INGER CHRISTENSEN. ESO. TRADUCCIÓN DE FRANCISCO J. URIZ. EDITORIAL SEXTO PISO, 2015
El pasado año, la editorial Sexto Piso publicó el libro Alfabeto de Inger Christensen, comentado en este mismo foro y traducido, al igual que este libro del que ahora nos ocupamos, por Francisco J. Uriz, posiblemente el más reputado traductor de literatura nórdica. A pesar de no ser un libro de lectura fácil, Alfabeto ha gozado de la aquiescencia de los lectores, gracias a la enorme intensidad poética que se esconde detrás de la ambigüedad semántica de los versos. Ahora, en un esfuerzo digno de reseñar por las dimensiones y la complejidad de la obra, Sexto Piso nos ofrece Eso, un libro singular que es uno y todos los libros, porque sus páginas contienen una cosmogonía, un deseo de abarcar todo lo que existe, de ver el mundo desde todos los ángulos, de escudriñar el haz y el envés de la realidad, de afirmar y negar la precisión de los sentidos. Eso, explica el texto de la solapa, «es un poema total: es un camino que nos conduce más allá de las palabras, a un lugar —oscuro y luminoso a la vez— que da sustento a todo, a lo inexplicable y la razón, al delirio y a los sueños, al miedo y la valentía, a las ilusiones políticas y a la barbarie, a la belleza y a la imaginación, a la existencia y a la nada: a eso, en definitiva».
Inger Christensen, nacida en Vejle en 1935 y fallecida en Copenhague en 2009, fue fundamentalmente poeta, pero también publicó novelas, obra dramática y ensayo. Está considerada por la crítica como la mayor poeta danesa del siglo pasado, y leyendo obras como Eso, no nos resulta exagerada esta afirmación. Es prácticamente imposible abarcar desde todos los ángulos lo que ofrece un libro como éste, escrito con una organicidad y un rigor matemáticos. Cada una de sus secciones encaja en su doble como un rostro que se mira en el espejo. Todos los textos tienen su contrapuesto, pero, además, cada división posee idénticas subdivisiones y entre todas hay un equilibrio perfecto en el que se simultanean imágenes e ideas, sensaciones y acontecimientos, verdad y verosimilitud. Me vienen ahora a la mente unas palabras de Paul Valéry sobre Coup de dés, Mallarmé que creo son del todo pertinentes para hablar de Eso: «Contemplaba a mi gusto—escribe Valéry— instantes inapreciables; la fracción de un segundo, en la que se alumbra, brilla, se extingue una idea; el átomo del tiempo, germen de siglos psicológicos y de consecuencias infinitas, aparecían, finalmente, como seres, enteramente rodeados de su nada hecha sensible. Era murmullo, insinuaciones, un trueno para los ojos, toda una tempestad espiritual llevada página a página hasta el extremo del pensamiento…». El párrafo es sensiblemente más largo, pero me gustaría resaltar este concepto: tempestad espiritual, porque es lo que me sugiere la lectura de este inmenso —no sólo en extensión— libro de poemas, cuyo cuerpo central está integrado por las diferentes secciones que forman «Logos»: «Escenario», «Acción» y «Texto». Todas ellas, como he dicho antes, subdivididas en una perfecta estructura de 8 fragmentos interrelacionados. Sirva como ejemplo que en Simetrías, el primero de esos fragmentos, el desierto es el nexo común tanto en cada una de las tres secciones. Esto no es fruto de la casualidad, sino de un incansable proceso de construcción en el que nada se ha dejado al azar. Esta sección central a la que aludimos, cuenta con otra titulada «Prólogos» —aunque atípico en su desarrollo, podemos interpretar que funciona como un prólogo—, que comienza así: «Eso, Eso fue. Así empezó. Eso es. Continúa. Se mueve. Más allá. Nace. Deviene eso y eso y eso. Sigue más allá de eso. Deviene más. Combina otra cosa con más y sigue deviniendo otra cosa diferente a otra cosa y más. Deviene algo…». Podríamos seguir transcribiendo líneas de estas páginas y no conseguiríamos definir mejor el propósito que alienta este libro, que abarca desde la tragedia existencial al descreimiento ideológico o la desconfianza en la función salvadora del arte, pasando por la refutación de la divinidad o la sacralización de la vida. Podríamos pensar que esta indefinición que observamos al principio del libro encontrará en su desarrollo y, sobre todo, en su sección final titulada «Epílogos» el estuario donde las aguas del río se remansan para integrarse en un cuerpo mayor, con sus propias propiedades, con su propia naturaleza, pero no ocurre así, la polisemia, la heterogeneidad de este fabuloso libro sigue tan fresca como al inicio. «No es casualidad/ No es el mundo/ Es aleatorio/ Es el mundo/ Es la totalidad en una masa de diferentes gentes/ Es la totalidad en una masa diferente/ Es la totalidad en una masa/ Es la totalidad/ Eso es/ Eso». Así finaliza una lectura que nos conduce al principio, como la línea de un círculo trazada con una tinta imborrable que desafiara al tiempo, a la muerte. Más que un interlocutor accidental, lo que busca este libro es un interlocutor subordinado a los procesos históricos que determinan su desvalimiento, su nimiedad, su desarraigo. Para afirmarse en el mundo, Inger Christensen busca seres semejantes, no héroes capaces de cambiar la historia, sino individuos comunes y corrientes, capaces de padecerla, de sufrirla, y desde ese sufrimiento transformarla. Eso, sería entonces, si estamos en lo cierto, el recorrido autobiográfico de un ser humano expuesto a las inclemencias destructivas de la mente, a las alternancias de la felicidad y el dolor, a las incitaciones de los sentidos que busca a través del lenguaje una redención que está más allá de la propia potestad, aunque el espejismo de la esperanza lo desmienta.

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