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JUAN ANTONIO GONZÁLEZ FUENTES. MEMORIA (ANTOLOGÍA POÉTICA, 1989-2015)

EDICIÓN Y PRÓLOGO DE ANTONIO PORTELA LOPA. ABADA EDITORES, 2015

Toda antología personal, igual que una exposición retrospectiva de arte, conlleva una relectura de la propia obra en la que no es difícil cometer alguna injusticia. Se eligen o se desechan poemas, por mucho que se intente evitar, desde una lectura, desde una óptica del presente. Los ojos que ven lo escrito, lo pintado, tienen ya en la retina millones de imágenes que no existían en el momento de escribir tal o cual poema, de pintar tal o cual lienzo. La memoria ha acumulado un sinfín de emociones ausentes también en aquel proceso. Entonces, ¿cuál es la forma idónea de realizar la criba? Creo que no existe un método perfecto. Cada poeta debe tomar la responsabilidad de mostrar tanto al nuevo lector que ese acerque a su obra como al lector ya habituado lo que considera más representativo de ella, aunque pueda dar lugar a discrepancias con ese lector que ya experimentado. Una vez realizada la selección, otro asunto controvertido es el de la conveniencia de revisar el texto inicial. Hay detractores y fervorosos defensores. Según los primeros, el poeta tiene todo el derecho a modificar lo que ha escrito en el pasado (el caso más extremo lo tenemos en Juan Ramón, que jamás dejó de corregirse) para adecuarlo a la forma de ver el mundo actual. Según los segundos, esa actitud pervierte el sentido original del texto y, por tanto, escamotea al lector la posibilidad de conocer el proceso diacrónico que toda antología representa. Personalmente, estoy más cerca de la primera opción, porque exige un lector más informado, aquel que sepa establecer las comparaciones pertinentes entre el texto primigenio y las posteriores modificaciones que dicho texto haya sufrido, estableciendo así un análisis del proceso creativo mucho más documentado que el que se reduce al resultado final.

Esta pequeña digresión surge de la lectura de Memoria, el recuento de la obra poética de Juan Antonio González Fuentes que acaba de publicar la editorial Abada y que recoge más de veinticinco años de creación. «Cinco décadas ofrece una buena perspectiva desde la que se ve quiénes jugaban con la poesía y quienes tendían al proyecto de una obra total», escribe Antonio Portela en el prólogo, y es que González Fuentes ha cumplido recientemente cincuenta años y este libro supone una especie de punto y aparte, un gozne desde el que enfrentarse al futuro, un futuro, al menos en lo que concierne a la escritura, que, a juzgar por algunos de los poemas inéditos, sufre una transformación sobre la que hablaremos más adelante.

González Fuentes ha agrupado bajo un mismo epígrafe, Atlas de perplejidad,  sus cuatro primeros libros, Del tránsito y su pérdida (1991), La última seguridad (1993), La rama ausente (1994) y Paisaje de entre dos reinos (1995) y esa vocación unitaria casa bien con el sentido de estos primeros libros, más cercanos al irracionalismo en las sugerentes asociaciones de imágenes, aunque reducirlas a una interpretación estrictamente metafórica quizá sea restringirlas demasiado, como podemos comprobar en estos sintagmas: «interroga al relámpago que se hace miel en la vigilia» o «La terrosa púrpura de una espina inmolada». El poema en prosa es la forma elegida para indagar en las posibilidades semánticas que ofrece una dicción que no rechaza la alteración sintáctica para resaltar la ambigüedad del discurso. La vocación de totalidad se ve correspondida por una escritura cuyos vínculos se entrelazan en el mismo poema, pero también con el poema precedente, y con el posterior. «Todo señala hacia todo», escribía Goethe, y esa parece ser la intención de Juan Antonio González Fuentes.

Además del final, Premio José Luis Hidalgo (1998), supone un cambio formal sustantivo porque del poema en prosa —del que hay alguna muestra todavía— se pasa al poema en verso de carácter esencialista, en el que prima la intensidad por encima del discurso: «Un único umbral:/ cifrar en baja voz/ el muro inquieto/ de esta noche que nos disputa». La luz sigue siendo un tema predominante, una luz que sirve tanto para iluminar como para deslumbrar la emoción, una luz que se hace aún más persistente en su siguiente libro, titulado La luz todavía (2003). La palabra cotidiana se ve forzada aquí hasta el límite, desaparece detrás de sí misma, en escorzos como éste: «Multitud de instantes son de voz al fondo y margen lento de la noche firme sin llamarte» que se agrupan en la conciencia y ofrecen una imagen del mundo distorsionada, oblicua y caótica. El significado coherente se escamotea deliberadamente y subyace sólo como una especie de simulacro semántico. El lenguaje muestra su incapacidad para reflejar la inefabilidad de la experiencia y, sin embargo, conforma un discurso capaz de recoger esa contradicción. Quizá González Fuentes no busque otra cosa que Foucault definió como «un exceso del significado sobre el significante».

Un poema de La lengua ciega, su siguiente libro, «Teoría de poeta» parece ofrecer una salida a ese laberinto semántico que frustra la aprehensión de la realidad: «soy lo que me rodea», escribe González Fuentes. Esta contundente toma de posición que refuta en cierto sentido el orteguiano «soy yo y mis circunstancias», pero es sólo una ilusión transitoria, un espejismo, porque de nuevo se constata la imposibilidad del lenguaje, incluso desestructurado y ensamblado de nuevo, para conocer lo que nos rodea, siquiera  de una forma fragmentada. Creo que estas palabras de María Zambrano son oportunas para expresar con mayor exactitud mis argumentos: «El poeta enamorado de las cosas se apega a ellas, a cada una de ellas y las sigue en el laberinto del tiempo, del cambio, sin poder renunciar a nada».

Monedas sueltas, un título muy afortunado, recoge los tres libros de haikus publicados hasta ahora por González Fuentes, que respeta tanto la forma tradicional como los temas estacionales que le son más propios. La connotación simbólica a partir de una impresión evanescente es una de las características que mejor definen este género tan difícil, a pesar de su aparente facilidad.

El libro finaliza con varios poemas inéditos, poemas que preludian una nueva vuelta de tuerca en la búsqueda de González Fuentes de ese centro donde confluyen todos los significados posibles, sobre todo el titulado «Nocturno blanco en Manhattan», un larguísimo poema en prosa que remite directamente a la inevitabilidad del paso del tiempo que, si bien en su obra anterior estaba presente, ahora se convierte en tema central del discurso: «Del otro lado. Sí, ya es más del otro lado el tiempo que se alza entre nosotros, en regreso, con las manos abiertas». El poeta toma conciencia de que —en ese hilo imaginario que une nacimiento con muerte— el pasado ya tiene mayor extensión que el futuro: «Pero nosotros vamos cumpliendo demasiados años y empezamos a olvidarlo todo». El poema tiene algo de alucinación, de salmodia incluso, en la que aparecen personajes como Valéry, Gerardo Diego, Messiaen, Rimbaud, Kavafis o Debussy. Poesía y música imbricados mentalmente en un escenario como el cementerio de Saint Trinity Church, rodeado de rascacielos. Un remanso de paz en el tráfago urbano. El itinerario estético que parece emprender González Fuentes con este poema abre nuevos enigmas en una escritura que desde sus inicios se ha caracterizado por interrogarse acerca del mundo y de su propia existencia. Convendrá estar pendientes para ver si la articulación de esta estrategia confiere al lenguaje, y a quien lo emplea, jurisdicciones que antes no poseía.

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