LEÓN MOLINA. MAPA DE NINGÚN SITIO. EDICIONES DE LA ISLA DE SILTOLÁ. AFORISMOS, 2105
Uno de los mayores riesgos de la escritura de aforismos es la obviedad, la reiteración, el decir lo que el lector ya sabe revestido con la apariencia de novedad, quedándose en el embalaje, sin escarbar en el fondo, en la esencia de aquello que se trata de desentrañar, pero otro riesgo no menor es el afán de originalidad que produce alteraciones semánticas de algo sabido por el mero hecho de formularlo de forma distinta. Es evidente que la tradición también pesa mucho en esta disciplina, aunque hasta hace pocos años fuera de expresión minoritaria. No siempre la escritura dice más de lo que dice, aunque en muchos casos dice más de lo que sugiere, y eso es lo que ocurre cuando lo que se quiere decir queda oculto por el envoltorio, queda soterrado por una capa de presunta trascendencia que, las más de las veces, desfigura el sentido sólo por convertirlo en algo más atrayente (restyling creo que lo llaman en el argot automovilístico), conduciendo ese sentido al sinsentido, porque no todas las correspondencias, todas las analogías, todas las metáforas poseen el mismo grado de precisión (no estoy hablando de exactitud, esa palabra se refiera a otro concepto que no nos concierne ahora), más bien al contrario, muchas se sustentan en la contradicción, en una ruptura del sentido que constituye el propio sentido de la frase, sin otra aspiración que recrearse en sí misma. Son éstas objeciones que provienen de aquello de lo que Valéry nos avisaba cuando hablaba del «peligro de confundir un procedimiento de retórica…decorativa con un método crítico, que conduzca a un resultado real».
Afortunadamente, el escenario que he descrito, un tanto lóbrego, nada tiene que ver con los aforismos de Mapa de ningún sitio, porque León Molina demuestra ser absolutamente consciente de esos riesgos a los que aludía más arriba y los sortea con una maestría propia de quien ha corroborado ya ser un experimentado intérprete de la realidad, más allá de que el procedimiento analítico del que se valga sea un aforismo o un poema. Al fin y al cabo, es sólo el lenguaje el que asegura el proceso del pensamiento, y de eso tratan precisamente estos aforismos, de concentrar la percepción, de interrumpir la dispersión del pensamiento en un instante que se presenta distinto a cualquier otro, aunque lo que haya sucedido en él sea tan vulgar, tan cotidiano como lo es la vida rutinaria. Lo que incita al escritor a usar determinada retórica carece de relevancia, lo que nos interesa es cómo la experiencia personal origina una forma de ver liberada de prejuicios y, por tanto, del significado que les atribuyen las convecciones lingüísticas. Prevalecerá entonces, según este arquetipo, por encima del género escogido la economía verbal, la sobriedad discursiva, la búsqueda de un equilibrio entre claridad y ambigüedad, entre la divulgación y lo especulativo, entre conocimiento e intuición. No son estos aforismos fragmentos ensayísticos, aunque muchos de ellos contengan más doctrina metafísica que un tratado de cien páginas, porque la extensión no es sinónimo de excelencia, como tampoco lo es la brevedad en sí misma, aunque aquí podríamos acogernos a la máxima enunciada por el siempre perspicaz Charles Simic, cuando escribe «Poema corto: sé breve y dínoslo todo» que tantas similitudes guarda con ésta del propio Molina: «El poema corto es peligroso, el poema largo inquietante». Quizá sea lo paradójico uno de los distintivos del arte del aforismo, como demuestran, por ejemplo, éstos entresacados al azar de Mapa de ningún sitio: «Estoy dispuesto a aceptarte tal como eres, siempre que no seas tan como eres», «El sentido que no se siente no tiene sentido» o «No se puede ser grande sin ser pequeño». Cuánto hay de juego, de malabarismo verbal en ellos, es difícil saberlo, entre otras cosas porque, como dice el autor, «No hay aforismo aforado» o «Los aforismos son los maquis del pensamiento». Una gran ventaja de tal práctica, sin embargo, es que permiten sumergirse en el pozo sin fondo que es la palabra, en su poder de sugestión, en su hondura ilimitada para aprehender la parte secreta de la realidad, para captar las resonancias de un significado que, en su mayor parte, como un iceberg, queda sumergido. La parte visible sólo responde a una necesidad de comunicación. Es en la parte oculta donde podemos indagar en sus singularidades. Aunque el libro no está dividido en secciones argumentales específicas, sí podemos enumerar algunos temas que se repiten con cierta abundancia en su continuidad, como el metapoético, objeto de una gran parte de estos relampagueos verbales, tanto en lo que se refiere al concepto de poema («Los buenos versos son como un diamante; sólidos y transparentes»), como al poeta mismo («El poeta y el individuo que lo encarna no siempre coinciden»). Son frecuentes también los referidos a la ética, a la religión, al paso del tiempo, a la crítica literaria, a la belleza o al nacionalismo. En todos los casos, León Molina deja patente su inmensa capacidad introspectiva y su exquisita prosodia para revelar sus incertidumbres, sus hallazgos, sus ensoñaciones, sus aproximaciones. Soy renuente al habito de definirlo todo, pero cuando la palabra recobra su libertad y hace caso omiso a las presiones semánticas externas, es cuando mejor define lo indefinible. Algo que, por otra parte, que no podrá negar quien lea esta magnífica gavilla de semillas alimentadas por la lectura.

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