sevilla

PEDRO SEVILLA. SERÁN CENIZA. COLECCIÓN DKV DE POESÍA, 9. LIBROS CANTO Y CUENTO, 2015

La poesía es tan necesaria para vivir como el agua y el pan, el poema alimenta el alma, el agua sacia la sed y el trigo alimenta el cuerpo. Sobre estos cimientos argumentales descansa la poesía de Pedro Sevilla, algo que se manifiesta ya en el primer poema del libro, «Escribir es sembrar», que finaliza con estos versos: «que la escritura alcance madurez cereal/ y que un día pueda,/ como un trozo de pan y de memoria,/ hacer de estos poemas su alimento». Serán ceniza, su nuevo libro, se acoge a la tutela de unos versos muy conocidos de Quevedo que actúan, en este caso, más que como distintivo fatalista, como divisa de una contienda encarnizada con el destino, de la que ese espera salir victorioso (la escritura, el poema en este caso, es la fiel constatación de que la batalla se está ganando). Disfrutar del sol otoñal en una mañana de noviembre significa que aún quedan fuerzas para sostener la esperanza, por más que «el tacto angustioso de la muerte» roce al cuerpo en lucha. Esta primera parte, en la que los recuerdos de la infancia tienen un protagonismo sustancial, tanto que se inmiscuyen en el presenten hasta provocar una simultaneidad temporal de doble sentido: «Hoy he sabido en sueños el secreto:/ aquel niño y el viejo soy yo mismo.// Y los dos son el viejo que esto escribe», finaliza con un poema, «Propósito» que, en la analogía con el almendro, remite a la voluntad de resistir los embates del enemigo.

En la segunda parte, la infancia es sustituida por el amor como núcleo sobre el que se despliegan los versos, el amor que «frente al mar del tiempo,/ frente a las negras barcas de la muerte» actúa como salvavidas, en el mismo sentido que lo entendía Dante, por ejemplo. Los poemas tienen un destinatario reconocible, Josefa, la mujer que ha compartido esos instantes que el poema reconstruye, recrea a la luz del presente, con más fervor que nostalgia, lo cual no es más que otra manera de supervivencia.

La tercera parte funciona a modo de coda. En ella se reflexiona sobre la muerte con serenidad. Una lápida, los muros de un cementerio, unos libros son, al mismo tiempo, signo del devenir humano, de la fragilidad y la provisionalidad de la existencia, pero también, huellas indelebles del paso por la vida, fragmentos de memoria que desafían esa fugacidad porque perviven en un futuro sin nombre. En el último poema del libro, «La luz es verdad», que tantas resonancias clásicas nos trae, se encuentra la esencia real de Serán ceniza, explicitada en estos versos: «Todo ha sido verdad, todo es verdad./ todo ha sido verdad/ porque es creación constante,/ sagrado afán de luz/ que se expande en el tiempo/ para llenarlo todo de sentido». La verdad, según decía Machado, también se inventa, pero eso a nosotros, los lectores, debe darnos lo mismo, lo que realmente importa es que gracias a la escritura los poemas de Pedro Sevilla ofrecen una verdad incuestionable, suya, pero que se convierte en nuestra a medida que avanzamos en la lectura, porque la forma serena de asumir la propia condición temporal, sin afectación ni aspavientos retóricos resulta la de un espíritu afín. La complicidad, y esto es algo que conviene señalar, nace de la enorme capacidad de empatía de sus versos, no de la conmiseración o la benevolencia. Al fin y al cabo, todos sabemos que con la muerte no se juega, pero libros como éste, consiguen, al menos, aplazarla.

 

 

Anuncios