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MARIANO CARDO AZCONA. INVENTARIO DE AUSENCIAS. PREMIO JOSÉ LUIS HIDALGO DE POESÍA. SEPTENTRIÓN EDICIONES, 2105

Inventario de ausencias es el primer libro publicado por Mariano Cardo Azcona, pero tras su lectura, resulta evidente que nos es el primer libro que nuestro autor ha escrito. La madurez y, a la vez, la frescura que nos trasmiten sus versos no puede proceder de alguien que no ha frecuentado la escritura más que esporádicamente, muy al contrario, no es difícil rastrear influencias literarias, poéticas (basta hacer un recuento de los autores que preceden cada una de las parte del libro para constatarlo: José Hierro, Antonio Gamoneda, Valente o el británico W.H. Auden), pero también pictóricas en sus poemas —nombres como Velázquez, Brueghel, Rubens o Rothko están presentes en estos poemas— porque Mariano Cardo Azcona es además de poeta, pintor («Yo vivo en los museos oculto/ dentro de los cuadros», escribe en uno de los primeros poemas del libro), y esta circunstancia se aprecia sobremanera en la plasticidad de los versos, en la minuciosidad de las descripciones paisajistas, por más que estas, en la mayoría de las ocasiones, remitan a un yo que se presenta como el verdadero protagonista de los poemas: «Todos los paisajes estaban/ en sus ojos, saltaban a la vista, sostenía con el negro/ el vuelo de los cuervos, los cuervos funerales rizando/ las argayas de la espiga».  Como hemos insinuado, varios títulos aún inéditos, sustentan el armazón no sólo sintáctico de estos versos, sino también semántico, porque esos pasos previos, esa lenta y ardua labor de escritura, de corrección, incluso de destrucción, es del todo necesaria para escribir un libro como Inventario de ausencias, libro en el que resuenan los ecos de poetas como Quevedo, Santa Teresa, Miguel Hernández, José Hierro o Auden. Para visualizar su experiencia de la realidad, el autor se vale de un verso de largo aliento en el que caben la intimidad, la denuncia social, la metapoesía, el erotismo o la nostalgia, pero en ningún caso estas aproximaciones pretenden categorizar esa experiencia, hacer de ella un punto fijo de destino, sino ofrecer una de las muchas lecturas que el mundo, lo real, nos proporcionan. El autor es absolutamente consciente de que la palabra es una herramienta limitada, infructuosa para trasmitir de modo fiel las emociones, por eso necesita merodear alrededor de su propia conciencia de las cosas, por esos sus versos no son descriptivos, sino alusivos, ambiguos, abiertos a múltiples interpretaciones, versos que destilan intuiciones, no certezas, versos luminosos —«La Luz es el medio», afirma Mark Strand— y, sin embargo, colindantes con la oscuridad: «agosto frecuentaba las noches de insomnio, y sólo las bandadas de estorninos/ rompían la ebriedad de los noctámbulos». Ningún asunto le está vedado a la palabra, por eso Mariano Cardo Azcona, junto a momentos de gran intensidad lírica, no duda en descender al crudo prosaísmo para hacer oír su incertidumbre, su queja. La experiencia que dio origen a los versos se ha modificado en la memoria, en el recuerdo, de tal forma que lo poetizado sólo representa un porcentaje mínimo en relación con lo acontecido. Ese contacto inestable es el que, a buen seguro, provoca los frecuentes encabalgamientos, las alteraciones sintácticas o la ambigüedad léxica que pone en contacto el impulso propiamente lírico con la responsabilidad civil: «Maldito poeta y tan tierno. Lloraba por la muerte de los/ cisnes, ofrecía tabaco a los mendigos, pagaba los favores recibidos, mejor/ si eran carnales». Nos encontramos ante un libro con una gran fuerza testimonial enriquecida con vibrantes momentos de carga irracional que confieren a estos poemas una riqueza de significados poco frecuente, como expresa esta estrofa de uno de los últimos poemas: «Conviene/ guardar en/ la mirada la/ lluvia para cuando/ llegue/ la sequía, guardar/ algo de calor para/ los fríos/ del invierno, guardar/ vida para/ después de/ muertos».

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