AITOR FRANCOS. LAS DIMESIONES DEL TEATRO. COL. TIERRA. EDITORIAL ISLA DE SILTOLÁ. 2015

Si partimos del hecho, comúnmente aceptado, de que cada obra es una anomalía, es una tentativa de dar nombre a la incertidumbre, convendremos que Aitor Francos (Bilbao, 1986) —licenciado en Medicina por la Universidad del País Vasco— manifiesta una envidiable persistencia en resolver éste conflicto, y lo hace desde el núcleo mismo del enigma, desde un cuestionamiento del propio lenguaje, la dúctil herramienta que tiene a su disposición para llenar los vacíos de la existencia, para analizar la manera de enfrentarse a la realidad, como demuestran los libros Igloo (Renacimiento, 2011), Premio Surcos de Poesía, Un lugar en el que nunca he escrito (Renacimiento, 2013), Libro de las invitaciones (Ed. Baile del sol, 2013), la plaquette Ahora el que se va soy yo (Ed. 4 de agosto, 2014) y Las dimensiones del teatro (Isla de Siltolá, 2015), el libro que hoy presentamos. Es, además de poeta, un perspicaz analista de la actividad poética actual. Colabora habitualmente en diferentes revistas ejerciendo la crítica literaria como Quimera, Estación Poesía, El Cuaderno, Zurgai, en las cuales frecuentemente publica también su obra en marcha. Ha sido antologado en Tenían 20 años y estaban locos, una antología compilada por Luna Miguel y publicada por la editorial La bella Varsovia en 2011.

La lectura de Las dimensiones del teatro me trajo a la memoria de inmediato unas reflexiones del actor mexicano Gabino Rodríguez recogidas en el libro Autobiografía de mi generación de Pablo Fidalgo: «En el teatro autobiográfico al coincidir el sujeto de la narración y el narrador en una misma persona y en un mismo espacio, asistimos a un ejercicio de responsabilidad y supuesta sinceridad, en el que la persona se expone y nos cuenta su verdad. Parcial pero responsable. Pequeña e inmensa el mismo tiempo. El teatro autobiográfico se ha vuelto el refugio de las buenas intenciones», reflexiones que, como constatará el futuro lector, son del todo pertinentes para vislumbrar la esencia de este libro, libro que está dividido en tres partes: «El lenguaje del mundo», en la que Wittgenstein está muy presente, «Los cartógrafos», encabezado por una cita del gran Roberto Juarroz y «Las falsificaciones», que apadrinan Borges y Pessoa. Estamos hablando de un libro extenso, torrencial, en el que el poeta intenta no dejar en el tintero ningún resquicio de su experiencia —tal vez porque para el poeta «Poesía es cualquier lugar en el que tenga que comprarme un paraguas/ en contra de mi voluntad»—, una experiencia en la que tienen cabida los sucesos íntimos, pero también el variadísimo acervo cultural del que Aitor Francos puede, sin duda, presumir, porque se nota a la legua que es un poeta culto, un poeta que lee (aunque decir esto les suene a perogrullada, puedo asegurarles que no lo es), un poeta que no renuncia a los guiños que una tradición tanto multidisciplinar —la poesía, pero también el cine, el mito o la historia forman parte de ella— como heterogénea —en lo que se refiere a la poesía, esta heterogeneidad se transparenta en las diferentes corrientes estéticas que sirven de soporte a los poemas— cuyos atributos pueda ofrecerle. Yo creo que para describir la poesía de Aitor Francos vienen muy a cuento estos consejos del poeta Lawrence Ferlinghetti: «Tienes que desarrollar una visión amplia, cada mirada un atisbo del mundo. Expresa la vasta claridad del mundo exterior, el sol que nos ve a todos, la luna que derrama sus sombras sobre nosotros, los quietos estanques en los jardines, sauces donde canta el oculto zorzal, el atardecer que cae sobre las riberas del río, y los grandes espacios que se abren hacia el horizonte sobre el mar… la alta marea y el canto de la garza real… Y la gente, sí, la gente, en toda la tierra, hablando las lenguas de Babel. A todas ellas dales una voz». La poesía de nuestro autor es de carácter narrativo y en esa narratividad se desarrolla un argumento conceptual fronterizo, porque transita por las sendas de lo real, pero también camina a tientas por el mundo de lo misterioso, acaso porque «los ojos miran hacia dentro queriendo comprender qué es lo que los ciega,/ invadiendo el territorio de la mirada sin transparencia».

