ANDRÉS SÁNCHEZ ROBAYNA. VARIACIONES SOBRE EL VASO DE AGUA. GALAXIA GUTENBERG, 2015*
No son frecuentes en nuestras letras este tipo de inventarios, de selecciones —por clasificar un libro que, a la postre, resulta inclasificable—, aunque el autor haya explorado una idea similar cuando publicó el libro Cuaderno de islas, en 2011, y encontremos algunas similitudes formales en algunos autores, Octavio Paz puede ser un buen ejemplo, contemporáneos. Leídos ambos libros, Cuaderno de islas y Variaciones sobre el vaso de agua, nos atrevemos a decir que la concepción que sustenta ambas publicaciones es fundamentalmente la misma, la reflexión sobre un determinado tema, sean islas o vasos de agua, y el sostén argumental de textos, poemas en ambos casos ajenos, aunque ahora están acompañados de imágenes, que configuran una especie de antología temática, antología no sujeta a criterios geográficos o cronológicos, sino sometida tan sólo al buen gusto y el bagaje cultural del compilador, excelente poeta él mismo.
La obra poética y ensayística de Andrés Sánchez Robayna (Santa Brígida, 1952), obra como se ve por sus más recientes libros, en su cúspide, constituye una de las trayectorias literarias más sólidas de nuestras letras. Una itinerario que tuvo su primer hito en 1970, con la publicación del que fuera su primer libro, Día de aire (Tiempo de efigies) y que se ha acrecentado con más de una decena de poemarios, entre los que destacaremos, por no pecar de exhaustivos, La roca —Premio de la Crítica en 2004—, Palmas sobre la losa fría (1989), Poemas 1970-1999 (2000), El libro, tras la duna (2002), Sobre una confidencia del mar griego: precedido de Correspondencias (2005) —en colaboración con Antoni Tapies—, En el centro de un círculo de islas (2007) —en colaboración con José María Sicilia, La sombra y la apariencia (2010), El espejo de tinta. Antología poética, 1970-2010. (2012). A esta intensa labor poética debemos añadir la publicación de dos imprescindibles libros diarísticos (La inminencia. Diarios 1980-1995(1996) y Días y mitos. Diarios, 1996-2000 , publicado en 2002) y multitud de ensayos sobre literatura y arte, entre los que mencionaremos Tres ensayos sobre Góngora (1983), Luz negra (1986), La sombra del mundo (1999), Deseo, imagen, lugar de la palabra (2008), Cuaderno de las islas (2011) y el libro objeto de estas líneas, Variaciones sobre el vaso de agua (2015). Como hemos dicho, este es un recuento muy resumido de la actividad creadora de Andrés Sánchez Robayna, y nos atrevemos a denominarla actividad creadora porque estamos seguros de que cualquiera de los géneros literarios objeto de atención de nuestro autor —conviene mencionar aquí la prolongada y fecunda dedicación a la traducción— forman parte de una totalidad, de una esencial confirmación del ser como eje transformador de la realidad en la que habita. Configuran además esta aspiración a alcanzar el sentido más hondo de la existencia también la creación de revistas —Syntaxis, revista que uno leyó con avidez hace 25 o 30 años y que aún hojeo de vez en cuando, sería un buen ejemplo de lo que digo—, incluso su gestión como promotor y/o responsable de innumerables proyectos culturales.
Este largo balance, tal vez más pródigo de lo habitual, resulta, sin embargo, por completo pertinente para poner al corriente al lector desinformado (rara avis, cuando se trata de poesía, afortunadamente) de la envergadura intelectual de uno de los poetas más vivos y coherentes de la actual poesía española, algo que conviene significar en estos tiempos en los que se esgrimen justificaciones de orden moral, político y económico, cuando no ideológicos —asuntos todos a tener en cuenta, sin duda— para escribir una poesía carente de rigor e irrespetuosa con la tarea fundacional encomendada a la palabra. Con respecto de este asunto, no viene mal recordar las palabras de un poeta como Seamus Heaney, comprometido políticamente como pocos, que, sin embargo, afirmaba algo con lo que no podemos estar más de acuerdo: «La verdad es que no veo cómo puede sobrevivir la poesía como categoría de la conciencia humana si no logra anteponer las consideraciones poéticas, consideraciones expresivas, es decir, basadas en sus propias leyes genéticas que entran en funcionamiento en el momento mismo de la concepción lírica». A la libertad de la palabra como transformadora de la realidad, como fuente de liberación personal —aun en la batalla por exprimirlas, por apurar su significado—, porque la palabra, el lenguaje es suma, es la esencia misma del hombre, ha consagrado su plural acción creativa Andrés Sánchez Robayna, conciliando la escritura del poema, poco dada a compartir protagonismo, exigente, autónoma, con el estudio de su razón de ser. El lenguaje funda y da sentido a lo creado, a lo indecible. «La paradoja de la palabra poética está en decirnos precisamente lo que dice y en indicarnos que esto mismo que dice no puede decirse», escribe Ramón Xirau, siguiendo a Octavio Paz, autores ambos, nos consta, muy leídos y admirados por Sánchez Robayna.
