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JOSÉ-MIGUEL ULLÁN. LOS NOMBRES Y LAS MANCHAS. ESCRITOS SOBRE ARTE. EDITORIAL GALAXIA GUTENBERG, 2015*

La temprana desaparición de José Miguel Ullán (Villarino de los Aires, Salamanca, 1944-Madrid, 2009) fue, no por esperada, menos impactante. Su fallecimiento supuso una pérdida inestimable para la cultura de nuestro país, porque Ullán era, además de un multifacético y rigurosísimo creador —poeta, pero también autor de una obra de poesía visual que él denominó como agrafismos, gran parte de la cual se pudo contemplar en el Círculo de Bellas artes madrileño el pasado año, procedente de los fondos del Archivo Lafuente—,un animador incansable de proyectos artísticos y literarios —entre otras cosas, creó y dirigió la colección de poesía de la editorial Cátedra, fue crítico artístico y musical del diario El País y editó el innovador y riguroso suplemento «Culturas» para Diario 16. La interrelación creativa que mantuvo a lo largo de los años con artistas de diferentes disciplinas ha sido, sin lugar a dudas, uno de los rasgos fundamentales de su creación. En pocos casos se ha dado con tanta intensidad y con tanta frecuencia, y prueba de ello es este libro, Los nombres y las manchas, que ha publicado, con su habitual esmero, la editorial Galaxia Gutenberg, una edición cuidada por Jordi Doce y Esther Ramón, realizada por Manuel Ferro con la colaboración de Marta Agudo. Ferro da cuenta en las palabras preliminares de cómo se ha gestado el libro, algo siempre complicado y difícil por sus propias características: «Tres meses después de la aparición de Ondulaciones [Ondulaciones. Poesía reunida (1968-2007)] le fue diagnosticado un carcinoma pulmonar, que terminó con su vida en mayo de 2009. Desde que le fue diagnosticada la enfermedad y, mientras los tratamientos médicos y sus fuerzas se lo permitían, pudimos reunir los materiales que iban a formar parte de este segundo libro. Una vez compuestos los textos elegidos, hizo una nueva lectura, descartando algunos que, por su brevedad o por su tino, no encajaban en la idea que él tenía, dejando lista la presente selección». Nos encontramos, por tanto, en Los nombres y las manchas, con el corpus ensayístico de José Miguel Ullán tal y como lo seleccionó, con aquellos trabajos que el autor consideró imprescindible reunir, no sólo por su incuestionable calidad, sino por el restringido acceso de sus condiciones primigenias: catálogos, libros de artista, revistas especializadas, etc., por ser acaso los más representativos de su quehacer y de su idea de arte.

