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MARCIN KUREK. EL SUR. EDICIÓN BILINGÜE. TRADUCCIÓN DE AMELIA SERRALLER. BARTEBLY EDICIONES, 2015

A pesar de que la poesía polaca goza de cierta popularidad en nuestro país (aunque hablando de poesía, quizá el termino sea exagerado) gracias a la publicación de los autores más emblemáticos de los  últimos decenios (Czeslaw Milosz, Zbigniew Herbert, Wislawa Szymborska, Adam Zagjewsky o Julia Hartwig) y de algunos absolutamente actuales como Tomasz Różycki (la editorial Vaso Roto ha publicado recientemente su libro Colonias, del que ya nos ocupamos en estas mismas páginas) y los poetas incluidos en la antología Poesía a contragolpe. Poesía polaca contemporánea, un amplio estudio a cargo de Abel Murcia, Gerardo Beltrán y Xavier Ferré de poetas nacidos entre 1960 y 1980 publicado por la Universidad de Zaragoza en la colección La gruta de las palabras que dirige Fernando Sanmartín, el nombre de Marcin Kurek (Swiebodzin, 1970) nos resulta prácticamente desconocido, algo que, por otra parte no parece extraño si atendemos exclusivamente al conjunto de su obra, muy escasa todavía. Ha publicado sólo dos libros de poesía, Monólogo noche (1997) y El sur (Oleandr, 2010), el libro que comentamos. Ha escrito además algunos ensayos sobre poesía y novela y en su condición de traductor ha publicado, entre otros, a autores como Joan Brossa, Juan Gelman o Pablo García Casado.

No se pueden formular generalidades para hablar de la poesía de un país como Polonia, tan rico culturalmente y con una tradición que se sustenta en cimientos de varia condición. Se pueden sí establecer algunas distinciones que tienen su porqué en la cronología y en acontecimientos históricos. Por la edad de nuestro poeta, la poesía de corte social o reivindicativo de los años ochenta no le debe resultar excesivamente familiar, por eso, y a juzgar por este libro, su poesía posee un cierto matiz simbolista aunque esté impregnado de elementos extraídos de la cotidianidad. Quizá la presentida llegada de la muerte tenga más que ver con este merodeo por los arrabales de la experiencia que cualquier propósito de orden estético. El tema puede condicionar la forma y, en este caso, es posible que así sea. Xavier Farré, uno de los mejores especialistas en literatura polaca contemporánea y autor del prólogo del libro afirma que El sur «es un gran poema de la modernidad». Integrado por un solo poema extenso dividido en siete cantos, el libro es una especie de diario en el que el autor narra las que cree sus últimas horas de vida. El protagonista poemático ha bebido accidentalmente de una botella de agua sin saber que estaba impregnada de hojas de adelfa, una plata decorativa, muy común en jardines —una ya exuberante crece en el mío— y arcenes de autovías en nuestro país, pero extremadamente venenosa. El poema comienza desde el momento en el que toma conciencia del peligro en el que está inmerso: «¿Qué ha pasado,/cómo es posible que yazga ahora/ muerto en el suelo», se pregunta un yo desdoblado que ira desgranando un viaje interior que le llevará por Europa, , España incluida, en un descenso a los infiernos en cuya trayectoria también se entera de la muerte de dos de los grandes poetas de este siglos, los polacos Milosz y Herbert. No rehúye Kurek recrearse en los detalles. Su poesía gira en torno de ellos, refleja, describe, desmenuza la realidad en la que está inserto. Nada parece quedar fuera del poema, por eso quizá, se ha impuesto al autor, a la hora de escribirlo, esta especie de fragmentarismo unido por un hilo invisible —una espada de Damocles— que los hilvana magistralmente. El lector se va dejando llevar por el mágico discurrir de las palabras en este largo poema. «¿Un poema?», se pregunta Kure en un larde de reflexión sobre el propio proceso de la escritura. «En Polonia siempre ha habido una tradición con el poema largo, desde la poesía romántica del siglo XIX, y eso identifica mucho a mi país, pero para mí ha sido un reto, es más parecido a escribir una novela, no se trabaja como el poema corto y se sigue una pauta más teatral, más musical”, subraya a en unas declaraciones a la agencia Efe Kurek. No sólo en Polonia, por otra parte, se ha practicado, y se practica, el poema largo. No podemos olvidar el Canto a mi mismo de Whitman, Tierra baldía de Eliot, Altazor de Huidobro, Espacio de Juan Ramón o varios de los libros de John Ashbery, sin intención de ser excluyentes ni de analizar la vigencia de este formato en la poesía española actual. El esfuerzo que conlleva un proyecto como éste no es desdeñable, porque el autor ha de controlar en todo momento la estructura del poema para lograr que todos los fragmentos respondan a un mismo impulso, se congreguen en torno de una finalidad única. «Es martes, justo después del mediodía./ Yazco en el sofá convencido de que muero» dicen los primeros versos del último canto. El poeta es a la vez protagonista y testigo del suceso. Observa el extraño acontecer de las cosas con una mezcla de esperanza y escepticismo. En la mezcla de ambos se encuentra una fe inquebrantable en las palabras, palabras que intentan reducir el mundo a frases, a versos capaces de contener en su interior la totalidad de la vida. Quizá sea esa la razón de que afirme: «Veo que este libro, sin embargo, se compondrá/ de meras digresiones». Esas meras digresiones no son otra cosa que alimento tanto para la vida como para la obra. Estoy seguro que traducir un libro tan complejo como éste, no ha sido tarea fácil, sin embargo, Amelia Serraller ha conseguido darle una fluidez que nos hace olvidar que estamos ante un libro traducido. Algo nada fácil y digno de agradecer.

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