JAVIER VELA. HOTEL ORIGEN. XV PREMIO DE POESÍA EMILIO PRADOS. EDITORIAL PRE-TEXTOS, 2014*
La trayectoria poética de Javier Vela (1981) es una de las más consistentes en el heterogéneo panorama de la poesía joven española, como lo confirman los importantes premio obtenidos: el Adonais, el Premio Loewe a la Joven Creación o el más reciente Premio Emilio Prados, otorgado a Hotel Origen. Una trayectoria asentada en el trabajo riguroso, callado, fuera de los focos, lo que demuestra que, afortunadamente, no siempre los fuegos artificiales deslumbran con su coloristas pirotecnia a críticos y lectores.
Tres son las secciones que integran este magnífico libro que, sin embargo, recrea una historia de amor en dos niveles semánticos, el primero de marcado tono dialógico, conversacional, descriptivo y el segundo más parecido a un soliloquio sentencioso, conclusivo. De hecho, la propia tipografía en la que están compuestos los respectivos poemas, lo confirma: en redonda unos, en cursiva otros. He dicho que es un poemario amoroso, pero no es sólo eso, porque bajo esta envoltura se esconden variadas reflexiones de orden metapoético: «Tenemos tanto espacio que parecen/ jirones de gran niebla,/ las palabras» y ontológico, en el que la forma de ver la realidad determina el ser que somos: «Somos lo que observamos:/ mis ojos se deleitan en la nube, en lugar de en el cielo;/ se abisman en la forma, en lugar de en el fondo;/ se obstinan en ver algo, en lugar de ver nada». No es difícil derivar también de estos versos una declaración de intenciones poética que rehúye los grandes sucesos para centrarse en lo más nimio de la vida cotidiana, en lo anecdótico, sirviendo ahora de columna vertebral al poema, incluso confinando al propio yo a un segundo término. La emoción poética que brota de lo profundo del ser —parece sugerir Javier Vela— se puede traducir en un lenguaje claro, lo denso en un decir conciso sin necesidad de abismarse en el nihilismo semiinconsciente o de tener sólo conciencia de la nada que seremos, porque cuando uno se despierta y renuncia al influjo de los sueños «la conciencia/ retoma sus dominios». La vida tiene un componente trágico ineludible, pero no es preciso encerrar la totalidad de la existencia con ese envoltorio, como parece deducirse de estos versos: «Amara lee mi horóscopo en voz alta…./ Sigue leyendo, Amara, y no te vistas;/ sólo en tu voz existe mi destino».
En cualquier relación amorosa actual, las abstracciones metafísicas o las idealizaciones casi místicas de los amantes no poseen relevancia alguna, salvo quizá, en los primeros momentos del enamoramiento. Más temprano que tarde, los sentidos se adueñan de la situación y será a través de ellos como el amor se consolida en su hechura. Octavio Paz lo expresó con contundencia: «Los sentidos, sin perder sus poderes, se convierten en servidores de la imaginación y nos hacen oír lo inaudito y ver lo imperceptible». El cuerpo, la piel, el rostro de la persona amada son el escenario de una representación que excede lo real, son las páginas donde el poeta esboza su mundo interior, donde se alían ideas y sensaciones por medio del lenguaje, porque, seguimos al Paz de La llama doble, «La relación de la poesía con el lenguaje es semejante a la del erotismo con la sexualidad». Quizá como en ningún otro poema de Hotel Origen, esta correspondencia se dé en el número 27: «La forma en que te quitas el vestido/ mirándolo caer sobre la cama/ basta para fundar una galaxia» y digo quizá porque la segunda sección del libro, «Cuando el monarca espera», es la que contiene más poemas eróticos —son muchos los versos que lo confirman—: «Mujer, agua dormida,/ imagen afluente:/ lago en el que se desborda mi deseo,/ venero que se adensa y me contiene»; «Bebo su denso jugo de tinieblas/ y me impregno de sus caldos nutricios».
«Dos mil cuarenta y seis», el título de la tercera sección nos remite a la película homónima de Won Kar- wai, que narra una inquietante historia sobre amores imposibles y el temor a un futuro en soledad. La particular forma de narrar, una iluminación impresionista y una lluvia incesante que pudre los corazones más vulnerables crea un grado de incertidumbre y ansiedad asfixiante, algo que reflejan también los poemas de Javier Vela, porque se aferra a un pasado imposible de recuperar para minimizar el impacto del abandono. «Amara se ha marchado:/ yo dormía.// En la almohada atisbo una pestaña:/ en ella sigue Amara». Pero no hay patetismo en estas reflexiones, al contrario, podemos advertir una saludable ironía subyacente en esa dialéctica entre existencia y esencia. El presente está cargado de memoria, pero, como dice Mario Luzi, «Un fragmento o un episodio del pasado comienza a provocar la acción del poeta sólo cuando ya no es sentido como pasado, esto es, como algo perdido». Esa constante hace avanzar al poema desde la plenitud y el ardor hasta la fatalidad sin debilitar la voluntad de comprender y de un llegar a ser sin nostalgia.

Reseña publicada en el nº 117 de la revista Clarín

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