JESÚS CÁRDENAS. SUCESIÓN DE LUNAS. ANANTES, 2015
Es Jesús Cárdenas un autor con una obra extensa y ampliamente reconocida, a pesar de que ha traspasado la invisible frontera de la cuarentena recientemente (Nació en Sevilla, en 1973). Libros como Algunos arraigos me vienen (2005), La luz de entre los cipreses (2012), Mudanzas de lo azul (2013) y Después de la música (2014) han precedido a Sucesión de lunas, el libro que comentamos.
Manuel Rico, en las palabras que prologan este libro, define con precisión las dos partes que lo componen: «estamos ante una suerte de libro-poema dividido en dos grandes apartados de distinta factura. El primero, titulado «Un prodigio de la palabra», es una inmersión en las capacidades posibles del lenguaje […] que descansa en la combinación entre un verso corto y musical y el poema en prosa de lenguaje iluminador. En el segundo, «Poemas del espejo», se invierte la correlación entre ambas opciones formales: el poema en prosa es hegemónico frente a solo once poemas en verso».
En otros lugares hemos hablado de los orígenes del poema en prosa y de su renacimiento, relativamente reciente, en la poesía española y, aunque Sucesión de lunas no sea un libro estrictamente enmarcado en este género, sí creo oportuno, para rebatir a los más escépticos y afirmar su razón de ser, recordar algunas disquisiciones de Charles Simic, recogidas en el imprescindible El monstruo en su laberinto (Vaso Roto, 2015): «El poema en prosa es una bestia mítica como la esfinge. Un monstruo hecho de prosa y poesía»—de más está decir que entendemos aquí monstruo como fabuloso, no como anormalidad—; esta otra: «El poema en prosa es como un perro que habla» y, por último, esta: «El poema en prosa es fruto de dos impulsos contradictorios, prosa y poesía, y por tanto no puede existir pero existe. Se trata del único ejemplo que tenemos de cómo cuadrar un círculo».
Bien, como hemos dicho, Sucesión de lunas está conformado por dos partes. En la primera, sensiblemente más extensa que la segunda, el poema en prosa sólo aparece circunstancialmente, intercalado entre poemas versificados, pero la forma no es lo sustantivo, porque ambos, prosa y verso, responden a un impulso común, el de indagar sobre la fragilidad del ser, a la que no es ajena su condición efímera, como un ángel condenado a la temporalidad: «Alguien pinta ese efecto:/ la caída, inquieto abismo,/ que simboliza lo que fue,( lo que fuimos, lo que nunca seremos». Sin duda, otro hilo conductor, no menos relevante, es el metalingüístico. La palabra, el verso, el poema son parte indisoluble del discurso de Jesús Cárdenas y la reflexión sobre sus limitaciones subyace de una forma más o menos evidente en la mayoría de estos poemas: «Deja ahora que te brote la palabra,/ acata su dictado,/ su cadena de sílabas secretas/ antes de blandirla en el libro impreso», aunque el asunto central sea otro, como en el caso del poema XXXIV, dominado por un conflicto identitario al que no es ajeno el lenguaje, que comienza así: «Has hallado palabras cuyo origen ignoras» y termina con esta sentencia: «Deséchalas si, por un momento, te recordaron a mí».
«Promesas de espejo», la segunda parte del libro, reincide en los mismos temas, aunque creo que la voz del poeta se vuelve más plástica. La paleta de colores que reflejan los estados de ánimo está expuesta a una serie de alteraciones atmosféricas que sirven como contrapunto a la emoción. La lluvia, las nubes, la penumbra o la noche simbolizan pesadumbre, melancolía, frustración, desengaño. La misma luna que está presente ya desde el título del libro, posee un simbolismo mistérico, de ensueño, en clara contraposición a la luminosa y cegante claridad del sol. Sin embargo, el poeta no mantiene un discurso uniforme, se resiste a admitir que la oscuridad deslea la gama cromática de la realidad, por eso lucha, avanza, retrocede, afirma o se contradice en función de ese estado de ánimo fluctuante. Quizá el poema XVIII sea el mejor ejemplo de esta contienda íntima: «Modificar los estados de ánimo, reír, llorar, volcarnos en el otro, urdir por siempre nuestras tramas, volver a reír y a llorar, clavar el diente a la hora, semejante a las fieras azogadas, antes de que el pétalo se descuelgue, antes de que el juicio empañe este delirio de mantenernos en desorden, antes de que se borre el último vestigio de quimera, antes de que cese el temporal, antes de que la tierra mortal sepulte nuestros sueños». Esta contienda tiene mucho que ver con ese conflicto de identidad al que antes aludía. El poeta no teme mostrarse ante el lector como alguien imperfecto, alguien que examina y sabe reconocer sus carencias, pero las palabras que narran este examen de conciencia no son inocentes. El poema sólo dice una parte de la verdad. Es el lector quien deberá, con su propia experiencia, completarla.

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