GOMEZ TORÉ

JOSÉ LUIS GÓMEZ TORÉ. UN CORTE QUE NO SANGRA. EDICIONES TREA, 2015

En «Casi una poética», uno de los poemas que integran Un corte que no sangra, José Luis Gómez Toré escribe: «Sostener un instante/ el canto sostenido de los pájaros», y es que la definición de instante que pronunció el filósofo Enmanuel Levinas y que da título al libro, funciona como un hilo conductor en el que se funden pasado y presente, vidas que comienzan con existencias ya maduras o a punto de concluir. De esta amalgama procede el entusiasmo vital durante la travesía que tiene en la magnificencia de la música un perfecto correlato: «La música hace dudar al tiempo. ¿O es el tiempo la trama que desmiente el paisaje apenas habitado de esta música?». Hablamos de la música, pero no faltan en estos poemas tampoco consideraciones sobre el lenguaje o sobre el propio acto de la escritura de manera intermitente pero constante, por ejemplo: «Hablamos. Las palabras persiguen un lugar. Son fragmentos de nada que dibujan un cuerpo, un ovillo enredado del lado de la sombra» o «Borra con la otra mano/ lo que una mano escribe». La expresión de los sentimientos, de la experiencia circunscrita a hechos reales se inscribe de forma deliberada en unos versos que nunca nombran de forma directa la emoción que los provoca. Percibimos atisbos ciertos de biografía, pero ésta queda enmascarada voluntariamente por alusiones de carácter simbólico que necesitarían de un contrapunto definitorio para reconocer sus rasgos. Coexisten así, en el mismo poema, lo imaginativo con lo cotidiano —nunca lo esencialmente descriptivo—, como en el poema «Un kilo de manzanas Golden» o «El mirlo».

José Luis Gómez Toré (Madrid, 1973) posee ya una copiosa producción poética con libros como Se oyen pájaros (2003), He heredado la noche (2003), Fragmentos de un cantar de gesta (2009) y el que hoy nos ocupa, Un corte que no sangra. Como ensayista, es imprescindible hacer mención a La mirada elegíaca. El espacio y la memoria en la poesía de Francisco Brines, que obtuvo el prestigioso premio Gerardo Diego de Investigación Literaria (2002), y el reciente El roble de Goethe en Buchenwald, un libro que conviene que no pase inadvertido. Pero centrémonos en su poesía. Sendos poemas dedicados a la belleza abren y cierran Un corte que no sangra. Poema en verso el primero, en prosa el segundo. La belleza no es una excusa ni un reclamo ingenuo. El poeta no la utiliza para endulzar la realidad, todo lo contrario, «Nadie/ levantará la casa en la belleza», escribe Gómez Toré en los versos iniciales del libro, para terminar describiendo la crudeza de un parto, crudeza que, afortunadamente, no logra ocultar un efecto esperanzador porque «Escuchamos el eco de un solo, indescifrable corazón». Nos parece advertir en estos poemas un desplazamiento consciente de los acontecimientos, tal vez con la intención de no atar la emoción a la cronología, de liberarla de las cadenas espacio-temporales para universalizarla, como si el poeta fuera un observador neutral y se limitara a interpretar la realidad desde una posición equidistante. Paul Valéry decía que el poeta, el poeta que experimenta lo cotidiano como un acto extraordinario, era «aquel en quien encontramos el mayor rigor del dogma del arte y la extrema dulzura de la inteligencia verdaderamente superior». Yo creo que la poesía de Gómez Toré no busca efectos inmediatos, sino todo lo contrario, pretende producir un eco en la conciencia, conciencia de la transitoriedad, de la fina línea que separa la vida de la muerte, del dolor de vivir, de la violencia que precede a la belleza, por esa causa la precisión de sus versos logra hacer accesible con un lenguaje cotidiano lo abstracto, lo metafísico. La expresión poética que mencionábamos antes, cuidada hasta el extremo, abunda en estas ideas, porque la vida es, al fin y al cabo, «la celada en que caemos» y tanto el poeta como el hombre que lo encarna necesitan construir asideros para sobrevivir, aunque estos sean tan frágiles como las propias palabras.

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