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JAVIER BOZALONGO. HAS VUELTO A VER LUCIÉRNAGAS. ANTOLOGÍA. CÍRCULO DE POESÍA, 2015

 

La peculiar ordenación que Javier Bozalongo (Tarragona, 1961) ha realizado en esta antología incita a que el lector lea los poemas como si se trataran de un libro absolutamente nuevo. Esto es debido a que, a pesar de que se seleccionan poemas de los libros publicados hasta la fecha por Bozalongo —Hasta llegar aquí (2005), Viaje improbable (2009) y La casa a oscuras (2009)—, junto a varios inéditos, no están distribuidos en un orden cronológico, sino agrupados en diferentes secciones y, en cada una de ellas, conviven poemas de diferentes libros con poemas inéditos. Esta sugerente configuración estructural ofrece al lector, por una parte, una nueva lectura, porque los poemas significan cosas distintas en función del contexto en el que estén inscritos y, por otra, demuestra la solidez y la coherencia de una voz que permanece fiel a sus presupuestos originales, por más que estos se hayan despojado de algunas rémoras a medida que el proceso de escritura se ha ido depurando. Acaso la mejor forma de comprobar esta última posibilidad mencionada sea leyendo las diferentes poéticas que integran la sección «Que las hojas en blanco no tiemblen en tus manos». La correspondientes a 2008, 20009 y 2009 se corresponden puntualmente con la factura formal que Bozalongo experimentaba en esa época, un verso condensado en poemas no muy extensos, con la anécdota narrativa reducida a lo esencial, que le sirve para declarar su confianza en la palabra escrita, en la escritura, el único modo de preservar aquella parte sustantiva de la experiencia vital. El resto de poemas de esta sección, aunque sus títulos no hagan referencia a ello, enmascaran otras poéticas, sobre todo en el poema titulado «Carta a un lector», que finaliza con esta declaración de intenciones convertida en verso: «Sólo quiero contigo volver a andar lo andado» y es que para Bozalongo la poesía en una especie de conversación amistosa, un diálogo entre personas que hablan el mismo idioma sentimental en el que los recuerdos individuales se transforman en experiencias colectivas. El yo que aparece en los poemas, con mayor impronta en los primeros libros, parece ahora alejarse del solipsismo, del ensimismamiento para dar paso a un yo abierto al mundo, a los demás. Léanse los poemas «[Igual que el niño]» o el más reciente «Curriculum vitae» —uno de los mejores del libro junto con «NYC» (poema que me recuerda en las reiteraciones —«hay mujeres que arrastran maletas de lluvia/ hay mujeres…»— a una canción de Ricardo Solfa)— para comprobar la distancia, no sólo formal sino especulativa, que los separa. Y digo también formal porque la poesía de Javier Bozalongo se ha transformado y es ahora mucho más narrativa. No es que en sus primeros libros practicara una poesía esencialista, deliberadamente limitada de recursos retóricos. Lo discursivo siempre ha estado presente en su poesía, pero en los últimos poemas detectamos una especie de liberación formal que no teme detenerse en los pormenores, absolutamente necesarios para exprimir la totalidad de lo sentido, de lo vivido. No se trata de ofrecer al lector algo terminado, algo intocable y de convertirlo en mero espectador. No, no es eso. Bozalongo no escatima detalles porque necesita revivirlos, contárselos a sí mismo y a ese compañero de viaje innominado que le observa a través del espejo que es la página en blanco. «No intentes olvidar lo que has perdido», escribe a modo de paradoja en el ya citado poema «NYC», acaso porque sabe que la contradicción resulta consustancial al ser humano, el ser humano que se interroga sobre su tránsito vital. La realidad adquiere a veces en la escritura la evanescencia de los sueños, por eso en poemas como este ahora citado encontramos asociaciones con ribetes metafóricos irracionales insertados en un discurso dialógico entre el personaje poemático y un tú que ejerce el papel de conciencia crítica.  El poeta deja atrás la luz artificial y se interna en la noche, y sólo en la oscuridad se pueden ver luciérnagas. Las luciérnagas como símbolo de una realidad liberada de horarios y compromisos laborales, de servidumbres, en definitiva, una realidad en la que soñar no sea un delito.. El carácter confesional de esta escritura no debe impedirnos reconocer la importancia que tiene la imaginación, incluso la utopía, a la hora de construir el retrato del personaje. A veces los sueños se cumplen y, cuando esto ocurre, cuando se logra ajustar cuentas con el pasado, al afortunado le invade una enorme sensación de gratitud y de optimismo que resulta reconfortante para el lector, acaso por eso, como escribe Federico Díaz-Granados, esta antología, Has vuelto a ver luciérnagas, «es un inventario de afectos y de los rituales para hacer de cada asombro un asunto universal», inventario que no debemos dejar de leer porque nos habla también de nosotros mismos.

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