MUÑOZ

JUAN MANUEL MUÑOZ AGUIRRE. UN CAMPO DE BATALLA ANTES DE LA BATALLA. PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA MIGUEL HERNÁNDEZ-COMUNIDAD VALENCIAAN 2015. DEVENIR POESÍA.

 

 

 

No es Juan Manuel Muñoz Aguirre (Madrid, 1959) un poeta —un escritor, porque en su haber constan la novela Un alma aparte y el libro de relatos Ligeramente a la izquierda— muy prolífico. Desde aquel ya lejano Omnia (1986) con el que se inició su trayectoria, sólo otros dos libros, Adios, dijo el duende (1991) y Hacia el viaje (2006) ha visto la luz antes del libro objeto de este comentario, Un campo de batalla antes del campo de batalla (2015). Eso sí, todos ellos han sido galardonados con importantes premios poéticos, tales como el Ciudad Alcalá, el Hiperión, el Margarita Hierro y el Miguel Hernández. Más allá de los premios en sí mismos, no cabe duda de que la poesía de Muñoz Aguirre concita esa unanimidad no de forma gratuita o extraliteraria, sino todo lo contrario, porque nos encontramos con un poeta que elabora su obra sin prisa, ajeno a la presión de la actualidad y siguiendo sólo los dictados de sus emociones, quizá por esa razón, tampoco resulta fácil adscribir su poesía a las corrientes más en boga. Su escritura posee unas características muy personales que sólo en algunos aspectos como el de la vinculación a la realidad más concreta («Mira un momento el cielo/ ahora que ha dejado de llover,/ sale del bosque,/ avanza por la calle húmeda/ y sigue hasta la casa.») o cierta estética del fracaso («La memoria es perversa./ Se odia a sí misma./ Nos odia» o «Recuerdo haber pensado/ que lo peor/ es la esperanza») le resultarán familiares a los lectores de poetas que, por edad, pertenecen a su misma generación, la llamada generación de los ochenta.

Un campo de batalla después de la batalla está dividido en tres secciones, pero se nos antoja que, salvo la más breve, la que ocupa el lugar central del libro —su título, «Las estaciones» es suficientemente elocuente— y que puede interpretarse como una especie de tregua, de bisagra entre las otras dos secciones, funcionan casi de forma simétrica, como un rostro que se mira en el espejo y ve sus facciones reproducidas a la inversa. El tema de la otredad, de la identidad escindida que aparece por primera vez en el poema «Bienvenida» guarda, desde mi punto de vista, una relación directa con el último poema del libro, que termina con estos versos: «Así creí entender/ aquella frase oscura,/ dicha en un idioma extranjero/ por alguien que pasó a mi lado,/ corriendo para huir/ de la tormenta,/ mientras volvía la cabeza/ y sonreía: si soy, soy en mí», «Suburbios» posee una innegable vinculación semántica con el titulado «Las calles», aunque en este último, la reflexión metapoética sea predominante.

Los poemas de Juan Manuel Muñoz Aguirre son eminentemente discursivos, aunque esa discursividad, ese continuum narrativo presente con frecuencia roturas, podríamos llamar, dramáticas. Son versos generalmente sentenciosos que ponen el broche a la descripción, como ocurre en el poema «Antes de mí», al que pertenecen estos versos: «Quizá el mañana sea un mal día,/ pero también pasará y aun ese/ echaremos en falta. Que no me olvide. El fin/ del mundo está muy cerca: lo que dura una vida» o «solo está quien no se entrega» del poema «Otoño». Lo mismo podríamos escribir sobre otro verso, aunque, en esta ocasión sea el primero del poema «Amanecer»: «El futuro pertenece a los muertos». Más que versos, parecen aforismos, más allá de la diferencia de las intenciones que los separa. Podemos encontrar también poemas que, sin perder la carga narrativa, se desplazan hacia una concisión verbal más desnuda, más íntima, pero no dejan de ser variaciones, indagaciones sobre una forma de decir arraigada, fiel a sus propios principios. Esa mano segura que traza las palabras no teme correr riesgos, como cuando se interna en las aguas borrosas del enseño, del más allá, como en estos versos del poema «Tricheuse»: «Ibas de sueño en sueño,/ de muerte en muerte,/ como una madre/ que recorriera/ un campo de batalla/ antes de la batalla», realmente estremecedores. Creo, sin embargo, que son los poemas que recrean una anécdota y la auscultan con el fonendoscopio de la memoria los que mejor reflejan las intenciones de Juan Manuel Muñoz Aguirre. Desde esa base que no es otra que la cotidianidad, el poeta sopesa el valor de las cosas, de las experiencias, del hecho de estar vivo, sin olvidarse de que, al otro lado del cristal, una presencia difusa saldrá en cualquier momento a nuestro encuentro. Un campo de batalla después de la batalla es un libro intenso y original. El lector que se acerque a sus poemas experimentará, a buen seguro, una especie de latigazo en su conciencia, porque la servidumbre o la indiferencia no tienen cabida en estas páginas.

 

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