HAROLD BLOOM. POEMAS Y POETAS. EL CANON DE LA POESÍA. TRADUCCIÓN DE ANTONIO RIVERO TARAVILLO. EDITORIAL PÁGINAS DE ESPUMA 2015

Lo peor que uno puede hacer al leer un libro como éste es tomar al pie de la letra sus conclusiones. Harold Bloom ha demostrado sobradas veces su calidad como ensayista, su conocimiento de la poesía —fundamentalmente la escrita en lengua inglesa, respecto de otras tradiciones lingüísticas occidentales sus conocimientos dejan mucho que desear—, su vasta erudición, su magisterio crítico, pero también es notorio su afán de exhibicionismo, su arbitrariedad, su particular manera de defender el canon, arrimando el ascua a su sardina y obviando cualquier asunto que refute su argumentación. No cabe duda de que su bagaje sociocultural es inmenso, pero tampoco que muchos de sus juicios se sustentan en hilos de dudosa resistencia. Además, su sintaxis —por otra parte traducida con esmero y solvencia por el poeta Antonio Rivero Taravillo— no siempre permite traslucir la coherencia de un discurso que, a veces, el lector sólo acierta a intuir. No sólo se soslayan habitualmente referencias ineludibles para una correcta comprensión de sus teorías sino que el discurso carece de la necesaria narratividad que lo articule. El carácter, en muchas ocasiones, telegramático de sus alegaciones hurta tanto el desarrollo de la idea como su refutación. Da la sensación, en estos casos, de que el texto es producto de un encargo académico, más que resultado de valoraciones de carácter estético.

La conformidad o la discrepancia con la lista de poetas que integran su canon es harina de otro costal. Como toda selección, tendrá detractores y defensores, Personalmente creo que la mayor equivocación del libro no son los poetas seleccionados, de innegable representatividad en la mayoría de los casos, sino el epígrafe bajo el que está realizada la selección: «El canon de la poesía». ¿Qué tipo poesía?, ¿Cuáles son los criterios adoptados?, podríamos preguntarle al autor. Por todos es sabido que muchas tradiciones literarias deliberadamente ignoradas en este libro poseen poetas de tanta o mayor magnitud estética que una gran parte de los aquí seleccionados. La «Nota a la edición» tarta de subsanar estas carencias, pero el argumento no acaba de convencerme: «Harold Bloom presta aquí atención, predominantemente, a autores de letra inglesa, de ahí las ausencias que el lector pueda advertir. Además, hay algunos poetas muy importantes que Bloom decidió no incluir en este volumen, aparte de las razones de espacio, porque ya les ha dedicado monografías individuales o porque han sido incluidos en el tomo correspondiente dedicado a la épica». Harold Bloom está afiliado a la polémica. Él lo sabe y éste es uno de los atractivos de este libro, acaso porque, como decía Heidegger, «Quien tiene grandes pensamientos también ha de tener grandes errores».

Sin embargo, si dejar de tener en consideración estas objeciones—menores, si las comparamos con todo lo que aporta el libro—, he de reconocer que Poemas y poetas muestra un centón de magníficas ideas, algunas realmente originales, sobre las influencias literarias, sobre literatura comparada y sobre algunos de los más de cincuenta poetas seleccionados, entre los que sólo encontramos un ruso, un italiano, tres franceses y dos hispanoamericanos, Neruda y Octavio Paz, de quien, por cierto, no dice una palabra sobre su poesía. Se limita a hablar fundamentalmente de El laberinto de la soledad —no le duelen prendas en calificar este enjundioso ensayo sobre la mexicanidad que el propio Paz definió como «un libro de crítica social, política e psicológica» como «un poema en prosa de doscientas páginas») y Sor Juana o las trampas de la fe. Curiosa manera de establecer un canon poético.

Respecto de la selección de poetas en lengua inglesa, amplia en principio, pero exigua para el periodo de tiempo tan dilatado que abarca, delata, sin lugar a dudas, las preferencias de Bloom, no sólo por las enormes diferencias de espacio que dedica a unos poetas y otros — sobre algunos, es el caso de John Donne, de Shelley, Robert Browning, de Stevens, de Ashbery o de Jay Wright, escribe decenas de páginas, desmenuza sus poemas, establece relaciones, justifica sus juicios. Otros, sin embargo, son ninguneados, despachados con cuatro o cinco párrafos de compromiso, realmente muy poco esclarecedores o, como es el caso de Robert Lowell —auténtica bestia negra del autor—. Christina Rossetti,Paul Laurence Dunbar o Gwendolyn Brooks son buenos ejemplos de esto último— sino por el desequilibrado grado de indagación, de penetración y de análisis. Con todo, creo que libros como éste contribuyen a crear un caldo de cultivo para que la crítica en general, y la poética en particular, adquieran la relevancia que merecen y no sean relegados a los estantes más recónditos de las librerías. Aparte de la sana polémica que genera, polémica que provoca que rivalice con la novela o con las biografías en las mesas de novedades, un libro como Poemas y poetas. El canon de la poesía es absolutamente necesario en la biblioteca de todo lector de poesía porque está lleno de erudición, de pesquisas, de impresiones sobre algunos de los mejores poetas de todos los tiempos, por eso hay que felicitar a los editores —y al traductor, por su ciclópea labor— y agradecerles su valentía y su generosidad.

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