FRÉDÉRIC BOYER. EN MI PRADERA. TRADUCCIÓN DE ERNESTO KAVI. POESÍA SEXTO PISO, 2015

La pradera de Boyer es un espacio mítico, virginal, primitivo que nos recuerda mucho a los territorios que describe Thoreau en sus libros, sobre todo en Walden, tal vez el más naturalista de todos ellos. Como éste, también Boyer habita una cabaña :«tengo una cabaña/ de verdes ramas/ en mi pradera». La búsqueda de un espacio incorrupto, no colonizado aún por la sociedad industrial se simboliza en esa pradera por la que corren manadas de búfalos, tribus de indios, emigrantes, colonos aventureros en busca de una tierra donde labrar su futuro, unos colonos que descienden de aquellos que navegaron en el Mayflower y atrevesaron el océano para encallar en la costa de Massachusetts. «En mi pradera por fin el cielo está vacío como una confesión», escribe Frédéric Boyer, un cielo vacío, no corrompido por nuevas creencias es acaso lo que buscaban en el otro mundo los puritanos ingleses que arribaron en 1620 a Plymouth. Reconstruir esta pradera no deja de ser un intento de regresar al paraíso, lugar éste enaltecido en la memoria, quizá, o acaso, gracias al paso de los años. No es país para viejos es el título de una asfixiante novela de Corman McCarthy llevada al cine por los hermanos Coen y esa parece ser también la idea de Boyer. La vejez, la decrepitud no tienen cabida en un lugar como la pradera, suspendido en el tiempo, porque en ella— dice Boyer— «existe todo lo que yo no he sido». Algo así podemos deducir de estos versos de Rilke (autor del que se acaba de reeditar en esta misma colección su libro Elegías de Duino) : «Cuando seas viejo cambia de nombre/ y empieza de nuevo, sin esperar a que te reconozcan».

Pero en esta pradera estaban establecidos de antiguo sus viejos pobladores, tribus indígenas que poco pudieron hacer ante la avaricia ,las malas artes del hombre blanco y sus implacables métodos de exterminio (las lecturas de Fenimore Cooper no son ajenas a este protagonismo). La conciencia del fracaso, la imposibilidad de oponer resistencia, la humillación de la derrota queda, a mi parecer, expuesta en estos versos de manera contundente :«No es un espectáculo mi pradera. No es un país para viejos. Ni monumentos por contemplar ni calles por atravesar. Sino la cabellera de un gerrero. Sino la piel tatuada de una mujer. Oh, mi pradera. ¿Dónde estás ?// Mi pradera está expuesta a desaparecer… Viejo Sueño humano donde corre un arroyo con sangre nervios y esperanzas derrotadas. Soles y cantos crecren// cuando los sureños de cada colono enrojecen la sangre/ y la ficción/ de mi pradera», aunque, a veces, el tono salmódico, imprecatorio en ocasiones, se vea matizado por efusiones líricas que sirven más que como impugnación de lo escrito, como un contrapeso, acaso para limar los perfiles de la cotidianidad. Allí donde lo real encuentra el límite, la fantasía, el deseo debe traspasarlo : «Hago que mi caballo vuele/-mirad/ Hago que mi corazón se libere// en mi pradera».

El autor, un nuevo Ulises, regresa a la pradera de su infancia porque «Es necesario/ volver a encontrarte/ para renovar/ la herida». Ha construido un refugio con el fiel de su imaginación, con las herramientas del lenguaje, por esa razón ,este espacio escapa a los liímites y fronteras de lo real, lo habitan seres que moldearon su destino en una infancia aún no corrompida por la tecnología y las leyes financieras. ¿En qué otro lugar que no sean las palabras, el poema, puede sobrevivir un espacio como éste, tan puro? Creo que en pleno siglo XXI, sólo con la imaginación poética puede el hombre oponer alguna resistencia y este libro es una buena muestra de ello.

Frédéric Boyer nació en 1961 en Cannes. Es escritor, traductor, dramaturgo y editor. Ha publicado más de una treintena de libros todos publicados por POL ediciones: novelas, ensayos, poemas y traducciones como Consuelo (1991), El dios que había muerto tan joven (1995). Niños (2000), Vivir pobres (2003), Vacas (2008), Orfeo (2009), Técnicas de amor (2010) o este En mi pradera, publicado en 2014. Ha recibido premios como Prix du Livre inter en 1993 por su libro Des choses idiotes et douces y el premio Jules Janin de l’Académie française por su traducción de las Confesiones de san Augustín ( Les Aveux , POL 2008).

La editorial Sexto Piso, en su colección de poesía, está haciendo una valiosa apuesta. Su catálogo no puede dejar indiferente al buen lector de poesía porque en él se encuentra nombres muy poco frecuentes en nuestras letras, pero imprescindibles en las letras europeas. A Frédéric Boyer le han precedido autoras como Inger Christensen, Amelia Rosselli o Clarisse Nicoïdski. No podemos más que agradecer este esfuerzo editorial y rogar porque el lector sepa recompensarlo.

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