LEE ANN RORIPAUGH

La gente viaja desde muy lejos para ver

mis pinturas de peces

— la engalanada coraza de sus escamas,

la aparente configuración de sus ojos en

anillos de flexibles alveolos, un brillante

latigazo de la aleta y la cola

que parece tan real que casi podías hundir

una profunda red

en el papel y tirar hacia arriba del húmedo

peso de una carpa dorada,

una trucha brillante o la poderosa

ascensión de una lubina con

la boca amoldada hacia el sorprendido, sonoro

“oh” de la veleta

de un niño. Cogí los ejemplos del mar,

del lago y de un estanque de peces de colores

en el jardín trasero, con cuidado

de que sus bocas no se desgarraran

por el anzuelo, de que sus escamas se astillaran o el sedoso

tejido de sus colas

se rasgara por una mano torpe. Los guardaba en

grandes recipientes de cristal, los alimentaba

con alas de mosquito o con crisálidas secas de gusanos de seda

administrándoselas con palillos,

y cuando terminé de hacer los bocetos,

rápidamente los llevé

de vuelta y los puse en libertad de nuevo. Toda

la noche sueño que nado

con estos peces como una carpa dorada de puntos negros

sobre escamas cloisonné,

desperdigadas sobre la superficie por el engañoso

brillo cremoso de

la luna o el crepitar de luces de luciérnaga

sobre del agua.

Y todas las noches estoy animado una vez

más por el olor

del cebo del anzuelo, por mi predecible

deseo de las cosas

terrestres, y cada vez me sorprendo de nuevo

por la punción del anzuelo

en mi labio que me rasga sin piedad

en el aire brillante,

engarzando mis branquias en el fuego, el afilado, plateado

dolor del cuchillo que

me raja abriéndome fácilmente de la cola

a la garganta para poner al descubierto

el rojo flexible de mis branquias crudas,

la película translúcida

de mi bolsa de aire, el crecimiento lechoso de mi

estómago y el gris

marmóreo del rollo de mis intestinos. Me levanto

tarde cada día y trabajo

con la luz más brillante. Cuando yo muera,

llevaré mis pinturas

hasta el lago y las meteré en el agua.

En primer lugar los bordes de

tinta se desdibujarán, y luego habrá

un gran frenesí de aletas,

colas y cuerpos comienzan a florecer

a la vida otra vez, cada

pez desprendiéndose de su lienzo de seda

o papel de arroz —un

remolino de color, movimiento, nadando lejos.

Versión de Carlos Alcorta

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