MARGARIT

JOAN MARGARIT. AMAR ES DONDE. EDICIÓN BILINGÜE. COLECCIÓN VISOR DE POESÍA, 2015

Si hay alguna característica que concita unanimidad en los diferentes críticos que, con mayor o menor intensidad, nos hemos ocupado de la obra de Joan Margarit (1938) es aquello que reclamaba Ortega en sus Meditaciones del Quijote, el fervor, “el sentido afirmativo”. Y es que hay una especie de aquiescencia colectiva ante la que es, sin duda, uno de los mejores corpus poéticos de los últimos años en nuestro país, una obra que tardó en encontrar reconocimiento —el que una gran parte de ella estuviera escrita en catalán y careciera de traducción al castellano tuvo mucho que ver— lector, pero, una vez descubierto, goza de una fidelidad superlativa. Yo leí un poema suyo por primera vez en el número tres de la revista granadina Hélice, dirigida por Luis Muñoz, el titulado «Camino de perfección», pero fue en el número 7 de dicha revista cuando tomé conciencia de que estaba leyendo a un poeta que me revolvía las entrañas. En dicho número siete se publicaban cinco poemas en versiones de Luis García Montero. La muestra, aunque insuficiente, ya era representativa de una forma de combinar la biografía con la reflexión existencial en un discurso que me recordaba al admirado Gabriel Ferrater y que me ha cautivado desde que tengo conciencia de lector. Al referirme a este poema estoy hablando del otoño de 1996. Un año antes, aunque yo la adquirí —según consta en la página de respeto— en 1997, se había publicado, en versión de Antonio Jiménez Millán, el libro Edad Roja (Edat roja, 1990) en la también granadina colección Maillot amarillo, uno de cuyos responsables era Luis García Montero. Desde ese momento me convertí en un ferviente seguidor de cada una de los libros de Margarit, y han sido muchos los que ha publicado desde entonces. Conseguí hacerme, con el paso del tiempo, de alguno de sus primeros poemarios, publicados en castellano, como Crónica (1975) y de una antología que recogía sus primeros libros publicados en catalán.

Viene este largo prolegómeno para referir un viaje lector que se inicia hace ya casi veinte años y que se concluye, por el momento, en este Amar es dónde (Estimar és un lloc), libro vertido al catalán, como viene haciendo con frecuencia, por el propio autor. Margarit ha comentado en muchas ocasiones lo que estas versiones tienen de poema distinto, original, algo que el lector podrá comprobar si se asoma al poema en catalán. Un buen ejemplo es la versión del propio título del libro, muy evidente por las diferentes formas de traducirlo que se aprecian en el poema homónimo: «Estima tés un lloc./ Perdura al fons de tot: d’allí venim./ I és el lloc on va quedant la vida» y su versión castellana: «Amar es un lugar./ Perdura en lo más hondo: es de dónde venimos./ Y también el lugar donde queda la vida».

Una conciencia de inevitabilidad y de fracaso atraviesa las páginas de este libro. Si en Edad roja el autor era consciente de que ya había traspaso un límite invisible pero perturbador, el de los cincuenta años, ahora, en Amar es dónde, ya sobrepasados los setenta, el paso del tiempo no hace más que constatar que, lejos de ser el que fue, algo que ni siquiera pretende la ficción poética, esta lejanía impone una forma de mirar no exenta de resignación, pero una resignación llevadera, asumible. La edad enseña a optimizar los recursos de que se dispone y a constatar que no hay meta, o que, en todo caso, la meta es la misma trayectoria, de lo contrario, la rebeldía moral se convertirá en un descontento inútil. Margarit sabe sacar partido de esta situación, de los años de vida, a través de sus poemas. Su palabra es ahora, si cabe, más templada, más estoica, más sabia e introspectiva: «Sólo puedo buscar, para saber qué soy,/ en la infancia y ahora en la vejez: / ahí es donde la noche es fría y clara/ como un principio lógico», una palabra que, sin embargo, no consigue superar la impenetrabilidad del mundo y de la conciencia. En el epílogo a los poemas, Margarit abunda en esta idea cuando escribe que al envejecer «uno empieza a tener de su parte una de las fuerzas más poderosas del universo, […] la indiferencia», pero ojo, no debemos confundir esta indiferencia con desinterés o apatía. El poeta explica que «la indiferencia a la que me refiero ahorra la angustia porque no es fundamental y por el hecho de que haya cosas que, siendo importantes, incluso trascendentes, uno no podrá cambiar jamás». Una de esas cosas inevitables es la transformación que ha sufrido la sociedad en unas pocas décadas, una transformación que no carece de beneficios, pero que conlleva también un desgaste personal y colectivo que el poeta siente sobre sus hombros. La ciudad de Barcelona se convierte así en una metáfora de esa especulación moral e ideológica en pos del crecimiento económico, tabla de salvación, al parecer, de un ser humano sin otro asidero que el que supone formar parte de la sociedad de consumo, aunque su participación se reduzca a una forma moderna de esclavitud. «Dónde está aquella culta burguesía?/ ¿Dónde, aquellos obreros que, además de su oficio, se sabían poemas de memoria?» se pregunta casi de forma retórica, porque la respuesta está en boca de todos. Tanto unos como otros han sido engullidos por la maquinaria del dinero, del éxito y del confort.

Como es habitual en la poesía de Joan Margarit, hay muchos poemas memorables en este libro, y no es fácil decantarse por uno u otro, sin embargo, me atreveré a mostrar mi predilección por algunos, entre los cuales citaré los titulados «Defensa propia», quizá porque resuma como ninguno ese sentimiento tan similar a la acedía al que me refería y que domina estos versos: «En saber estar triste hay alegría», «Fantasma republicano en la Rambla», una forma de hacer las paces con el pasado y consigo mismo, como lo es también «Tarde de lluvia en el patio», en el que abruma su piedad. Por su matiz metapoético subrayo «El callado», del que entresaco estos versos: «La poesía es una consecuencia/ de algo que no ha sucedido» que son toda una poética, una forma de ver más allá de la realidad a través de la poesía pero también de entender la poesía como la realidad misma, una realidad creada por el lenguaje que posee más aristas que las que muestra la superficie de las cosas. Además Joan Vinyoli, otro de los poetas catalanes que más admiro (no puedo dejar de mencionar también en estas líneas al espléndido Pere Rovira), es el protagonista del poemas.

La lectura de este Amor es dónde supone constatar una vez más la grandeza poética de Joan Margarit, un poeta que escribe con claridad porque se es capaz de ver con claridad lo que le rodea y lo que siente, un poeta que, como escribía Dewey, es capaz de «descubrir lo universal en lo particular» y de hacer de sus emociones más íntimas un espejo en el que se reflejan las emociones de los demás. El lector se convierte así en el cómplice secreto. Si esto no ennoblece la utilidad de la poesía, no se me ocurre qué otra cosa podría hacerlo.

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