Si la palabra poética posee un sentido propio, intransitivo e incide en la visión particular del mundo del poeta, enriquecida sólo de manera tangencial por experiencias foráneas, en los textos de carácter crítico, cuyo lenguaje es en gran mediad sólo un instrumento práctico en pos de la comprensión, la aparente distancia con que el estudioso se enfrenta a la obra ajena no es, en innumerables ocasiones (de ello han escrito con sabiduría autores tan distantes como Paz o Auden), más que una máscara para hablar de sí mismo, para defender sus personales postulados estéticos bajo el parasol de la devoción artística. Así, los nombres de los artistas a los que Ullán acompañó con sus textos, aunque heterogéneos, son la brújula de sus propias convicciones artísticas y, me atrevería a decir, en muchos casos morales. Manuel Álvarez Bravo, Enrique Brinkmann, José Manuel Broto, José Luis Cuevas, Chillida, Luis Fernández, Javier Fernández de Molina, Alfonso Fraile, Frida Khalo, Saura, José María Sicilia o Tàpies son algunos de los seleccionados en este volumen. Como hemos subrayado, artistas muy distintos y acercamientos a sus obras desde ópticas muy diferentes que van desde la entrevista comentada, como la que realiza a Álvarez Bravo, hasta el texto que podríamos calificar como puramente ensayístico, como el dedicado a Juan Soriano, pasando por el imaginativo e irracional abecedario que dedica a Brikmann o el relato memoralístico, como uno de los que tributa a José Luis Cuevas. Conviene reseñar que la vinculación de Ullán con la mayoría de estos autores no ha sido circunstancial, sino fruto de una relación de sintonía creativa y amistad que se ha ido fraguando a lo largo de los años, de ahí que sean objeto de acercamientos desde diversos ópticas, lo que, sin ninguna duda, enriquece el conocimiento del artista y de su universo creativo. «Contra lo monocorde (máscara del estilo) —escribe Ullán—, las muchas expresiones de las sombras fuera del campo de las designación. La efusión. El recelo. El orgullo. La complejidad. Los resquicios, las filtraciones. La luz indetenible. El dibujo absorbido por la pintura. La simultaneidad de visiones contrarias. La música diferenciada. La brutalidad, frenada por la belleza. La ebriedad del color. La alusión. El asomarse al fondo» Dos conceptos, de los expresados por Ullán en este texto, me parecen especialmente relevantes, el de la alusión, es decir, la indagación sobre la obra a través de merodeos, de aproximaciones truncadas, de ausencia de absolutos, de círculos sin centro. La obra de arte se escapa a todo intento de aprehensión, de uniformidad semántica, por esa razón, el otro término que considero indispensable para continuar esa búsqueda desligada del absoluto es el de la simultaneidad de visiones. La mirada del espectador sensato comparte con la del crítico la aspiración de llegar a la médula del impulso creador, pero éste no se puede entender si se mira a través de un microscopio, todo lo contrario, es necesario proveerse de la óptica de un gran angular que facilite una visión panóptica, múltiple, no asentada en unos principios cerrados. Descifrar la clave de apertura reside en las múltiples combinaciones que procura la experiencia personal, plataforma única desde la que la obra de arte es contemplada. Lo demás, las normas de visión impuestas por criterios y convenciones exteriores, suelen conducir a una falsa interpretación, no exenta de intereses que poco tienen que ver con el arte con mayúsculas. A este respecto, Antonio Saura escribía en el prólogo a Manchas nombradas —claro precedente, aunque fuera un poemario, del libro que nos ocupa—, lo siguiente: «Pocas soluciones son posibles en la difícil y hermosa cópula: o el pintor ilustra la obra del poeta, iluminándola con un destello paralelo e irreconciliable, o el poeta comenta la obra del pintor sin recurrir obligatoriamente a la descripción de lo imposible. Cabría la posibilidad de acercarse a la solución del enigma si pudiérase lograr el conjuntado impulso en el mutuo fervor, en la dificultosa intimidad del desprendimiento que no incluye necesariamente la desaparición de la diversa convulsión». Y es que José Miguel Ullán fue un poeta extraño, raro, que permaneció a debida distancia de los modos propios de su generación (por edad, encuadrado en la llamada generación de los novísimos o del 68, a la que pertenecen nombres tan significativos como Pere Gimferrer, Guillermo Carnero o Jenaro Talens). Su relación con el lenguaje —algo que podemos comprobar también en estos textos— ha estado dictada por una especie de respeto mutuo jamás quebrantado del que no está exento, sin embargo, la ironía o el juego lingüístico. Esa fidelidad permanente ha acarreado una forma de decir alejada de lo ornamental y de la retórica de lo evidente. Cada palabra escrita por Ullán posee un peso específico propio e intransferible, quizá esta sea la razón de que, en su personal búsqueda de la verdad poética, no haya habido concesiones al entorno o la moda estética preponderante y haya mantenido una forma en su decir con muy ligeras variaciones desde sus primeros libros, El jornal y Amor peninsular, ambos publicados en 1965, hasta los últimos, Órganos dispersos (2000) o De madrugada, entre la sombra, el viento (2007). Muchos de sus poemas han formado parte de catálogos o de libros de edición limitada, de bibliófilo, realizados en colaboración con artistas de la envergadura de Chillida, Tàpies, Miró, Vicente Rojo, Saura o Sempere. Ha escrito además algunas monografías sobre pintores como Brinkmann, Francisco Peinado o Fernando Zóbel (los textos sobre los dos primeros están recogidos en el volumen que comentamos) que exigieron al autor una visión diacrónica de cada uno de los autores elegidos, un esfuerzo por integrar en la percepción coetánea el progreso creativo, con sus altos y bajos, con sus ideas y venidas, que configura la personalidad de dichos autores.

No duda Ullán en imbricar en sus escritos textos ajenos (al margen de las inevitables citas que alumbran el propio pensamiento). Los casos de Álvarez Bravo o Zush son los más notorios porque la descripción está muy cerca de ser una biografía con notas a pie de página (así podríamos definir los comentarios que Ullán intercala en las digresiones de los propios artistas). Esto contribuye a clarificar, a escudriñar, a cargar de sentido la obra comentada, porque el proceso de conocimiento no puede llegar a buen fin si no hay un lugar de encuentro: «Lugar de encuentro, la propia evanescencia, para el ojo y la mancha», escribe a propósito de Broto. De la complicidad entre poeta y artistas surgen unos textos intensos, de carácter poético en muchas ocasiones, simbólicos que carecen de propósito didáctico porque están dictados por la emoción, por la coincidencia en la forma de ver e interpretar la realidad. «Lo que llamamos una “obra de arte” —escribe Paul Valéry— es resultado de una acción cuya meta finita es provocar en alguien desarrollos infinitos. De donde cabe deducir que el artista es un ser doble, pues combina las leyes y medios del mundo de la acción con miras a un efecto que es producir el universo de la resonancia sensible». Estoy seguro de que muchos de estos artistas, Vicente Rojo, José Luis Cuevas, José Manuel Broto o Zush encontraron en la voz de Ullán a un sobresaliente interlocutor, un espíritu hermano que supo hacerse uno con la obra que contemplaba, con la raíz de su esencia. En Los nombres y las manchas el lector no encontrará un manual para comprender el arte, sino un decir sin fórmulas, la escritura que nace de la hondura del ser, de la razón sin razón, de la forma pura del mirar, sin lentillas ni anteojos dialécticos ni formales.

  • Reseña publicada en el número 119 de la revista ARTE Y PARTE.
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