RAMÓN BASCUÑANA. APARIENCIA DE VIDA. II PREMIO DE POESÍA FERNANDO DE HERRERA. GUALDATURIA EDICIONES, 2014
La inquebrantable dedicación de Ramón Bascuñana a la poesía resulta evidente cuando uno repasa los títulos de sus libros, desde el ya lejano Hasta ya no más nunca (1999) hasta Cincuenta por ciento (2014) o Apariencia de vida, libro que mereció el Premio Fernando de Herrera en su segunda edición. En medio, una decena larga de poemarios, incluida la antología El gesto del escriba (2009) y una larga lista de prestigiosos galardones que confirman que estamos ante un poeta de enorme talento escasamente reconocido, sin embargo, por la crítica especializada, lo que no deja de ser una injusticia manifiesta. Supongo que en esta ceguera algo tiene ver la excesiva prodigalidad creativa de nuestro autor, prodigalidad que causa ciertos recelos no siempre arbitrarios, porque, generalmente, redunda en un excesivo apego a fórmulas repetidas que poco aportan al crecimiento interno del poeta. Quizá, en el caso de Bascuñana, los árboles no dejen ver el bosque, porque lo que se puede afirmar con contundencia es que nos encontramos con un poeta de cuerpo entero que posee un altísimo concepto de la labor poética. La poesía no es un divertimento, es un don que exige, sin embargo, algunas renuncias. La presunta incompatibilidad entre poesía y vida es un asunto que ha preocupado a muchos poetas, ya desde la antigüedad. Las opiniones no logran ser uniformes, incluso en las diferentes épocas de un mismo poeta, aunque notamos un claro predominio de aquellas que intentan conciliar ambos aspectos y, en el caso de que esta conciliación sea imposible, una decantación por la intensidad vital en detrimento de la escritura. La poesía de Ramón Bascuñana muestra un tira y afloja entre ambas actitudes, aunque, como el propio título del libro sugiere, deja entrever que la poesía no es la vida verdadera, es sólo una apariencia. «Alto don/ escribir el poema que ha de ser escrito,/ renunciar a la vida para pensar la vida/ desde la perspectiva cruel de las palabras». «Renunciar a la vida para pensar la vida», este verso rotundo y perfecto del primer poema del libro debería aclararnos las cosas, sin embargo, el propio poeta va contradiciéndose a medida que avanzamos en la lectura, hasta llegar a decir, en uno de los últimos poemas, que «Únicamente sé/ que existo en el poema». Si consideramos que esta última afirmación es del todo sincera, nos veremos obligados a pensar entonces que la verdadera vida de nuestro poeta está íntimamente ligada a la ficción vital que crean las palabras, hasta el punto de que ambas, vida real y vida virtual, se solapan y forman una existencia paralela, en la que «los poetas/ inventan, solamente, la vida que no viven».
Evidentemente, esta disociación provoca un conflicto identitario que adquiere tintes dramáticos en muchas ocasiones, porque «Los versos son las rejas, la jaula es el poema», lo que viene a significar, según mi opinión, el peligro de pensar que la verdadera vida se encuentre en el poema, quizá porque, como escribe Bascuña, «Soy el que soy, pero también el otro,/ el que imagino ser cuando me miro/ en los versos que a veces imagino». Esta duplicidad se acepta con enormes dosis de estoicismo, hasta el punto de que el poeta llega a afirmar, dirigiéndose a un tú que no logra enmascarar al personaje objeto de sus reflexiones, que «No te ha costado nada renunciar a la vida/ para ordenar el caos colocando palabras/ en un orden concreto que no puede alterarse/ sin alterar la esencia profunda del poema». La nostalgia por un mundo perdido, el de la infancia, que se recuerda paradisíaco revitaliza también estos poemas, aunque constaten la inutilidad de oponerse, ni siquiera en el mundo aséptico del poema, al paso del tiempo, porque «ningún bálsamo cura las heridas del tiempo».
La poesía de Ramón Bascuñana se enmarca dentro de eso que llamamos «poesía meditativa», en la línea de algunos poetas como Cernuda (aunque aquí opere con mayor intensidad el resentimiento) o, más cercanos en el tiempo, Sánchez Rosillo. Es una poesía que se cuestiona a sí misma al mismo tiempo que pone su utilidad íntima en entredicho. Los asuntos cotidianos que recrea el poema son sólo cortinas de humo que esconden la verdadera razón de ser que motiva su escritura, la resistencia del yo a acatar la realidad tal cual se presenta. La escritura será entonces, y a la vez, refugio y cárcel, sublevación y mansedumbre. Los poemas de Bascuñana, escritos con un ritmo envolvente, basculan entre estas dos fuerzas opuestas, y de esta confrontación nace una verdad incuestionable, la de que, «al final sólo quedan la muerte y el olvido». Pero, mientras llega ese final, que deseamos lejano, debemos disfrutar de esta Apariencia de vida, porque, pese al pesimismo final, late en sus poemas un corazón sólidamente esperanzado.

Anuncios