ANDRÉS GARCÍA CERDÁN. LA SANGRE. II PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA CIUDAD DE ALMUÑÉCAR. VALPARAÍSO EDICIONES, 2015.

«La vida no tiene sentido,/ pero fulgura como un ídolo/ y es éxtasis./ Felices los que no esperamos nada,/ felices cuando llueve sin descanso en las calles/ y dentro nos espera la ciudad». Esta forma tan rotunda de reconocer que albergar cualquier esperanza no es otra cosa que una futilidad, pertenece al poema titulado «Velvet Blues», un largo poema (cuya referencia es de todos conocidas) que ocupa la segunda sección de La sangre, sección que hace la función de bisagra entre la primera y la tercera, integradas por un número de poemas muy similar, veinte y veintiuno respectivamente. Sin embargo, es muy posible que este ejercicio de renuncia no sea más que una licencia poética, un amago con el que hacer una finta a la realidad.  Una forma de sobrellevar la cotidianeidad, tan legítima como cualquier otra, es la de no hacerse demasiadas ilusiones sobre el futuro. Alguien puede tildar esta opción como fruto de pesimismo extremo, pero, sin faltar a la verdad, no es difícil constatar que los privilegios del mundo real sólo los disfrutan unos pocos, habitualmente ajenos a los juicios de su conciencia. Quien se interroga, quien realiza exámenes de conciencia, quien mira el mundo que le rodea, tiene muy pocas razones para el optimismo, porque, como escribía Heidegger, «Tan pronto como tenemos la cosa ante los ojos y en corazón estamos atentos a la palabra, surge afortunado el pensar», y este pensar no puede conducir más que a la indignación.

Andrés García Cerdán (1972) es un poeta con la suficiente experiencia como para elevarse impunemente sobre la realidad, pero también para no caer en el pozo de la melancolía, por eso ha tratado de escribir un libro «que duela/ como duelen las cosas más hermosas», pero, ¿por qué lo ha titulado La sangre?, pues porque, creemos, en su escritura queda de manifiesto que, aunque la esperanza esté menguada, no está dispuesto a claudicar sin oponer resistencia y la sangre que mana de la herida del vivir es la prueba fehaciente de esa contienda. La sangre, pero también la ceniza que queda del incendio, es la prueba de ese ansía de vida: «Nada existe al fin: solo el humo, el frío. Hay escrita, en el fondo de estas brasas/ frías una palabra. A leerla has venido,/ a comprender que acaba tu poema/ y que es tu destino caer, echarte/ sobre ti mismo,/ hundirte en ti, / callar —cuando calles— para el silencio». Como digo, prefiero pensar que ese derrotismo implícito es más un recurso literario que funciona por oposición, una especie de antítesis semántica que conviene leer entre líneas, porque no se debe renunciar a la vida que aún no se ha vivido. «En las palabras somos esa muerte/ que no nos deja de ocurrir», escribe García Cerdán en el poema «Veneno». No es difícil advertir en estos versos el divorcio que existe entre la realidad como tal y la que nace fruto del lenguaje, una realidad esta última, modelada según el capricho del poeta, precisamente con la intención de reconciliarse con ella, porque «Me reconcilio con la vida/ […] desde las altas cimas/ al mar abierto del poema». El examen teórico sobre los límites del poema que subyace en estos versos resulta del todo necesario cuando se confía en la palabra como salvación, pero, al mismo tiempo, el proceso creativo muestra unas carencias consustanciales a la hora de reconstruir la realidad imaginada, una realidad etérea, sostenida sólo por unos contrafuertes en ruinas, como ocurre en el poema «Castillo de Garcimuñoz» —en un lugar cercano, durante el asedio al castillo, encontró la muerte Jorge Manrique—.

La tercera parte del libro continúa profundizando en esta mirada desalentada sobre el pasado desde un futuro que aún no se ha vivido, por eso la muerte sigue estando muy presente, como ocurre en el poema «Mañana», aunque en los versos finales del poema— y esto es importante, porque es el penúltimo poema del libro, lo que deja ya poco margen de dudas sobre sus expectativas—, prevalezcan signos esperanzadores: «…¿Por qué no/ celebrar todavía la audacia de esta sangre/ que no acaba en nosotros, sino sigue/ latiendo en el latido luminoso/ de la ciudad?». El poeta, pese a la constatación de que vivimos en un mundo cruel, injusto, en el que todo se mide en función de la apariencia, no del valor real —un hermoso poema que ridiculiza el precio del arte es el titulado «Marchantes de arte»— no se deja amilanar por las circunstancias, por eso, pese algunas incertidumbres, se decanta por la beligerancia, no por la servidumbre existencial. El libro finaliza con estos versos, sino alegres, sí  con optimismo, por más que para serlo, haya que renunciar al pasado: «En el centro del pecho sentirás/ el temor de quien teme equivocarse/ y, sin embargo, sigue/ hacia adelante/ buscando su fortuna/ por el líquido espejo de los días,/ sin volver la vista atrás». En los poemas de La sangre Andrés García Cerdán realiza un viaje de regreso al principio, no exento de conflictos, de dolor, con el objetivo de conocer el final, el momento en el que escribe. Estos vagabundeos nunca son inocuos, siempre dejan huellas en la conciencia y de estas huellas surgirán, a buen seguro, nuevos poemas que conformarán los libros futuros, de los que habrá que estar muy al tanto.

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