HENRI COLE

LIMPIO

Mi casa es mía:

la elección de menú,

la radio y la televisión,

el deslustrado suelo,

las sábanas arrugadas.

Es como estar dentro

de un buró. Yo no tengo

una asistenta que cuide

de mí. Algunas veces,

durante el desayuno,

hablo francés con

un reyezuelo disecado.

No hay conflictos

entre nosotros. Escuchamos

unas palabras grabadas:

Viens-tu du ciel profound?

Siempre escucho un breve oratorio

dentro de mi cabeza. Las polillas

se han llevado las alfombras

como invisibles costaleros.

Me gusta la invisibilidad,

excepto la de los poderosos rayos

de la resuelta luna. Algunas noches

pregunto a su palidez: ¿Estaré bien?

Me encuentro débil e improductivo esta noche,

como un cacho de carne con ojos,

pero por la mañana soy optimista de nuevo,

como un copo de nieve que ha viajado

muchas millas durante muchos años

para ser admirado sobre el cristal de la cocina.

Solo, engullo

y defeco y orino

y grito. Por favor, no me despiertes

de este sueño,

hago la comida con cosas

humildes —boniatos,

un tarro de mermelada,

una botella de sauvignon blanco.

Hoy, vi una señal

en mayúsculas de LIMPIO

y pensé. Todos nosotros tenemos

momentos que preferiríamos mantener

en secreto en los que nos dejamos

arrastrar por un remolino.

El pequeño reyezuelo posado sobre mis

dedos no pesa casi nada,

solamente uñas y pico. Pero

me da pequeños momentos

—aquí, en la mesa de la cocina—

como un afinado coro

canturreando algunas veces

sobre el amor o sobre

el desamor, una circunstancia

que hace bizquear y enfermar

si pienso demasiado en ello.

¿Qué soy sino ésta dúctil

sintaxis, imagen y sonido

en los cuales mi corazón, no

aislado todavía, sigue

latiendo?

Versión de Carlos Alcorta

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