TOMAS Q. MORÍN

ANTES DEL AEROPUERTO, SUSHI

El anciano está sentado delante

del patio vacío comiendo

pollo frito o cualquier otra cosa,

probablemente compró el trozo entero, y no

en la casa de sushi

donde entramos,

no inspiraba exactamente confianza,

pero cuando regresamos

desde paseo de la fama a nuestra mesa

con los palillos

en la caja que tú decoraste

hace tantos años que lo olvide,

y les conté a mis compañeros de toda la vida

que no necesito utilizar los desechables

envueltos en papel como pajitas,

que no son tan delicadas

como las suyas que parecían pulidas

como si estuvieran sacadas de un tejo,

tan distintas de mis palos ensamblados

que eran poco más que pantagruélicos

mondadientes para alguna raza de gigantes

que yo tenía solamente para adecentarme

con un limpio chasquido

y demostrar su inutilidad,

nunca conocí a un tonto como yo,

sólo al ingeniero que había registrado

la patente para el diseño de mis palillos

así que la operación fue un fracaso

excepto por tu risa,

un desenlace inesperado

por el que yo habría abortado la ulterior colección

a propósito, y la siguiente vez

sólo había llegado nuestra ensalada de algas

para mí, un amante toda la vida

de la cucharilla y el tenedor

para no dar pie con bola en un plato diminuto

con mis pinzas chinas,

sólo que no lo hice y antes de que me diera cuenta

mi mano era Fred Astaire sobre zancos

y la ensalada de algas se había acabado,

seguida por la mitad del maki,

y sólo había una pieza rosa

que lo separaba de la hueva crujiente

y su rollito de arroz que yo escupí

porque lo sentí en la lengua

y sabía a muerte,

lo que tiene mucho sentido

porque estaba muerto,

y nuestra comida terminó allí,

me gustaría ahora celebrar

las virtudes de mantener una mente abierta

a la nueva comida, a cómo

la vida nos puede sorprender tanto, un día

ya no estoy comiendo sirope de arce en un filete

o sobre un trozo de queso como cabía

esperar de alguien que nunca ha estado

en Vermont, prefiero sushi

y controlo los palillos y miro hacia arriba

para ver una trenza de pelo dorada

nunca me había dado cuenta de que era dorada

desenredada sobre su hombro

tan lentamente que parece viva

tanto que por un instante

de repente somos tres

en la mesa: yo, tú, y tu trenza

que a ti no parece molestarte

está perdiendo lo que sólo unos pocos minutos

antes yo hubiera llamado con gravedad

una batalla, excepto que ahora entiendo

que la atracción de la tierra

no siempre es molesta e impaciente,

que puede ser amable, puede animar

un revoltijo del pelo suelto

y, al hacerlo, ralentizar el tiempo

y esa canción sobre adioses

y el pesado abrigo de invierno

que llena el cielo de todos los aeropuertos urbanos

a finales de verano, ralentizar esa música

lo suficiente para hacer un soul

con dos pies izquierdos como los míos

brincando y bailando.

Versión de Carlos Alcorta

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