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ELOY SÁNCHEZ ROSILLO. QUIÉN LO DIRÍA. NUEVOS TEXTOS SAGRADOS. TUSQUETS EDITORES, 2015

 

Un nuevo libro de Eloy Sánchez Rosillo es siempre un motivo de alborozo, por más que el lector no espere alteraciones sustantivas en un decir que hace ya muchos años encontró su propio tono, un tono inconfundible que alterna la sobriedad estilística con la profundidad especulativa; una forma de decir que posee tal personalidad que hace imposible la imitación sin caer en el pastiche; un modo de percibir la realidad que, de tan cotidiano como es, está plagado de matices que lo hacen único. ¿Cómo es posible, se pregunta uno, trasladar tan altísima emoción, tanta intensidad sensorial y emotiva con herramientas tan rudimentarias? Hay algo inexplicable en este proceso, un misterio que este comentario, lo anuncio ya, no será capaz de desvelar. Uno puede recurrir a ciertas teorías críticas para analizar los procedimientos estilísticos, los tropos y otros recursos literarios que conforman el nivel semántico; uno puede examinar al detalle los recursos fónicos o morfosintánticos que con mano de experto maneja Eloy Sánchez Rosillo pero la magia de sus poemas no reside en atributos, llamémoslos así, físicos. Hay algo impenetrable que está más allá del propio proceso de escritura, más allá de lo que dicen las palabras y ese algo ininteligible, esa «intensidad indescifrable», es lo que hace que nos emocionemos con poemas como, por poner un ejemplo al azar, «Mientras amanece», de que extraemos estos versos: «Acude a mí, canción,/ dame tu levedad, ven con tu gracia.// Yo pondré mi sentir, pues de poco me valen las palabras.// ¿Lo ves?: despunta el día./ Canción, ayúdame. Di con tu música/ la luz del alba». No existe reto mayor que domesticar lo sublime con palabras tan sencillas, con expresiones tan comunes y, sin embargo, Eloy Sánchez Rosillo lo consigue una y otra vez, como si el estado de gracia que precede a la escritura fuera en él algo natural y permanente. Esta feliz conjunción demanda un don que tiene más que ver con la forma de ser y con la manera de ver el mundo (recordemos que el primer libro de Sánchez Rosillo llevaba por título Maneras de estar solo) que con ponderaciones y recursos externos, recursos, por otra parte, manejados perfectamente, porque, contra lo que pudiera pensar un lector despistado, detrás de esta dicción tan sencilla que roza a veces la confesión y otras, las más, parece una conversación con ese otro que habitó en su propio pasado, hay un trabajo concienzudo con la palabra, con el poema. Quién lo diría es un libro extenso que se lee, sin embargo, de un tirón, como esas novelas cuya inquietante trama nos impide dejarlas a medias, pero, y aquí está la paradoja, lo que cuenta Eloy Sánchez Rosillo no posee más aliciente que el de comprobar cómo no hay un día igual a otro si se sabe mirar con devoción y gratitud la realidad. No son necesarios grandes acontecimientos para dar sentido a la vida, todo lo contrario, son los pequeños detalles íntimos, como los que leemos en el poema «Sol de noviembre»: «Con qué penuria has encendido hoy,/ sol de noviembre,/ la pálida verdad de tu ascua fría./ Llegas menesteroso y aterido,/ pero te vas templando entre mis manos/ y encuentras en mi casa cobijo en este día», los que dotan a la existencia de esencia, de razón de ser. El paso de los años apenas ha hecho mella en el mirar apasionado del poeta, antes bien, sus poemas trasmiten una ansia de reconciliación permanente con todo lo que le rodea, con sus seres queridos (hay hermosos cantos de amor en este libro, como el poema …), con la naturaleza (golondrinas, estorninos, mirlos ) y con las cosas, cosas que no por vistas miles de veces, dejan de provocar asombro, como describe magistralmente el poema del mismo título al que pertenecen estos versos: «Y no hay desprotección, ni puede haberla,/ en la perplejidad que para el ojo/ es todo cuanto ve/ (este azaroso ir ineluctable/ de una emoción a otra,/ de la sorpresa al sobresalto, al ansia),/ sino el cobijo incierto de la vida». No hace muchos meses, el también poeta Andrés Sánchez Robayna editó un libro con el título de Variaciones sobre el vaso de agua (reseñado en la revista Arte y Parte y en estas mismas páginas). En él realiza una selección de poemas e imágenes en las que el vaso de agua es el protagonista. Un poema como el que encabeza el libro de Sánchez Rosillo, titulado precisamente, «Un vaso de agua», no nos cabe ninguna duda de que integraría, por derecho, propio esta selección, porque, ¿qué otros versos pueden acogerse mejor a estas palabras de Marcel Proust en las que Robayna se apoya: «El poeta […] experimenta y hace conocer con júbilo la belleza de todas las cosas, de un vaso de agua como de los diamantes, de los diamantes como de un vaso de agua…»?. Compruébelo el lector de este comentario, repitiendo en voz baja los versos finales del poema: «No sé cómo decir lo que ocurrió,/ cómo expresar que sucedieron siglos/ de redención y bienaventuranza./ Oro licuado y tembloroso el mundo,/ astilla viva yo de un súbito diamante». Cualquier palabra nuestra sólo conseguirá romper el hechizo, así que, lo mejor, será callarse y leer en la calma de la tarde estos poemas prodigiosos.

 

 

 

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