Pero ¿de qué tratan estas Variaciones sobre el vaso de agua que tanto nos recuerdan, por ese impulso de violentar la experiencia mediante la reiteración, mediante la aglomeración de perspectivas, incluso mediante la retórica del silencio, al Valente de Variaciones sobre el pájaro y la red? El propio Sánchez Robyana nos lo aclara en el fragmento inicial de los veinticuatro que integran la primera parte del libro (la segunda, como hemos explicado, recoge los poemas a los que se alude en el texto ensayístico, así como las imágenes que han dado pie a dichas reflexiones. Dice Robayna que «La relevancia que posee ese motivo poético [el vaso de agua] viene determinada en buena medida por el destello de sus apariciones, por la variedad de sus casos, por la grata frecuencia, en suma, con que nos lo tropezamos en los contextos líricos más diversos», siguiendo este argumento, el autor emprende una reflexión crítica plagada de referencias tanto poéticas como plásticas que guían sus conjeturas, de pesquisas, de aproximaciones que le llevan a preguntarse «¿De dónde proviene el poder de esta imagen?». La respuesta no se puede circunscribir al atractivo de una representación puramente estética, su imantada presencia proviene, a qué dudarlo, de unos pormenores estrictamente utilitarios —apagar la sed, «ante todo está ahí para ser bebido»—, pero también de sus peculiares características físicas: «Primera cualidad del vaso de agua: refresca un espacio, lo aclara, lo entrega a la transparencia. Atrae la luz hacia él, y la absorbe», escribe Sánchez Robayna. Pero, con toda lógica, estas excusas puramente materiales no son suficientes para seducir a la mente del artista. Para que un objeto de apariencia tan frágil, tan evanescente (al menos en cuanto al contenido se refiere), un objeto que parece inmovilizado en el tiempo, deben concurrir otras condiciones. Su presencia es un reclamo que seduce y desconcierta a la vez (estas dos premisas son absolutamente necesarias para que nazca cualquier manifestación artística), embebe la mirada del espectador: «La contemplación del vaso de agua nos invita al sosiego, no sólo en razón de la quietud o el reposo de la materia, sino también a causa de la traslucidez del agua y su contenido». Se desliga ya en estas palabras el fin definido anteriormente, apagar la sed, de otro que tiene más que ver con una experiencia íntima, solitaria —y aquí debemos hacer mención a la dimensión temporal. El tiempo posee unas cualidades diferentes para el ser retraído que para el ser sociable—, una experiencia de conocimiento, de advenimiento que sugiere algún vínculo sagrado, algo que, quizá, se aprecie con mayor nitidez en el pequeño lienzo de Francisco de Zurbarán titulado Vaso de agua y rosa sobre una bandeja de plata. «En este lienzo (o fragmento de lienzo) —escribe Sánchez Robayna—, lo que nos conmueve es, ante todo, la desnudez», y no podemos estar más de acuerdo, la desnudez, la humildad de los objetos, pero también la belleza de la representación, el primor con el que están pintados los detalles, tratados como si condensaran la armonía del mundo, la revelación de un significado que las palabras no pueden descifrar. La mirada nunca es sólo visión objetiva, es creación, desvelamiento, es invención, lugar de la inmanencia, por esa causa, son casi infinitos los modos de ver y las consecuencias que la particular contemplación acarrea. Un buen ejemplo de ello es la obra de Ramón Gaya —un pintor, por otra parte, refractario a los dictados del posmodernismo—, llena de manchas, de velos, de trasparencias habitadas: «Gaya convierte la flor dentro de un vaso con agua en una suerte de polo visual cargado de resonancias sensibles, ya como objeto único, ya complemento o anejo de una escena», escribe el autor.
La nómina de autores seleccionados es, en sí misma, una excelente antología. Las imágenes escogidas, lienzos de Velázquez, de Jean-Siméon Chardin, de Juan Gris o de Luis Fernández, acompañados por una fotografía de Sudek y una escultura en vidrio de Iran do Espíritu Santo, comentadas en diversos fragmentos de este magnífico, sugerente, poético y asistemático ensayo, completan la escogida lista de poetas escogidos. Lista que comienza con el poeta norteamericano Wallace Stevens —traducido y estudiado en profundidad por Andrés Sánchez Robayna en distintas ocasiones— («El vaso está en el centro./ La luz es un león que ha bajado a beber./ Allí, y en ese estado, el vaso es una charca») y se extiende a poetas de muy diversa naturaleza, como Jorge Guillén, Francis Ponge, Ángel Crespo, Antonio Requeni, Nuno Júdice («El absoluto se manifestó en un vaso/ de agua, cuando el sol apareció detrás de una nube/ y le dio un brillo inesperado en la más/ gris de las mañanas»), Gorostiza —de quien se reproducen varias estrofas significativos de su grandísimo poema Muerte sin fin— o, por citar a algunos autores, el propio Sánchez Robayna, de cuyo poema extraemos estos fragmentos que resumen a la perfección el alcance de esta tentativa epistemológica, de una vivencia estética que hunde sus raíces en la historia del símbolo, que desafía al tiempo, que es, a la vez, imagen del tiempo y representación de su transcurso: «El vaso no es una medida. El vaso en pleno mediodía. El vaso de cristal ligero, muy delgado, delicadeza medida, estancia bajo el sol. El vaso de agua es un ensayo de quietud». El vaso de agua, un objeto humilde que cualquiera de nosotros hemos tenido en las manos cientos de veces sin que nos llamara la atención, más allá de su utilidad, se convierte en las palabras de Sánchez Robayna en centro de introspección, en espacio para avivar la memoria, en la imagen liberadora de un sentimiento, en espejo de nuestra luz interior, aunque la aparente inmovilidad, que puede inspirar una variante de la sumisión, es sólo una máscara de esa incandescencia interna que lo deseca, que lo vacía. «Una vez vi también los vasos vacíos sobre la mesa del atardecer», escribe Vicente Valero. El vaso vacío que también yo he visto es otra imagen tentadora y suscita nuevas reflexiones apropiadas, quizá, para un libro futuro, para otro ensayo que ojalá sea, si alguien lo escribe, tan fascinante como éste.
*Artículo publicado en el número 117 de la revista Arte y Parte ((Junio-Julio,2015)

Anuncios