KENYON

JANE KENYON Y DONALD HALL. EAGLE POND. EDICIÓN DE JUAN JOSÉ VÉLEZ OTERO. VALPARAÍSO EDICIONES, 2015

El poeta norteamericano Donald Hall (1928) se ha ocupado personalmente de preparar este libro integrado por poemas de su esposa, Jane Kenyon, fallecida en 1995, y de él mismo con un núcleo de unión, la granja familiar situada en Eagle Pond, la Laguna del Águila, que sirvió de domicilio conyugal durante veinte años, fue el lugar de trabajo para ambos y da, además, título al libro. Allí escribió Kenyon los cuatro libros que publicó en vida y allí sigue escribiendo invadido por la nostalgia su marido, Hall, que ha dedicado conmovedores poemas a quien fuera su mujer en libros como Without (1998) y The painted bed (2002), ambos traducidos, como en el caso que nos ocupa, por Juan José Vélez Otero para la editorial Vitrubio y para Valparaíso Ediciones respectivamente, razón por la cual nos atrevemos a decir que estamos ante el mejor especialista en nuestro idioma del poeta norteamericano. El estudioso escribe en el prólogo que «esa relación sentimental y paisajística, tanto en la poesía de Hall como en la de Jane Kenyon […] han supuesto un motivo de cohesión para la obra seleccionada en este volumen y para la decisión final de que el libro que el lector tiene entre las manos se abra con el título de Eagle Pond ( La laguna del águila).

De Jane Kenyon (1947-1995) se publican en este volumen una selección de poemas que guardan, de una manera más o menos directa, relación con el entorno en el que están escritos, aunque casi podría decir que de puertas para adentro. Son todos ellos poemas traducidos por primera vez a nuestra lengua y por lo tanto, distintos de los que integran la magnífica antología que tradujo Hilario Barrero. Gracias a ambas selecciones podemos formarnos una idea cabal de la poética de Jane Kenyon, interrumpida por su temprana muerte en un momento de fecunda creatividad. Todos los pormenores relativos al lugar y a los lazos familiares que unen a Donald Hall con la granja están resumidos con precisión por Juan José Vélez Otero en éste y en los otros libros que he mencionado. En ellos también nos ofrece oportunos apuntes sobre su vida conyugal y sobre el desarrollo de las enfermedades que aquejaron a ambos, felizmente curadas en el caso de Hall y fatídicamente resueltas en el caso de Kenyon, por eso no voy a repetirlas, más allá de reproducir unos párrafos del propio Donald Hall que encabezan esta edición: «Esta casa se construyó en 1803. Mi bisabuelo se vino a vivir aquí con su familia en 1865 y fue añadiendo habitaciones para sus numerosos hijos. La última en nacer fue mi abuela Kate (1878-1975). Mi madre (1903-1994) se crió aquí y se trasladó a Connecticut cuando se casó. Allí me crié yo, pero me venía con mis abuelos a la granja todos los veranos y segaba el heno con mi abuelo. Para mí era el mejor sitio, el que más me gustaba. Jane y yo nos vinimos aquí en 1975 porque nos encantaba el sitio, la casa, la cultura y el paisaje».

Eagle Pond comienza con una selección de poemas de Jane Kenyon que describen el proceso de adaptación vital al nuevo espacio, a la nueva vida que se le presentaba, una selección que bien podría constituir un nuevo libro, gracias a la unidad temática y la ordenación casi cronológica de la experiencia narrada. Ya el primer poema, «Dejando la ciudad», escrito con un lenguaje sencillo, natural, descriptivo pero sin retórica ni apenas tropos literarios, va directo al grano: «Nos fuimos a finales de agosto. Regalé mis plantas, excepto unas pocas». La minuciosidad de esa descripción a la que aludo queda patente en muchos de estos versos: «Lleva puestos los zapatos rojos con tiras en el empeine./ Se abrochan con pequeños botones blancos como ojos de pescado» o «Es siempre el indigente,/ el que conduce un Dodge enorme y oxidado/ que quema aceite y debe costar/ veinticinco dólares llenarlo», por ejemplo. La casa fue, como he dicho, lugar de trabajo para ambos poetas: «Hoy, tu trabajas en tu escritorio,/ yo, en mi estudio»

