ALEJANDRO

ALEJANDRO LÓPEZ ANDRADA. LOS ÁNGULOS DEL CIELO. VALPARAÍSO EDICIONES, 2015

A quienes disfrutan de la naturaleza pero son incapaces, como quien esto escribe, de poner nombre a todo aquello que los rodea, no dejará de asombrarles el variado repertorio de términos referentes a la flora y a la fauna que registra en sus poemas Alejandro López Andrada (1957), algo que no ha pasado desapercibido para Caballero Bonald, autor del prólogo del libro. «A poco que se avance por los vericuetos temáticos de Los ángulos del cielo podrá constatar que el poeta no es sólo un observador apasionado de su entorno natural, sino un experto conocedor de la flora y de la fauna. Su conocimiento es en este sentido tan notorio como su limpio trasvase poético». No puedo estar más que de acuerdo con estas precisas palabras del maestro. De todos es sabido que, a veces, el exceso de erudición lastra el poema, hasta convertirlo en mera exhibición con carácter instrumental, más que estético. López Andrada ha demostrado su asimilación con el entorno de una forma natural, con complicidad vivencial, sin poses coyunturales o retóricas. Su obra entera lo demuestra. Por aquí pasan golondrinas, cárabos, luciérnagas, grajos, encinas, saúcos o juncias que representan la identificación existencial del hombre con lo que le rodea. Una obra que no se centra en exclusiva en la poesía, sino que frecuenta la narrativa, el articulismo y el ensayo con similar fortuna. Recordemos algunos títulos de sus novelas como Bruma (1998), Los años de la niebla (2005), El óxido del cielo (2009) o Un dibujo en el viento (2010) o la recopilación de artículos La luz del verdinal (2001).

Cerca de una veintena de libros integran su corpus poético. Desde Sonetos para el valle (1984) hasta el que ahora motiva estas líneas, Los ángulos del cielo, Alejandro López Andrada ha mantenido una intensidad creativa realmente admirable, sobre todo, si se tiene en cuenta el afán y el rigor sostenido que mantiene en constante tensión su poesía. La cadena de galardones que la han consagrado es extensísima (Premio José Hierro, Premio Rafael Alberti, Premio Fray Luis, Premio Ciudad de Córdoba, etc.) y no hace sino constatar que estamos ante un poeta de altísima hondura en el pensar que no pone, sin embargo, andamios en el aire. Su decir se fundamenta en un lenguaje sencillo porque sencillas han de ser las palabras que hablan de compasión, de humildad, de misericordia, de pérdidas y de melancolía, como lo era la palabra en el tiempo machadiana. Obvio es decir que esta sencillez no está reñida con la intensidad emocional que da origen al poema: «La vida va alejándose de mí,/ pero mi mano/ aún cabe en el crepúsculo/ y en mi mirada/ aún prevalece un signo: / la paz de una silueta/ que pasó/ corriendo entre libélulas y gorriones». Hay mucha nostalgia en los poemas de la primera parte, la titulada «Lejanías». El recuerdo de la infancia, la infancia misma, articula el desarrollo de cada uno de estos poemas. De un modo u otro está presente, incluso cuando habla de sus hijas, el poeta no puede evitar mirarse hacia dentro y ver en ellas, como en un espejo intemporal, una imagen de sus anhelos infantiles o adolescentes. El poema «Biografía» es suficientemente elocuente en este aspecto: «Como ayer,/ me adentro en ti:/ soy la levedad,/ la niebla que en los álamos vigila». Una infancia que sigue presente en las distintas secciones, quizá no de modo tan evidente, pero sí constante y que con el variado registro de los efectos de la luz, envuelven las reflexiones que el poema suscita. No son meras descripciones las que leemos en cada verso, éstas son el escenario donde tiene lugar el examen íntimo. La luz ejerce su función develadora incluso desde su ausencia, o desde sus servidumbres tonales, como en los poemas de la sección titulada «Interiores». Uno versos del último poema del libro titulado «Contraluz» lo explicita perfectamente: «Los pies me dueles;/ pero en la oscuridad/ sigo avanzando, cerca de una ermita». La casualidad ha propiciado que la escritura de este comentario coincida con el Día de Todos los santos, por eso, no me resisto a transcribir, para acabar, el poema que lleva dicho título, por otra parte, un excelente ejemplo de la calidad poética y humana de nuestro autor: «Detrás del humo se abre la piedad/ de un cielo que se dobla/ y se arrodilla/ en un oficio fúnebre. ¿Qué luz/ nos hace ver la muerte desde la colina?/ ¿Qué claridad de espacio/ se fractura/ y aleja entre las alas de los pájaros?/ La nieve llega y cae entre los rosales/ como una madre blanca/ que ha gastado/la agilidad gozosa de sus pies./ Su paso, entre las tumbas,/ llega a mí:/ se va durmiendo lenta en mi cansancio». Sin duda, una maravilla de contención, ternura y sabiduría.

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