RAFAEL MARÍN. MIRADA LEÍDA. COLECCIÓN JARDÍN CERRADO. LIBROS DEL AIRE, 2105

Las diferencias entre el poema visual y el collage no están suficientemente definidas, ni creo que sea necesario hacerlo, salvo cuando existe un afán meramente sistematizador o pedagógico, sin embargo, nosotros, como espectadores —y lectores— no necesitamos subordinar la mirada a prejuicios didácticos, miramos, o deberíamos mirar, sin anteojos metodológicos con el único fin de disfrutar de la obra que se nos muestra, y es que en un libro como Mirada leída, recientemente publicado por Rafael Marín, la forma de mirar, la manera de percibir resulta fundamental para extraer el sentido de lo que la página muestra. Lo mismo da que se trate de poemas tachados —José Miguel Ullán, en lo que denominó agrafismos, hizo algo similar y los poetas Enrique Cabezón o Alberto Muñoz lo practican actualmente con verdadero acierto—, de imágenes contextualizadas en otro ámbito y, por ende, depositarias de otros sentidos, de frases nominales y juegos de palabras —las palabras islas de Felipe Boso no están lejos, como tampoco resulta extraña la relación con la obra de Isidro Valcárcel Medina—, de correspondencias inusuales, cualquiera de estas herramientas busca la complicidad del lector/espectador para encontrar un sentido que el autor sólo sugiere. Lo de menos son los procedimientos empleados. Importa si es captado el mensaje y la ironía implícita, el erotismo, el juego metalingüístico, la denuncia social, la duda metafísica o cualquier otro aspecto más o menos evidente que atesora, conscientemente o de forma velada, porque, a la postre, la finalidad de estos poemas no es distinta de lo que llamamos poesía discursiva, esto es, la indagación sobre la propia conciencia y sobre la realidad que nos rodea en primer término, sin obviar la parte de arbitrariedad, de azar que determina el devenir personal. No es diferente este planteamiento al de artista en general, al del poeta o al del pintor. La diferencia estriba entonces en el método, en el procedimiento para alcanzar la meta, para construir la propia identidad. La relación entre disciplinas, aunque ha existido desde siempre, se ha hecho más prolífica desde la irrupción de las vanguardias en las primeras décadas del pasado siglo. Fueron algunos de los ismos (el dadaísmo, el futurismo, el ultraísmo, etc.) surgidos entonces los que abrieron las fronteras de los géneros proporcionando absoluta libertad para entrecruzar lo que hasta entonces se consideraba patrimonio de cada una de ellas. Una exposición realizada el pasado año en el Círculo de Bellas artes madrileño bajo el título de Escritura experimental en España, 1963-1983, procedente de los fondos del Archivo Lafuente, mostraba la riqueza y singularidad de la poesía visual española en la segunda mitad del siglo pasado, en la que, por la acotación temporal a la que estaba suscrita, faltaban nombres que hoy nos parecen imprescindibles, como Chema Madoz, Antonio Gómez, José Luis Jover o el autor del prólogo a este libro, Alfonso López Gradolí, infatigable defensor de esta propuesta estética y compilador de la imprescindible Poesía experimental española. Antología incompleta, publicada por Calambur en 2012.

Rafael Marín (1955), además de una rigurosa trayectoria editorial integrada por los libros La Tela de Araña (Barcelona, 1980), Poemass Media (Barcelona, 1984), Poemas (Buenos Aires, 1995), El Diseñador del Laberinto (Albacete, 2002), Sonetos Experimentales (Valladolid, 2005) —además del que motiva este comentario— ha realizado numerosas exposiciones individuales de poesía visual como Naipes Marcados (1983-84), Museo de Poesía Visual (1999) o Antología. Veinte años de Poesía Visual (2004) y colectivas. Es, por tanto, una de las voces más significativas en este ámbito todavía marginado cuando no menospreciado por tirios y troyanos, como sucede a menudo con lo que rompe moldes y no se sujeta a férreos dictados de orden estético. Pasar las páginas por Mirada leída es un estimulo fundamentalmente para la vista, aunque lo sea también para el resto de los sentidos, porque, como escribe John Berger, «La vista es la que establece nuestro lugar en el mundo circundante; explicamos ese mundo con palabras, pero las palabras nunca pueden anular el hecho de que estamos rodeados por él».

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