CABALLERO

J.M. CABALLERO BONALD. DESAPRENDIZAJES. SEIX BARRAL. LOS TRES MUNDOS. POESÍA, 2015

«Si te vales de los utensilios de la poesía para hacer tus propios diagnósticos sobre la realidad, ¿lograrás alguna vez lo más complejo: la concordancia entre lo insuficiente y lo absoluto?». Así comienza el poema «Prodigioso abismo», el primero de los noventa y un densos poemas en prosa, aunque el autor precise que «ese apelativo es equívoco. Son poemas dispuestos tipográficamente como si fueran prosa, pero se pueden partir como versos y se convierten en poemas tradicionales», que integran Desaprendizajes, el nuevo libro de José Manuel Caballero Bonald, cargado, como los títulos más recientes del autor (Manual de infractores de 2005, La noche no tiene paredes de 2009 y Entreguerras de 2012), de crítica social y política, de irritación, de indignación y de escepticismo («La explícita, apremiante realidad me desconsuela como los desperdicios que devuelve la marea») no sólo ante el porvenir sino ante la utilidad de la palabra como medio para transformar la realidad, porque entiende el poema «como una construcción verbal, un hecho lingüístico, La verdadera poesía está hecha con palabras, unas palabras que se juntan de pronto por primera vez y abren un mundo nuevo, una realidad desconocida para el lector. Yo no creo que cuente historias, cuenta ideas», pero la necesaria crítica comparte protagonismo con un impulso casi visionario que, analizando el pasado, lee las consecuencias futuras si la situación no se corrige. «Pensar es romper el hilo» decía Valéry, y Caballero Bonald no deja de reflexionar sobre el mundo en el que vive, así rompe el hilo con el acontecer para configurar en sus poemas un humanismo beligerante.

Como siempre, el rigor compositivo, la filiación barroca del lenguaje y una «Portentosa construcción verbal», como él mismo califica la poesía de Góngora, caracterizan este decir juvenil, por más que su autor lo haya escrito con 88 años, cuando pensaba que ya lo había dicho todo. No hay mejores palabras que las del propio poeta para explicar el por qué de este nuevo libro: «Cuando escribí Entreguerras pensé que sería mi último libro. No por edad, sino porque tenía algo de testamentario, de última voluntad, ya que es un repaso de mi biografía, sobre todo literaria. Pensé que sería un buen fin, pero de pronto comenzaron a cruzarse una serie de temas y formas de enfocar literariamente algunos temas que me traía entre manos. Así que comencé a escribir este libro», un libro en el que prima la irritación, la disconformidad con un mundo que margina los «únicos pobladores legítimos de esa tierra tan de continuo maltratada», esto es, los «ensimismados, los introvertidos, los melancólicos», un mundo en cuyo origen, por el contrario, prevalecía la feliz armonía que proporcionan a los sentidos unos pájaros cantando, un emplazamiento natural sobre la extensión marina o esos frondosos árboles que simbolizan su propia vida: «Tocar un árbol, recorrerlo, intuir lo que ocurre en su interior, equivale a aceptar que cualquier inventario apenas sensitivo de los árboles circundantes supone juntamente el árbol de la vida», escribe en el poema de título rubendariano «Apenas sensitivo». La belleza, la hermosura estaba exenta de confrontaciones imaginativas, sólo el advenimiento de la historia refleja un rastro de violencia antes imposible de verificar, acaso porque «Todo lo sensitivo se suma y yuxtapone en los espacios primordiales del placer».

Desaprendizajes pone el énfasis en la necesidad de ver la realidad desde un punto de vista menos lastrado por las circunstancias, porque «Todavía estás a tiempo de comenzar a reconstruir tu casa, reescribir tu historia, desaprendiendo al fin lo consabido». No se trata de olvidar el pasado, sino de cuestionarse algunas de las cosas que hemos aprendido, algo que, inevitablemente conduce a la crítica, a la parodia, al sarcasmo. Son muchos los estereotipos contra los que apuntan sus poemas: la religión, la política, la necesidad de éxito social y económico por encima de cualquier principio moral son ridiculizados gracias a un lenguaje cuidado hasta el extremo, plagado de cultismos, de rica adjetivación («aluminio triste», «subrepticia agitación contaminante», «almanaques inválidos», «frágil cuerpo amado retenido», «reverso germinal del aire»), sometido a la ficción, fecundo y esplendoroso con el que no deja títere con cabeza. Pero no todo en este libro es subversivo. Hay también espacio para la reflexión de carácter ontológico y metafísico —sobre todo en algunos de los poemas que tienen más ecos valentianos, como los titulados «Del centro de la piedra» («El eje reflexivo de este poema —explica Caballero Bonald— responde a parecidas solicitudes teóricas»), como en «Estoy oyendo el límite del signo», «Negro espejo de la muerte» o «El silencio que ocupa la palabra»—, para poemas de fondo metalingüístico, por otra parte, una preocupación constante en la poesía de Caballero Bonald. « Siempre lee el lector las mismas incidencias que el escritor escribe?», se pregunta en uno de los poemas, aunque conoce de antemano la respuesta. Obviamente, eso no ocurre nunca, porque la distancia entre lo dicho y lo percibido es insalvable. El secreto de las palabras depende «de su capacidad penetradora en el solar de lo desconocido» y desde ese desconocimiento del poeta ha de partir el lector para construir su propia imagen de la realidad, una imagen personal, sólo subsidiaria de lo leído conceptualmente. El poeta no puede ser más que un guía para el lector, un Virgilio que «Navega por derroteros nunca usados hasta llegar al descubrimiento de esos enigmas ocultos en el idioma consuetudinario» y muestra la ruta para sucesivos descubrimientos.

No faltan en este libro los poemas que tratan sobre los conflictos de identidad: «El que soy y el que fui se juntan, se interfieren a menudo y fingen ser el mismo», «Alguien que se parece a mí, que podría ser yo, me está esperando en algún distrito de la duplicidad», «¿Soy finalmente el rastro de un intruso, soy el que tanto se parece a mí, coincidimos entrambos en esa efímera bilocación donde coexisten el otro y su contrario» se pregunta, para concluir que «Nadie que pretenda identificar a su presunto doble podrá hacerlo si antes no ha logrado encontrase a sí mismo». Podría parecer que en la vejez se tienen resueltos estos apremios, pero esta presunción carece de fundamento, porque las preguntas sobre uno mismo no dejan de interferir en el largo proceso de construcción íntima, y así lo delatan estos versos.

Desaprendizajes finaliza con unas notas en las que Caballero Bonald da cuenta de los débitos que mantiene con un amplio espectro de autores, autores que le han acompañado siempre, como Onetti, Rulfo, Cernuda, Machado, Lezama Lima, Góngora, Borges, Mallarme, Octavio Paz, Blas de Otero y un largo etc. De una forma u otra, todos están presentes en este libro y es un acto de generosidad por parte de Caballero Bonald subrayarlo en esas notas epilogales. La rebeldía tanto moral como estética de la que hace gala nuestro autor representa una corriente aire fresco y lo convierte en una de las voces más jóvenes y reivindicativas de nuestra poesía. Conviene leerlo con detenimiento porque «Difícil es y acongojante desaprender lo aprendido hasta alcanzar la disyunción consoladora que retrotrae al seno prenatal de los conocimientos, pero una vez lograda esa gustosa desocupación, esa nada adyacente de la nada, comienza a vislumbrase el alfabeto de una felicidad no importa que carente de asideros».

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