JOSÉ MANUEL DÍEZ. ESTUDIO DEL ENIGMA. XLI PREMIO CIUDAD DE BURGOS. VISOR, 2015.

«Escribí este libro —dice José Manuel Díez en las “Acotaciones” finales— a impulsos, entre febrero de 2006 y mayo de 2014, a partir de poemas independientes en sus formas, orígenes y fechas pero creados bajo influjos de consciencia, percepción y éxtasis equivalentes, fundamentados es una impronta a medio camino de la metafísica y la mística, según mi propia experiencia de ambas» Si traigo a colación estas palabras es porque, leyendo Estudio del enigma, nadie diría que está escrito en un período tan extenso de tiempo, porque una de los aspectos que más llama la atención es la unidad estructural de libro, unidad que más parece provenir de un impulso vehemente y prolongado que de intermitentes momentos de exaltación o de inspiración.

José Manuel Díez (Zafra, 1978)  ha publicado con anterioridad otros libros como  La caja vacía —Premio Cáceres Patrimonio de la Humanidad—  y Baile de máscaras —Premio Hiperión— y es, además de poeta, narrador y músico, dedicación esta última que se acredita en alguno de los poemas de este libro (es vocalista y letrista del grupo El desván del duende), como «Despertar del asombro». Estudio del enigma sigue los preceptos dialécticos hegelianos y se divide en tres etapas de conocimiento — «Tesis», «Antítesis» y «Síntesis»— que pretenden llegar a una verdad, verdad, por otra parte, sólo cuantificable en términos poéticos, algo que el lector puede constatar en los versos finales del poema «Principio y fin». «Cifrado del enigma en otro enigma:/ los versos como modo de explicarme».

El enigma sobre la esencia del ser lo retrotraen los poemas de José Manuel Díez a los albores de la civilización. Así, en el poema titulado «Prehistoria» hace un recuento que va desde las cuevas de Altamira a la Venus de Menton. Pinturas, tallas, rituales, máscaras, ofrendas, todo se entrelaza con un único fin, enumerar algunas de las formas con las que el ser humano intenta reflejar su propia incertidumbre, con la ambición de responder a las preguntas eternas: «Me asedian desde niño, las íntimas preguntas….// Preguntas que, bien sé,/ no pueden responderme  —no podrían,/  con toda su enseñanza —los versos y los años.» escribe José Manuel Díez. El mundo de las apariencias muestra una imagen de la realidad, si no alterada, sí parcial, pero también la realidad que escruta el ojo padece similares conflictos. La mirada del hombre, la del poeta no puede ser más que subjetiva y, por esa causa, su esfuerzo se concentrará en destacar aquella parte de la realidad más afín a sus propósitos. Es ley de vida. El enigma, la esencia del enigma, no es el mismo para todos. La ambigüedad metafísica es más propia de vidas conflictivas que de experiencias placenteras.

La belleza es, en estos poemas, sinónimo de sublime. La belleza es claridad, es perfección, como se pensaba en la Edad Media: «Algo bello es un goce/ perdurable, y es más:/ no hay goce que perdure sin belleza», sin embargo, las teorías tanto de Kant como de Burke contraponen el concepto de bello al de sublime. Desde entonces, esta idea ha quedado seriamente defenestrada, por eso sorprende encontrar a alguien que va contracorriente, alguien quien defiende esa correspondencia.

La «Antítesis», como su propio nombre indica, refuta los principios que la tesis argumenta, por eso, los poemas que componen esta sección intentarán rebatir intuiciones previamente formuladas, así ocurre con la apariencia, que ahora «no existe,/ ni sirve como justa/ medida a lo real sin proponernos/ su cara oculta: envés/ de cierta exactitud originaria». Hay un gusto especial por la paradoja en muchos de estos poemas, sustentados en la dicotomía semántica, en la oposición de contrarios: «Detrás de los contrarios:/ los contrarios/ no son contradicción/ sino conjunto».

Evidentemente, en un catálogo de preguntas sobre la esencia del ser, sobre el enigma de la existencia, no pueden faltar las indagaciones sobre la propia identidad («Vuelvo, vuelves. ¿Quién vuelve?/ Vuelve otro en quien eres. / Otro amigo regresa con tus pasos y otro,/ distinto del que soy,/ lo está esperando» o «No quien eres, el otro:/ quien contiene a los otros»), ni sobre la escritura, sobre el lenguaje y sobre el símbolo («Juzgamos de estos signos/ que no hay correspondencia entre la idea/ y el nombre de la idea»). Todo conduce a un desenlace que se explicita en los dos poemas que cierran el libro, «Principio y fin», en el que la palabra actúa como bisagra entre el enigma y su solución, entre la apariencia del mundo y su modo de representación y «Ad aliquid», en el que se establece el propio poema como nexo de unión entre poeta y lector, un vínculo que parece ser el único capaz de dar respuesta a ese enigma interminable que es la propia existencia.

Estudio del enigma es un libro homogéneo, intenso como pocos, que exige del lector un continuo pensarse, no sólo como individuo, sino como eslabón de una cadena que tiene en la creación  el mayor enigma. El reto, como se ve, resulta muy atrayente.

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