva consigo su antítesis, la desgracia, y ésta acaba imponiendo sus registros, su forma de ver el mundo, sin dilación. La séptima y última parte del libro no nos deja un regusto más optimista, aunque los poemas tengan como eje asuntos más circunstanciales, menos imbricados en el propio yo, salvo, acaso, el poema final, titulado «Intimidad», en el que «La memoria se engaña/ creyendo que conoce el asiento de la sombra». El dolor de vivir y la flagelación que lleva implícito el desengaño siguen presentes en estos versos finales, en los que no hay, sin embargo, espacio para el rencor. El poeta no ha despejado ningún enigma existencial, pero ha aprendido a esperar pacientemente el advenimiento de un futuro mejor. Nosotros, sus lectores, esperamos que esa experiencia fructifique en verso de tan alta intensidad como los que acabamos de leer.

 

 

 

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