A pesar de que son varias las líneas de fuerza que sostienen en equilibro este libro, creo que la vinculación del poeta con el poema, las reflexiones sobre la escritura y sobre cómo las palabras filtran las sensaciones para darles finalmente cuerpo en la página, el diálogo que se establece entre el lenguaje y aquello que es nombrado por éste son los vectores más significativos. Basten para ejemplificarlo unos versos entresacados de algunos de sus poemas: «¿Y si un poema/ pudiera deformar la realidad,/ curvarse bajo el peso de la literatura antigua,/ filtrarse por sus poros y sustituirla lentamente?», del poema «Morgue» o estos del poema «Voyage autour de ma chambre»:«Yo escribo por necesidades fisiológicas, para no acabar sufriendo una evaporación. Escribir es limpiar la casa, sanear y exfoliar los pelos de gato y las células muertas del edredón./ Escribo/ para apoyar el cuerpo en la pared de la muerte. Hago así distinción de esto y de aquello,/ esto y yo, yo y yo. Lo anónimo y yo.»

No hace mucho tuve la oportunidad de comentar su libro Un lugar en el que nunca he escrito. En dicho comentario me preguntaba qué había cambiado en la poesía de Aitor Francos en los años transcurridos desde la publicación de Igloo en 2011. «Da la impresión —decía yo entonces— de que el poeta es ahora más consciente de los riesgos de quebrantar las normas clásicas, o quizá teme que su instinto poético se desboque y, para domesticarlo, encuentre que la mejor solución es recurrir a lo que, podríamos llamar, la brida de la forma, aunque esta necesidad se me antoja más útil para aquellos poetas que viven enfebrecidos por una inspiración sin freno que desemboca en verbalismos irracionales, más que para un poeta que controla a la perfección el énfasis, contenido y conocedor del oficio como es Aitor Francos». Pues bien, creo que ha llegado el momento de desdecirme, porque el poeta, en otra vuelta de tuerca, ha roto con esa contención que yo resaltaba anteriormente y ha dejado que el discurso fluya caudalosamente, aunque, por seguir con la analogía hidrográfica, en su descenso ese caudal no esté exento de abruptos desniveles, de diques, de esclusas o de cascadas. ¿Qué quiero decir con esto? Sencillamente que en estos poemas, a pesar de esa narratividad que hemos señalado, no siempre el discurso es sucesivo, encadenado. Se producen frecuentemente saltos temporales, malabarismos semánticos, paralogismos que nos desconciertan. Quizá por esa causa el poeta se ampara en una nómina de mentores excepcional que va desde el autor de Walden, Thoreau, a Chejov, Robert Desnos, Virginia Woolf o Thomas Mann, aunque, sin duda, son Sylvia Plath y Fernando Pessoa las sombras tutelares de la escritura. La primera como símbolo del compromiso vital con la escritura y el segundo como ejemplo de los conflictos de identidad que anidan en la mente del poeta. La alteridad, la otredad es también una forma de suicidio, porque uno trata de desaparecer para encarnarse en otro ser, renunciando a quien se es. Las dimensiones del teatro es un libro que obliga al lector a comprometerse firmemente, un lector con una brújula para orientarse en la exuberante selva de las palabras, un lector que sea capaz de liberar «al folio de lo que no termina:/ el de la línea discontinua/ y el del círculo abierto».

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