SOLER

RAFAEL SOLER. ÁCIDO ALMÍBAR. EDICIONES VITRUBIO, 2014

Son contados los casos en los que un libro de poesía alcanza más de una edición, por eso, cuando sucede, una benéfica sensación de complicidad invade al crítico y al lector que han contribuido a difundir dicha obra. Éste es el caso de Ácido almíbar, el último libro publicado por Rafael Soler, un poeta, un escritor con una obra extensa tanto en poesía como en novela, obra que ha sido objeto de numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio de la Crítica Valenciana de 2015 al libro objeto de este comentario. Rafael Soler nació en Valencia en 1947, aunque su dedicación profesional como profesor en la Universidad Politécnica le haya llevado a vivir en Madrid. Su primer libro —refiriéndonos estrictamente al ámbito poético— se tituló Los sitios interiores y vio la luz en 1980 en la colección Adonais. Después de un largo intervalo de silencio poético publica Maneras de volver en Ediciones Vitrubio, libro que alcanza a día de hoy la quinta edición. De 2011 es Las cartas que debía, que va por la tercera edición. Bajo el título La vida es un puño publica una antología en Paraguay en el año 2012, año en que ve la luz también su poemario Pie de página, publicado por la Institución Alfons El Magnànim de Valencia.

Ácido almíbar está dividido en siete secciones que recorren el itinerario vital desde el nacimiento hasta la muerte, dos circunstancias aleatorias que, sin embargo, sobre todo la primera, marcan el destino del ser humano. Nadie gobierna el lugar ni la familia donde nace. «Y qué salvar entonces/ qué origen qué fulgor que trabalenguas» escribe Soler en el primer poema del libro, integrado en la sección titulada «Quédate a los títulos de crédito». Los poemas de este libro carecen de puntuación y están construidos con un lenguaje coloquial y riquísimo en adjetivos. Ambas características acentúan el ritmo que se torna fluido, vertiginoso, imparable. Da la sensación de que al poeta le falta tiempo para decir todo lo que tiene que decir, por eso se ve impelido a hacerlo de forma torrencial, sin dejarse nada en la recámara. Es este un lenguaje desinhibido que no rehúye lo altisonante ni lo escatológico, pero, al mismo tiempo, está lleno de misericordia y de ternura, algo que me parece muy en la línea de un novelista y articulista como Pérez Reverte. Valgan estos ejemplos para constatar lo que digo: «queridísimo soplagaitas satinado/ queridísimo cabrón de tapas impolutas/ con una tapa dentro» o «Para empezar/ un perfume de lluvia/ en el cuerpo de tu axila// y todo el carmín que necesites/ al esconder la boca// en el espejo». La tercera sección de libro, «Retrato de dos para ninguno», subdividida a su vez en tres apartados, narra una historia de amor sujeta a los dictados de un tercero innominado, llamémosle tiempo, vecino, compañero o amigo, otro que se interpone, que toma forma de mujer, de amante, de sujeto. Alguien, en todo caso, visto no como cómplice sino como enemigo. Esta ambigüedad queda patente en versos como estos: «que mi sitio en tu cama lo compartas/ con el sitio en la mía de tu dueño».

«Caso cerrado» es, si exceptuamos la Posdata —compuesta por un solo poema que invita a través de la luz a la esperanza— la última sección del libro y, sin duda, la más impresionante porque el nacido llega a su declive, al final de su vida. No es que la muerte sea vista como un cataclismo, como algo atroz en sí mismo, pero es la negación de todo y, como tal, representa el ocaso, por eso el poeta intenta evadirse, negarla en el mundo paralelo de los sueños: «Finge un dormir/ finge que finges dormir/ finge si quieres que fingiendo dormir/ pospones el tiempo que no queda». Este enmascaramiento se sabe infructuoso, pero creo que es perfectamente lícito resistirse a lo inevitable con las armas de las que se dispone. Tal vez estos versos de Juan Gelman resuman mejor que mis palabras el sentido de este libro: «Porque morir es fácil/ nacer no». El lenguaje es un escudo, un muro de resistencia, por eso Rafael Soler se solaza hasta casi convertirlo en un juego, un juego que sabe peligroso, por eso también se esfuerza por ajustar las palabras al máximo, en pulir su significado hasta hacerlo único, certero, sumamente preciso. Este decir tormentoso posee también un contrapunto de ironía, pero yo creo que lo que prevalece en estos poemas es un permanente examen de conciencia, un debe y haber existencial, una justificación moral que da sentido a la vida, acaso por eso su lectura nos imante como cuando no podemos apartar la mirada de un espejo que refleja nuestro propia intimidad.