ANTONIO RIVERO TARAVILLO. LO QUE IMPORTA. CALLE DEL AIRE, 137. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2015
Pocos títulos tan contundentes como éste Lo que importa, de Antonio Rivero Taravillo, título que tanto nos recuerda a estos versos de Wallace Stevens: «…Lo que/ uno cree es lo que importa», un libro extenso que posee una variedad de registros realmente admirable —largos poemas reflexivos, haikus, poemas breves cercanos al aforismo, versículos—, puestos todos ellos, además, al servicio de una poética de los objetos, del poema como medio para transgredir las fronteras de esa realidad a la que rinden servidumbre. La mirada de Rivero Taravillo tiende a buscar lo inusual, lo inesperado y se recrea en aquellos aspectos menos llamativos de lo que glosa. Así ocurre, por ejemplo, con el protagonista del poema «El inquilino en la terraza», un calentador al que se describe detalladamente, al que confiere caracteres de un ser vivo, al que inculca calidez humana: «Es un usted un buenazo,/ un manso oso polar/ en cuyo regazo a veces entra en trance,/ entre esos caños de cobre,/ la gata». No cabe duda de que esta forma de humanizar los objetos con los que convivimos responde a un deseo de que el lenguaje se desprenda de su utilidad y conquiste un espectro semántico mucho más amplio. La personificación adquiere mayor verosimilitud, si cabe, gracias al empleo de un lenguaje corriente que consigue mantener el equilibrio entre la idea y su elaboración formal, evitando así las constantes amenazas de la oscuridad o de la vaguedad retórica. No pretendo insinuar que en los poemas de Rivero Taravillo la precisión semántica prime por encima de cualquier otra cualidad, porque la poesía no es una fórmula matemática, pero sí quiero significar que las propiedades esenciales de un discurso natural son más que suficientes para que el lector perciba el contenido de lo que se desea trasmitir. El lenguaje se subordina así a la idea, no como ocurre cuando éste es el único protagonista y ensombrece a la propia poesía tras ornamentos caprichosos y mitificaciones excluyentes.
Lo que importa está dividido en tres partes, aunque una de ellas, la parte central, titulada —no sin cierta ironía intertextual— «El mejor fabbro», contiene poemas de Humberto Fabbro, de un poeta más joven, amigo del autor (la experiencia de la alteridad se pone así de manifiesto) que guarda con éste ciertas similitudes:«Los versos de Fabbro presentan aquí y allá caídas de ritmo que, si en mi caso son deliberadas, en el suyo, además de eso, proceden de que no siempre he sido capaz, en mis versiones, de mantener la métrica de su poesía». Son poco más de una decena de poemas en los que resulta evidente la influencia de la poesía costumbrista greco latina, tanto en los temas, anecdóticos, circunstanciales, condimentados con partículas de acidez crítica y de humor, negro en alguna ocasión, como en el poema «Peso muerto» que, por su brevedad, reproduzco completo: «Hago flexiones en la alfombra./ Prolépticamente puedo decir/ cuánto pesa un cadáver», como en la estructura sentenciosa, menos evidente, eso sí, en los poemas más extensos.
En las dos partes restantes, la variedad de asuntos que construyen los poemas es digna de mención, aunque, si hubiera de subrayar un nexo común, es posible que éste fuera el de la ausencia de nostalgia, quizá avalada por el tono irónico que subyace en los versos de Antonio Rivero Taravillo, tono irónico que se aprecia con mayor intensidad en los versos finales de los poemas. Traigo a estas líneas algunos de ellos para confirmar mi hipótesis: «Pero un consuelo me queda: tal vez/ alguien rescate en esos días/ de conmemoraciones y monsergas/ los versos en que puse tu palabra», del poema «Rey Lear» o «Recorro calles que anduve hace años./ Otros escaparates, peatones distintos./ Capas sucesivas de asfalto/ como sobre estos ojos que contemplan la última» correspondientes al poema «Megalópolis». El libro, por otra parte, está sembrado de poemas memorables, entre los que yo resaltaría, sin ánimo de ser imperativo, los titulados «Waterstones, Piccadilly», «Ciruelas», «Anatomía de la almohada» o «Sala de espera» entre los más extensos y «Una urraca en Ballinasloe» o «En el vagón de cola de septiembre» entre los menos prolongados.
En cualquier caso, al margen de gustos particulares, lo que si podemos afirmar es que para Rivero Taravillo, las cosas importantes no proceden necesariamente de actos heroicos, ni de personajes históricos o de leyenda, sino de un voluptuoso paladeo de la realidad más cercana —una realidad compleja, fragmentaria, en permanente cambio , de la descripción del día a día, porque es capaz de encontrar la verdadera emoción no en abstracciones filosóficas o en los abismos de la conciencia, sino en los albores de su propia intimidad, una intimada que analiza con lucidez, pero sin dramatismo. Lo que importa es un libro que brinda al lector muchas satisfacciones, y eso es lo realmente importante.

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