JULIE BRUCK.

LLEVAR EL CABALLO A CASA

después de Philip Larkin

Es todo lo que he estado esperando

desde que tenía seis años y deliraba por la fiebre,

un infinitivo forjado desde que una noche

mariquitas gigantes con antenas

como astillas rondaban mi mesita de mimbre.

Sí, he vivido con caballos desde entonces,

he viajado ilegalmente con ellos en remolques,

he conocido ciertos paisajes solamente reconocibles

por oídos atentos y con uno en particular

he pasado tardes enteras con su gran quijada

corpulenta sobre mi hombro. Aún así, maquiné

excusas para traer un caballo a casa, para cabalgar

a la escuela, a los pastos del jardín una

o incluso tres veces, a la sombra de ese decorativo

sauce, que podría haber tenido alguna utilidad.

Pero había normas ciudadanas en dos idiomas,

y con el paso del tiempo, un perro, gatos callejeros,

tortugas y muchos peces. Vivieron, murieron.

No era lo mismo. Avance rápido, traje

al potrillo a casa en un carromato acondicionado, pero ella

no apreció la diferencia como yo la apreciaba, revisándolo

las 24 horas del día los siete días a la semana. Ahora que

ha crecido, estoy obligado a caminar por los parques de la ciudad

con esta corrosiva envidia de la policía montada,

aunque estoy demasiado mayor para superar las pruebas,

no sabría qué hacer con una pistola.

Si hay un segundo acto, déjame vivir

como una sabandija de hipódromo en una pequeña habitación

a la que se sube por estrechas escaleras desde el patio de butacas,

el caballo desplazándose cómodamente por debajo,

pastando y mordisqueando dulce heno.

Una cama individual con manta del color

de los desperdicios será suficiente,

cada día formando el mismo arco,

porque los días sólo se acaban cuando

el pestillo se desliza libre sobre la puerta

holandesa del establo, meto al caballo dentro,

y, a continuación, empujo el desgastado perno de cierre.

Así pasan los días: no puedo descansar

hasta que el caballo llega a casa.

Versión de Carlos Alcorta

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