ANA

ANA GARCÍA NEGRETE. Y DICES TU NOMBRE. COLECCIÓN A LA SOMBRA DE LOS DÍAS, Nº 6. 2015

No es Ana García Negrete una autora prolífica, aunque me consta que cada uno de sus libros, como digo, publicados con cuenta gotas, goza del respaldo inequívoco de sus muchos lectores, por eso nos gustaría ver sus libros con más frecuencia en la mesa de novedades de las librerías, aunque si la cantidad no está en principio reñida con la exigencia, menos lo está, creemos, la sobriedad. Por otra parte, cada poeta debe ser fiel a su propio ritmo creativo, sin sufrir interferencias sociales o editoriales (algo casi inexistente en el ámbito poético). Y dices tu nombre es el tercer libro de nuestra autora. Algo tendrán que decir las estaciones (2005), Memoria para seguir un rastro (2010) fueron los precedentes. Tres libros en diez años parece un fruto espléndido, y lo es, pero debemos significar que Ana García Negrete, a pesar de su constante presencia en revistas y antologías desde su juventud, tardó bastante tiempo en publicar su primer libro.

Unas palabras previas nos proporcionan algunas claves de lectura: «El libro […] se dirige a un oyente próximo al que trata de llevarse a un punto distinto del que se ha partido, a la manera de un viaje que recorre la vida en su conjunto, desde un supuesto origen, desgranándose en historias y encuentros que son parte esencial de la identidad», una identidad que se cuestiona desde el primer poema, titulado precisamente así, «Identidad»: «Yo soy. Y dices tu nombre./ Es un acto de voluntad, no igual/ al que mueve al corazón que late sin saberse», un acto voluntario no sometido al arbitrio de los dioses, como les sucedía a los héroes antiguos, pero ser quien se es no es algo regalado ni gratuito. La compleja construcción del ser depende de muchos avatares y de la forma que el protagonista tenga de digerirlos. La fortaleza emocional y ética se forja en la confrontación con la realidad, una realidad siempre dispuesta a ponernos a prueba. El descarnamiento de las emociones no impide que estas puedan ser restañadas mediante la escritura. Sin ánimo de caer en solipsismos extremos, Ana García Negrete muestra una confianza en sí misma, y en el lenguaje que corporiza sus pensamientos, digna de admiración, un lenguaje claro y sencillo que esconde, sin embargo, una confrontación entre el deseo y la realidad, embridados en una mera sucesión de acontecimientos: «Me abrigo de mí» escribe en otro poema. «Me abrigo de mí/ al decir que es amor cuanto yo quiero». La intimidad deja su refugio, sale a la intemperie y es cuando más desprotegida se siente. Las estampas familiares son un cobijo contra la tormenta interior y el amor se torna escudo contra esas inclemencias, pero este amor posee muchas variantes, posee la prodigiosa receta para hacernos ver las cosas de otro modo. Lo cotidiano se vuelve extraordinario, lo zafio, hermoso, lo importante, insignificante y lo secundario, esencial. Y es que desde la belleza, desde la sensualidad o el gozo también se puede escribir contra lo moralmente inaceptable, contra lo que sacude la conciencia.

La mirada observa al mundo con ojos nuevos: «Así te asombrarás del nacer de las cosas», escribe Ana. Esta mirada no modifica sólo el presente, sino la lectura del pasado que se hace desde este presente favorecido por la experiencia amorosa. La infancia se rememora con una nostalgia muy mitigada, acaso porque de ella se ha destilado lo mejor del recuerdo compartido: «Yo volvía a miraros siempre para ponerme a salvo en vuestros ojos», escribe en un hermosísimo verso que tutelan sus hermanos.

En alguno de estos poemas se identifica la travesía emocional con el itinerario físico, geográfico. El trasunto del viaje como proceso de conocimiento, sobre todo cuando se descubren las costumbres de otras culturas, queda reflejado en poemas como «Vistas de la ciudad de Edo» o en «Triunfo y reto de Perseo», donde la Loggia del Lanzi florentina (Ángel Crespo escribió un hermosísimo poema sobre el mismo escenario, incluido en su libro Amadis y el explorador) se escoge como entorno de una aparente contradicción entre belleza y verdad, entre horror y hermosura. El díctum rilqueano de que lo bello es el comienzo de lo terrible no es ajeno a este poema ni al titulado «El grito», pero esta conexión palidece cuando leemos otros poemas que son un canto a la amistad, al amigo desaparecido como el titulado «Amistad» o «Era el final de nuestro viaje…», poemas que nos emocionan y nos inyectan un sentimiento de confraternización, de solidaridad no tan fáciles de experimentar como se supone leyendo un poema. El libro finaliza con un poema extenso que es un claro ejemplo del vitalismo intrínseco en esta poética, a pesar de las pérdidas que todo camino, todo viaje comporta: «Volvió los ojos mirando el cielo al respirar despacio./ Llamar, ¿a quién?, a un tiempo que se esfuma./ Hora de marchar por un camino nuevo/ partido a la mitad ya para siempre./ Nunca más volver y regresar a casa».