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EVELYN DE LEZCANO. DE LOS QUE NADIE HABLA. HUERGA & FIERRO EDITORES, 2015

¿Quiénes son esos de los que nadie habla?, es lo primero que podríamos preguntarnos.  Esta incertidumbre puede espolear la curiosidad del lector e incitarle a averiguar si él mismo se encuentra en esa nómina virtual de proscritos, de ninguneados, de confinados al silencio. Pronto, sin embargo, Evelyn de Lezcan  —nacida en Las Palmas de Gran Canaria—, nos descubrirá la verdadera identidad de los olvidados por el destino: «Ángel, déjame escuchar aunque sólo sea el eco,/ el eco que evite a la boca ser un pozo de escombros/ y a los ojos charca seca de la que huyen las ranas./ Evítame el grito del búho frente a la luna áspera»., porque su poesía está llena seres enigmáticos, de ángeles, ángeles con diferentes significados, ángeles que personifican distintos estados de ánimo por los que, en la búsqueda se sí misma, atraviesa la poeta y que son invocados unas veces como tabla de salvación mientras que, en otras ocasiones, parecen ser portadores de algún maleficio, objeto de algún secreto reproche. Evelyn de Lezcano —autora de otros dos libros de poesía, Hombre (2014) y Vertientes (2015), ambos publicados también por  Huerga & Fierro— posee un particular modo de establecer relaciones semánticas entre palabras aparentemente, sino encontradas, si claramente diferenciadas: «Resplandece un Lied» o «Ruge. La jaula de los leones está abierta./ Ruge y extiende las alas…». Esta libertad asociativa permite a la autora atribuir propiedades extraordinarios a animales o cosas, a seres ingrávidos como los ángeles que se renuevan en su imaginación, acaso porque trata de mostrarnos la fragilidad del ser humano en la sociedad actual: «¿Qué es perder?, le pregunto./ Sólo sé que anduve por un campo rojo de flores./ Tomé una/ y al llegar a casa, se había deshojado./ ¿Perder es eso?/ ¿Arrancar el pétalo a lo posible?», a la vez que ahonda en los conflictos que atenazan su identidad: «En permanente monólogo contigo,/ me miras desde los átomos de la locura».

Hay en estos poemas un combinación bien equilibrada entre carnalidad, con las vacilaciones y las perplejidades que se experimentan en carne propia, y el sentimiento religioso en el que parecen sublimarse dichas perplejidades, así como las sospechas existenciales que ponen a prueba la fe del creyente, resueltas, o al menos intentando hacerlo, como digo, en poemas como este: «Tú,/ llanto desnudo,/ grito/ al Dios envejecido,/ preguntas si vuelve de algún viaje,/ si partió alguna vez» o en el, sin duda, más definitorio, que finaliza con estos versos: «Fiat volutas tua, Pater qui es in caelis./ Siempre. Siempre». El poema se transforma en la palabra de Evelyn de Lezcano, una palabra sencilla pero no exenta de misterio, en una especie de oración,  en una forma de establecer vínculos con lo sagrado, con lo inexplicable, de ahí, seguramente, procede su afán por dotar de características físicas a los ángeles: ángeles-semilla, ángeles grises, ángeles que pasean, que martillean, ángeles que rugen. Como vemos, la palabra trata de aferrar lo evanescente, lo incorpóreo, intenta describir un más allá desde la experiencia concreta del mundo. Si triunfa o no en el intento, es algo que cada lector debe evaluar según el grado de complicidad que alcance con lo versificado, según la manera de enfrentarse a su propio desconcierto vital.

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