RAFAEL OSUNA. REVISTAS DE ALTOLAGUIRRE EN CUBA Y MÉXICO. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2015

Poco investigadores han dedicado tanto tiempo y esfuerzo al estudio de las revistas literarias como el profesor emérito de la Duke University Rafael Osuna, como lo demuestran algunos títulos de su extensísima nómina de ensayos y trabajos de investigación, una relación de la que no me resisto a reseñar algunas de las obras más relevantes sobre el asunto que hoy nos interesa, el de las revistas, por ejemplo, Pablo Neruda y Nancy Cunard: (Les poètes du monde défendent le peuple espagnol) del ya lejano 1987, Las revistas españolas entre dos dictaduras (1931-1939) de 1986, Tiempo, materia y texto. Una reflexión sobre la revista literaria (1998), Las revistas del 27, Litoral, Verso y prosa, Carmen, Gallo (1993), Las revistas literarias: Un estudio introductorio, publicado por la Universidad de Cádiz en 2004, Revistas de la Vanguardia española (2005), Hemeroteca literaria española (1924-1931) en 2007 hasta llegar al libro objeto de este comentario, Revistas de Altolaguirre en Cuba y México, publicado, como gran parte de su obra, en la editorial Renacimiento, que ha contado con el apoyo del Centro Cultural Generación del 27. Pero Rafael Osuna es autor, además, de numerosos trabajos sobre literatura española desde el Siglo de Oro —Góngora, Cervantes, Lope, Calderón has sido objeto de su estudio— hasta nuestros días y de una obra de creación entre la que se encuentran varios libros de poesía, un conjunto de relatos, versiones del francés y el inglés y la novela Nuestro oficio es amar.

Tras la derrota en la Guerra Civil, miles de españoles fieles a la España surgida del advenimiento de la II República en 1931 y, entre ellos, escritores, artistas, científicos, políticos e intelectuales, se vieron obligados a reiniciar su vida en los distintos países de acogida. Éste fue también el caso de Manuel Altolaguirre (1905-1959) —acompañado por Concha Méndez, su mujer, y por Paloma, su hija— que continuaría su labor como impresor y editor al otro lado del Atlántico, en Cuba y, posteriormente, en México. «Las revistas que se tratan en nuestro libro fueron fundadas y dirigidas por él —Atentamente, La Verónica [nombre, además, de su imprenta], Antología de España en el recuerdo—, pero otras reconocen sólo su papel de impresor —Espuela de plata, Nuestra España, Danza, Libros cubanos y Revista de la Habana— y otra, la Litoral mexicana, su función fundadora, directora y colaboradora como parte de un grupo», escribe Osuna, que realiza a lo largo de estas páginas un pormenorizado recorrido por las diferentes empresas literarias en las que involucro un inquieto Altolaguirre, necesitado, además, de un medio de subsistencia, por precario que fuere, para él y su familia. «Manuel Altolaguirre laboraba en su taller componiendo, imprimiendo y ¿encuadernando? Esas tres revistas, escribe Osuna, —oficio de operario incitado sin duda por intereses comerciales pero no desligado en ningún caso de su vocación española literaria y republicana—, al mismo tiempo componía e imprimía docenas de libros de poetas y escritores de toda especie y origen, incluyendo los suyos y los de Concha Méndez, junto a otros de curiosidad literaria nula o escasa». Su experiencia como tipógrafo y editor en sus años españoles fue determinante para dar forma a proyectos ya puestos en marcha y para embarcarse en otros de su propia mano. La complejidad de las relaciones con los poetas hispanoamericanos y con otros españoles transterrados marcará la trayectoria y el destino de muchos de estos proyectos editoriales, condenados por su propia esencia, a la fugacidad, a la desaparición prematura.

Avatares sentimentales llevaron a Altolaguirre a México. Allí retomó el contacto con antiguos amigos como Emilio Prados, Juan Rejano o José Moreno Villa, lo que supuso la efímera resurrección de la revista malagueña Litoral, que «sólo tres números, el primero en julio de 1944, el segundo en septiembre y otro, emparedado entre los dos, en agosto de ese año, que fue un homenaje a Díaz-Canedo». Bajo esta cabecera, sus promotores quisieron publicar una colección de libros, pero sólo aparecieron Poemas de las islas invitadas de Altolaguirre y El Genil y los olivos de Rejano, ambos en 1944, y una edición del Cántico guilleano, en 1945. El volumen se complementa con un jugosísimo apéndice gráfico en el que se reproducen las cubiertas de la mayor parte de las revistas (echamos en falta especialmente la de Atentamente). No hay mejor testimonio que éste para comprobar el excelente diseño y la cuidada tipografía de la que hacían gala sus ediciones. Todo lo que salía de sus manos poesía su inconfundible sello. Manuel Altolaguirre acabó dedicándose a proyectos cinematográficos gracias al apoyo económico de su segunda mujer, María Luis Gómez Mena, pero su carrera se vio brutalmente truncada en 1959, cuando sufrió un accidente automovilístico que le costó la vida. Fue en la provincia de Burgos y había asistido al Festival de Cine de San Sebastián. No deja de ser una curiosidad más del siempre impredecible destino.

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