GORDON E. McNEER. LOS HIJOS DE BOB DYLAN. TRADUCCIÓN DE ELVIRA SASTRE. EDICIÓN BILINGÜE. VALPARAÍSO EDICIONES, 2105

La editorial Valparaíso, dirigida por el poeta Javier Bozalongo, está realizando una encomiable labor por la edición de poesía: Ha logrado conjugar de forma admirable la publicación de autores españoles de distintas generaciones con la edición de poetas de otras tradiciones, con especial dedicación a la poesía norteamericana actual. En ese contexto de puesta al día podemos encuadrar el nuevo libro de Gordon E. McNeer, Los hijos de Bob Dylan, traducido por Elvira Sastre, un autor del que ya se había ocupado la editorial en 2014, cuando publicó Mira lo que has hecho, también en edición bilingüe y traducido por Raquel Lanseros, un libro sobre el que Benjamín Prado ha escrito: «es un libro inolvidable, el descubrimiento del más español de los poetas norteamericanos de hoy. Ha tardado en llegar, pero que nadie dude que ha venido para quedarse». Después de leer este nuevo libro, no nos queda ninguna duda de que las palabras de Prado han resultado proféticas.

Gordon E. McNeer, poeta y traductor, además de profesor en la Universidad de North Georgia, nació en 1943, en Winter Haven. Su ascendencia mexicano–estadounidense (su madre nació en México en el año de la Revolución) ha facilitado su dedicación a la traducción y el estudio de poetas españoles, como José Hierro, de quien ha traducido, entre otros Cuaderno de Nueva York o José Luis Hidalgo, poeta sobre quien escribió su tesis doctoral.

Los hijos de Bon Dylan es un libro de personajes, de gentes que pertenecieron a una generación, la de la contracultura norteamericana, simbolizada en estas páginas por la mítica película Easy Rider —el diseño de la cubierta está inspirado en sus fotogramas—, título también del primer poema del libro, pero las personas que transitan por estos versos no se circunscriben sólo a esta época. Hablo, más que de personajes, de amigos de siempre —así podemos adjetivar a poetas como Lorca, como Machado, como Bécquer, como Neruda— y a otros de más reciente cuño, con los que dialoga en un poema como «Hablando Bob Dylan», Raquel, Benja, Luis, Boza, Dani, Fernando, Jorge, Alí…

Tras ese poema inicial, un vasto listado de grupos y autores musicales entremezclados con acontecimientos sociales reivindicativos que aún hoy se recuerdan, el libro se organiza en tres partes y cada una de ellas se concluye con un poema escrito en cursiva, como una especie de colofón (recordemos que Hierro acostumbraba a colocar un poema prologal y otro como epílogo en cursiva). La primera, «Zen y el arte», es un guiño evidente a la época en la que se estrenó la película, 1969. Bob Dylan es el protagonista de los poemas que integran esta sección, el protagonista o la excusa, tanto da, porque, al fin y al cabo, todos somos sus hijos: «Seguimos tus pasos/ para guiarlos/ hasta la orilla del agua/ mientras la oscuridad se asentaba,/ así como el canto del ruiseñor/ sentido en el corazón de los muertos», da igual que Dylan esté en la cárcel o en el infierno. Su herencia es incuestionable. No faltan además los poemas de carácter confesional dedicados al abuelo estadounidense, a la abuela mexicana («Lo que se callaba la abuela» es uno de los poemas más conmovedores del libro), a la hermana, al padre: «Mi padre fue un hombre acomodado/ nacido en un gallinero/ en Fairbanks, Alaska», escribe en el poema «Tigre».

La segunda parte, «Un pájaro en la mano», es completamente distinta a la anterior, en la que dominaba un poema narrativo, discursivo, extenso. Aquí, el poema se concentra y se libera de ornamento. El ejemplo de Jorge Guillén y su poesía desnuda está muy presente, pero no sólo la forma es diferente, también lo son los temas. Ahora la mirada de McNeer parece detenerse no en las personas, sino en su entorno, sea este un árbol, las nubes, una cabra o una avispa atrapada, revoleteando hasta quedarse sin fuerzas frente a la transparencia insalvable de un cristal. La tragedia está servida: «El sol está frío en este lado/ del cristal donde el otoño/ te muestra sus trampas». Dos poemas, los titulados «Los españoles nunca duermen» y «España» preludian la tercera parte, presentada bajo un título tan nerudiano como «España en el corazón». La sección comienza con el que es, para mí, el mejor poema del libro, «Galán», una salmodia emocionante que parece provenir, por la simultaneidad temporal de las distintas situaciones que rememora, todas dramáticas, de un estado parecido al sonambulismo o al ensimismamiento. Es un poema que me recuerda a «Cavalo morto» de Juan Carlos Mestre. Los viejos amigos a los que antes hacía mención, vuelven a aparecer en estos poemas, Neruda, Bécquer, Eliot, Kafka. Presencias tutelares en una poesía que bebe de muchas fuentes, desde la música pop y la canción protesta hasta la poesía impersonal eliotiana o la poesía comprometida de Neruda. El destino del hombre actual, vapuleado sin piedad por el poder, acuciado por innumerables conflictos, tanto identitarios como de supervivencia, encuentra su correlato en el miedo al futuro que alentaba las pinturas magdalenienses de las Cuevas de Altamira. Poco ha cambiado desde entonces, aunque el enemigo ahora parece ser otro más reconocible, el otro, el extraño aunque semejante. Contra el odio y la violencia se levanta —«Iglesia de El Salvador» es un magnífico ejemplo—, esperemos que aún con posibilidades de éxito, una poesía visceral, tierna y cruel al mismo tiempo, auténtica, en definitiva, como de Gordon E. McNeer, poeta que nos alegra de tener ya entre nosotros.

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