CASARIEGO

PEDRO CASARIEGO CÓRDOBA. «DRA». EDICIONES TANSONVILLE, 2015

Pocas editoriales en nuestro país pueden presumir de editar libros con el buen gusto, el esmero y la calidad con la que lo hace Eduardo Fraile, responsable de Ediciones Tansonville, una modesta editorial de provincias —está radicada en Valladolid— que mima cada libro que publica en todo su proceso, desde el diseño a la maquetación, pasando por la calidad del papel o la encuadernación, hecha a mano. Son libros como los que se hacían antes, y que ahora, en la época de la edición a la carta, cuesta mucho encontrar, entre otras cosas porque la rentabilidad es casi nula y son muy pocas las personas que están dispuestas a entregar su tiempo a una labor con escasa difusión y tan pocos beneficios —hablamos, claro, en términos estrictamente económicos—. Pero está claro que quien se aventura por estos andurriales anda sobrado de otras virtudes que poco tienen que ver con lo crematístico, entre las que se encuentra el amor por lo bien hecho, el gusto personal y la dedicación casi ultraísta. Sin estas premisas, resulta imposible sacar a la luz libros como este de Pedro Casariego Córdoba (a quien la editorial ya dedicara otros volúmenes como «La canción de Von Horne, «La risa de dios», «maquillaje», «La voz de Mallick» y «El hidroavión de K»), al que acompañan en esta aventura, entre otros, joyas como los dedicados a José Manuel Suárez, «oigo unos ojos», « Antimundo», de Ángel Guache o «Lámpara» de Luis Ángel Lobato. Las particularidades de estos libros son, por ejemplo, que su tirada se restringe a 333 ejemplares numerados y firmados por el autor más 29 no venales signados con las letras del abecedario, que el sistema de ventas se realiza por suscripción y que son libros encuadernados en tapa dura con sobrecubierta, de diseño sobrio, clásico, imperecedero.

Pedro Casariego Córdoba (1955-1993) pertenecía a esa estirpe de artistas inclasificables que simultaneaba diferentes disciplinas artísticas porque, para él, todas pertenecían a un tronco común. Caer en la vacuidad de las nomenclaturas era como ponerle puertas al campo, un intento ridículo de mermar el libre albedrío, de limitar la voz irracional de la conciencia. Agustín García Calvo, en el prólogo que escribió para la reedición de La vida puede ser una lata (2013), decía que «Pedro Casariego Córdoba no solo fue un poeta y artista excepcional, una “rara avis” de su tiempo (no en vano fue incluido en la antología Ocho poetas raros de Árdora ediciones, 1992), también es una figura que sigue hablándonos en presente, por lo que su reivindicación es un movimiento de sinceramiento con nosotros mismos —y con nuestro pasado en una época donde todo puede y debe ser cuestionado—, para que lo esencial tome el protagonismo que las veleidades y grandilocuencias de épocas pasadas nos han estado ocultando». Escribió Dra en 1986 (edición privada de 1993). Su protagonista es el finlandés Paivarinta, un personaje que «tiene la tripa fría/ el cerebro pequeño/ los codos oscuros / los ojos secos/ la destreza en otro país». Los rasgos de humor, la ironía (vive en un octavo piso de un edificio de seis plantas), las contradicciones abundan en la descripción de este garañón insaciable del cual se detallan aventuras y escarceos eróticos con una frescura y un desparpajo envidiables. No rehúye Casariego Córdoba el discurso narrativo lógico, pero tampoco hace ascos, como delatan versos como éstos, a la veta irracional: «Mis respetuosos siervos/ cargaron de diccionarios/ las claras basílicas rodantes/ en las que yo había pedido torpemente/ que mi mujer no me repudiara», lo que no hace más que enriquecer la historia que describe, porque, al fin y al cabo, los poemas de Casariego son como fragmentos o capítulos de una ficción que se van encadenando de forma más o menos cronológica y que tiene por objeto la construcción de una identidad ilusoria, aunque como ocurre a menudo, lo fabuloso, lo inventado, lo novelesco forme parte de la realidad más acuciante. La portentosa imaginación de nuestro poeta se vio truncada con su prematura muerte, sin llegar a cumplir cuarenta años. No es preciso especular sobre las obras que una más larga vida hubiera fecundado —además, según todos los indicios dejó de escribir en 1986— porque tenemos suficientes motivos para saber por qué bosques de palabras y símbolos se internaba y porque la feliz recuperación de su obra es constante desde su fallecimiento (su obra se reunió en Poemas encadenados. 1977-1987), algo de lo que debemos alegrarnos sus coetáneos. Esta recuperación nos permite corroborar la vigencia de una poética sin edad, siempre al día gracias al temperamento iconoclasta del autor y facilita a los nuevos lectores una excusa magnífica para descubrir otra forma de escritura, de hacer arte ajena a lo convencional, a los dictados mercantilistas. De otra forma, su poesía no hubiera encontrado la fidelidad de un editor tan selecto como el poeta Eduardo Fraile. «Hay demasiados poetas. Cada vez más. Hay tantos poetas como roedores. Por eso la poesía se vende poco. Ahora me refiero a la poesía escrita. Los que escribimos poesía solemos ser bastante blandengues. Un buen poema quizá sea el lado valiente de un cobarde. O la bala de un sentimental. O la belleza de un imbécil. El trabajo de un escritor consiste en boxear con el abecedario para conseguir un amor, o más de uno, un cheque tan mágico como una alfombra, y un gramo de gloria que sirva para no oler a sudor» decía Pedro Casariego Córdoba en una entrevista de 1988 y puede que tuviera razón, pero lo que sí sabemos con certeza es que poetas de su estirpe no han abundado ni entonces ni ahora, y eso conviene no olvidarlo.

 

 

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