Me llama la atención la aparente facilidad con la que enlaza el discurso. Da la impresión de que su mente funcionara por capas de sentido, frases, versos en la página, que avanzan sin dificultades, recogiendo una escena de aquí, de la realidad, otra de allí, del pasado, de la memoria y uniéndose en una correspondencia plagada de analogías, obviamente mucho más ricas cuanto más cercano se sienta el lector al mundo de Kenyon. Evoca momentos dichosos, de sus primeros años de matrimonio, del contacto con un paisaje natural casi intocado que le sirven para sacar a la luz sus propios paisajes interiores. Da la sensación que de la imaginación surge la idea, y no al revés. La relación amorosa, pero también la relación hombre-mujer y de poeta a poeta están presentes en estos versos: «Hoy, tú trabajas en tu escritorio,/ yo, en mi estudio. A veces/ estamos ocupados y en calma./ Desde donde estoy sentada puedo ver/ la vereda que hemos hecho en la alfombra». Este cambio repentino que pasa de un sereno monólogo a la descripción de un hecho aparentemente circunstancial —el desgaste de la alfombra por el lugar que sirve de paso— lo realiza Jane Kenyon de una forma natural, sin torniquetes semánticos, por eso me atrevo a calificar esta poesía como cercana a la metafísica de los hechos cotidianos. La autobiografía forma parte del proceso de creación poética, pero no es el único aspecto que la integra. Como he dicho, la imaginación, su grado de confianza en la voz que da forma a las ideas, la lucidez que le impide caer en el sentimentalismo, la ironía, pero también la emoción forman una estructura poemática personal que hace difícil rastrear las influencias mutuas que, sin duda, han debido producirse. La experiencia de la enfermedad está muy presente en estos poemas, pero nos atrevemos a decir que el tema de la muerte no es el epicentro. Hay poemas agridulces, en los que se mezclan sensaciones ambivalentes, como los dedicados al fallecimiento de su padre, «Hospitalizado» y «Viaje: después de una muerte», pero la propia muerte no es tratada de forma directa, quizá porque la certidumbre de una vida con fecha de caducidad convierte la existencia en una carrera de resistencia más que en un canto al hecho de seguir vivo (el poema «La esposa enferma», no incluido en esta selección puede ser uno de los más despiadados de su producción: «La esposa enferma permaneció en el coche/ mientras él hacía la compra./ Sin tener aún cincuenta años/ ha aprendido lo que es no poder/ abotonar un botón» [Trad. Hilario Barrero]). La riqueza léxica, que contribuye a acentuar la precisión, la ternura, la complicidad con la describe los detalles más insignificantes demuestran que Jane Kenyon confiaba, aunque, es verdad, con cierto escepticismo, en el poder salvífico del lenguaje, como expresa en estos versos «Creo en los milagros del arte pero, qué/ prodigio te mantendrá a salvo junto a mí», versos grabados en su tumba.

La segunda parte del libro está integrada por poemas de Donad Hall, compañero de Jane Kenyon y uno de los poetas vivos más importantes de las letras estadounidenses. Aunque, como he reseñado, se puedan percibir influencias mutuas entre ambos, la poesía de Hall se diversifica más en el entorno, es una poesía de visión contemplativa enraizada en el paisaje que les circunda, es una escritura de mirada hacia afuera, por supuesto, sin excluir el propio examen interior. «La poesía de Donald Hall —escribe Vélez Otero— explora la nostalgia por un pasado bucólico y refleja la afición que el poeta muestra por la naturaleza y por el uso de un lenguaje directo y sencillo que a veces se conjuga con una imaginería surrealista», aunque la selección de los poemas que integran este volumen se centre en aquellos aspectos que determinaron la vida en común. Poemas como «Pelota de tenis» o «El sonido del buque» son realmente conmovedores: «Todas las mañanas hacía mi ruta/ por pasillos, ascensores,/ y controles hasta la habitación de Jane…». No es fácil lidiar con la experiencia de la enfermedad y menos aún con la de la muerte. Muchos poetas fracasan en el intento de racionalizarla, pero creo que tanto Jane Kenyon como Donald Hall son un perfecto ejemplo de sobriedad, de entereza, de plantar cara a la realidad: «celebremos la lujuria/ aunque nos ronde la Muerte», escribe Hall. Escribir y sentir son cosas diferentes, pero la escritura aún nos sirve a los letraheridos para conjurar maleficios, para seguir viviendo. No evade de la realidad, no dulcifica los hechos, pero ayuda a sobrellevarlos, como ejemplifican, por citar a otras dos grandísimas poetas, estos poemas.

DENISE LEVERTOV

«Estabas en tu cama de hospital, tendida y

enamorada, con los odios

que te habían seguido como

la cola de un cometa, consumidos

igual que tus desastres nacidos del amor,

consumidos

mientras el dolor y las drogas

peleaban adentro tuyo como dos hermanas-

flotabas en un mar

de amor y de dolor…»

Trad. Sandra Toro

JO SHAPCOTT

Las Muertes

Pensé que conocía a mi muerte.

Pensé que se daría a conocer

con todos esos pequeños crujidos

y quejidos de los que se oye hablar,

que nos haríamos amigas y daríamos

nuestros paseos como dos borrachas

con ella parloteando dentro de mí

acerca de nódulos y arterias

y de su obsequio de dolor que sería

demasiado grande para envolverlo,

que en algún momento durante el cortejo

ella me podría ojitos y

yo implosionaría como un mango maduro.

Trad. Andrés Catalán

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