JOSÉ FÉLIX OLALLA. MÁS AMOR SI MÁS HUBIERA. COLECCIÓN BAÑOS DEL CARMEN. EDICIONES VITRUBIO, 2014

Hace unos años, tres o cuatro a lo sumo, Litoral, la revista más hermosa de las letras españolas, publicó un número dedicado a las relaciones entre ciencia y poesía que tituló «Ciencia y poesía. Vasos comunicantes». La nómina de colaboradores, poetas, pensadores y científicos, era extensa, más de ciento sesenta, y suficientemente demostrativa: Federico Mayor Zaragoza, Carlos Briones, Eduardo Chirinos, Juan Antonio González Iglesias, Francisco Fortuny y César Nombela, entre otros. Uno de estos colaboradores, Agustín Fernández Mallo, desde su doble condición de físico y escritor, escribió una reflexión absolutamente esclarecedora: «Las relaciones entre poesía y ciencia siempre han existido, pero hay una conciencia de corte clásico-humanista que, paradójicamente, ha tendido a separarlas a fin de crear el mito de que una cosa es lo factual y otra lo estético. Pero es que en toda ciencia hay una aliento estético y en todo arte hay técnica, y no es posible separarlos sin degradación de la obra final». Por otra parte, un magnífico poeta y estudioso de las religiones como Jesús Aguado afirma que «la ciencia y la poesía sólo han comenzado a mirarse de reojo de unos siglos, pocos, a esta parte. Pero desde el principio se cogieron de la mano para no pasar demasiado miedo en su andadura por el Universo. En esos lejanos tiempos la ciencia sabía que la poesía acertaba más veces a la hora de nombrar el misterio, y la poesía confiaba en la capacidad de la ciencia para poner lo misterioso a trabajar en favor del progreso». Son dos variaciones sobre el mismo tema que, en cualquier caso, inciden esa dedicación ambivalente que cuenta con unos precedentes de la talla de Goethe, de Raymond Queneau, de Hans Magnus Enzensberger o Le Corbusier, por citar sólo unos ejemplos. Sirva este preámbulo para hablar de José Félix Olalla, un poeta nacido en Madrid, en 1956, licenciado en Farmacia por la Universidad Complutense en 1979. Desde entonces ha desempeñado puestos de responsabilidad tanto en la Administración Sanitaria del Estado como en la empresa privada y ha ejercido como presidente de AEFLA (Asociación Española de Farmacéuticos de Letras y Artes desde 2003 hasta marzo del presente año, es decir, Olalla ha sabido conjugar sus intereses y deberes profesionales con su pasión por las artes y las letras, fundamentalmente la poesía. Así, su obra poética ha ido paralela a su evolución profesional: Ciudad pasajera. Barcelona, La Mano en el cajón (1981); Doble luna de Marte (1985), Colección Adonais. Madrid; Los pies del mensajero. Madrid, Arbolé. (1991); En el tiempo intermedio (1994). Vigo, Ediciones Cardeñoso; Después de nosotros. Barcelona, Seuba Ediciones (1997); Colección particular. Madrid, Arte Infantas (2002); Canon de Medicina. Córdoba. Ateneo de Córdoba (2006); Cerca de tu memoria, Madrid, Gatoverde Editores (2007), Los signos del pentagrama (2010) y el título más reciente, Más amor si más hubiera. Madrid, publicado por Ediciones Vitruvio hace unos meses, cuyo título hace referencia a un verso del poeta y músico prerenacentista Juan de Fermoselle, más conocido como Juan del Encina.

La poesía de Olalla es una poesía muy atenta a la actualidad, no hay más que recordar, por ejemplo, su poema «Muere un yonqui en Madrid» o «Como una sombra gigantesca», en el que se combina el dato culturalista —Diana, Éfeso, Sócrates— con el apartheid, la guerra fría o el hambre en la India. Creo que esta conjunción de elementos en apariencia contrapuestos es una de las constantes en su obra, una obra impregnada de intimismo y de religiosidad, vista ésta como la savia que alimenta al ser humano, como único modo de acercarse a la Verdad con mayúsculas, por eso sus poemas parecen más una conversación pausada y reflexiva que un desahogo emocional. No podemos dejar de mencionar que en los poemas de José Félix Olalla se desarrolla un combate interior que determina la identidad y, por ende, la biografía de nuestro autor. Él mismo ha dicho que «para mí es una aventura estética y comunicadora de un contenido especial. Entre un sentimiento de amor que uno tiene y una elucubración sobre el amor, la diferencia es infinita. La poesía intenta a partir de las metáforas y de las imágenes comunicar un contenido especial; el de las vivencias». Tampoco podemos obviar la presencia constante del amor, un amor divino, pero también humano, un amor que, como escribía Dante, «move il sole e l’altre stelle». No tenemos más que recordar el título de su último libro, Más amor si más hubiera, libro que está encabezado por sendas citas de Juan del Encina, de Salvador de Madariega y de José Luis Hidalgo, poeta que, a pesar de su temprana muerte, a los 27 años, mantiene una presencia constante entre los lectores de poesía, sobre todo gracias a Los muertos, un título esencial en la poesía española del pasado siglo.

Cuatro son los poemas en las que está divido Más amor si más hubiera, poemas divididos a su vez en varias capítulos. En el primero de ellos, «Cocción de los panes primeros» una claridad primigenia que da nombre con su luz a las cosas se mezcla con los recuerdos de la infancia. Esa luz proviene, para José Félix Olalla, de una fe cierta y concluyente: «Ya es tiempo de encontrarte y miro desde lejos/ los cirios estremecidos y las flores recientes./ Voy entrando en el templo/ y el silencio confía su secreto/ a los ángeles tenantes, a los apóstoles/ que sostienen el espejo del brocal/ en el que miedos, desaires y agobios/ descifraron su secreto, quedaron apartados». El segundo poema, «El lavadero de Siloé», subdivido también en varios apartados, en los que el poeta defiende el reencuentro con la naturaleza como forma de autenticidad del ser, como salvaguarda de la esencia primigenia: «restablece tu vínculo con la tierra,/ acalla las muchas palabras que te sobran/ y ponte a mirar con atención/ para percibir el movimiento del cosmos». La presencia de Dios, de lo sobrenatural, de lo intangible tutela las incertidumbres de la existencia: «Buscamos a Dios y hemos visto una ausencia,/ los velos de quien se oculta en el monte,/ la señal que quedó reflejada en la piedra» y forja la trama de estos versos en los que la búsqueda de lo desconocido y la relación del hombre con lo divino a través de la cotidianidad se trasmutan en un canto de agradecimiento, en una realidad celebrativa que se desarrolla, si cabe, con más entusiasmo en los dos poemas finales. Sin renunciar a una mirada renuente hacia ciertos aspectos del mundo en el que vivimos, José Félix Olalla trasmite en sus versos una serenidad y un optimismo reconfortantes, por eso, escribe: «Voy a celebrar cada mañana/ la luz precisa y limpia que para mí abre el día,/ desnuda igual que una costumbre». El vuelo de la celebración sigue tomando altura.

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