JOSÉ IGNACIO MONTOTO. ESTAMOS TODOS, AQUÍ NO HAY NADIE. COLECCIÓN LOS CUATRO VIENTOS. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2015
Sólo un año después del galardonado La cuerda rota (Renacimiento, 2014), José Ignacio Montoto (Córdoba, 1979) nos sorprende con un nuevo libro, Estamos todos, aquí no hay nadie, de difícil clasificación, algo que, por otra parte, parece haber adquirido cierta carta de naturaleza en lo que llevamos de milenio y que enriquece, sin lugar a dudas, tanto la libertad creativa como las posibilidades de lectura. Las fronteras entre los géneros nunca han estado tan abiertas como en la actualidad, aunque no sea en ningún caso patrimonio de la llamada postmodernidad. Podemos, sin ir más lejos, remontarnos al Romanticismo para encontrar esa mezcla de reflexión metafísica con narración anecdótica en autores como Novalis o en Leopardi, en textos que tanto se parecen al poema en prosa, género en sí mismo que comenzaron a utilizar unas décadas después poetas como Baudelaire. El poema en prosa ha gozado desde entonces de una difusión desigual, sujeta a críticas y a intentos de encasillamiento de los que, sin embargo, siempre ha conseguido librarse. En el recientemente publicado El monstruo ama su laberinto podemos leer este párrafo de Charles Simic: «Aspiro a crear un no género hecho de ficción, autobiografía, ensayo, poesía y, por supuesto, chistes». Dejando al margen de esta fórmula el último de sus componentes, no muy frecuente en la literatura española, creo que estas palabras se podrían emplear para un gran número de los libros que se publican en la actualidad. En qué grado afecta esta diversidad a un libro como Estamos todos, aquí no hay nadie dependerá de los ojos con los que el lector lo lea, más que del propósito del autor y del editor, que lo ha encuadrado en una colección, «Los cuatro vientos», en la que apenas se incluyen libros de poesía (quizá la excepción más notable entre los últimos libros publicados, sea Poesía, de Calderón de la Barca) y sí libros misceláneos, a medio camino entre el reportaje periodístico y el ensayo biográfico, cuando no ensayos, estudios propiamente dichos sobre una determinada materia.
Obviando estas circunstancias, que no pasan de ser anecdóticas, hay que señalar que el libro está dividido en trece secciones de extensión desigual, pero en todas ellas adquiere una importancia capital el recuerdo, la rememoración que sirve de argumento al texto y que se desarrolla en forma de bucle o de círculo a través de una escritura que, por algunos momentos, podemos calificar de hipnótica. Esos «lunares» que tienden al infinito o la «bolsa» de plástico llena de aire con los que comienza la primera sección, «Expediente académico», reaparecen en el último texto con el objeto de certificar la idea inicial, de cerrar la línea que lo delimita. Estos textos no son meras narraciones. El discurso narrativo avanza de forma discontinua, se bifurca, se ramifica, busca correspondencias, establece una insalvable distinción entre lo que el autor percibe y las propiedades de lo que observa, que permanece ajeno a los atributos que le dispensa el narrador. El paisaje, lo observado, «permanece intacto». Este proceso de extrañamiento se consolida en la contradicción, porque como escribe Montoto, «A pesar de todo, estoy convencido de que somos dos círculos superpuestos […] Sí, lo soñé, como el viajero sueña con encontrar un nuevo paraíso perdido. No existe mejor definición para hablar de nuestro paisaje tras esa ventana».
Desde los interrogantes que suscita la realidad se pueden ir construyendo, bien un sucedáneo de ésta, una especie de realidad paralela, o pueden sentarse las bases de una realidad personal, imaginada, habitable. Ambas probabilidades conviven en algunos de estos fragmentos, sin embargo, a mi modo de ver, prevalece la segunda opción, la que procede de una mirada inquisitiva, desacostumbrada, sobre el instante, algo que me atrevo a deducir de frases como estas: «Pero somos parte del recuerdo de una existencia que ya fue. Avistar el futuro no es más que observar el presente». Para realizar esta disección, el lenguaje preconcebido, los significados prescritos resultan insuficientes, de aquí que se intente profundizar en las cualidades inherentes a los objetos o a la naturaleza por medio de repeticiones, de alteraciones semánticas, de recreaciones: «¿El río es el origen del Mundo? El río es el origen el Mundo, el río baja hacia el Mundo».
Estamos todos, aquí no hay nadie, título también de una de las secciones, muestra en esta colección de fragmentos un intento de clarificación ontológica, desde la conciencia del vacío, desde la certeza de la Nada que seremos en un futuro indeterminado. El límite entre el que somos y lo que seremos está marcado indubitablemente por un abismo llamado muerte, un abismo, un lugar quizá, que nos reunirá a todos, pero en el que, sin embargo, nunca hay nadie, porque nadie es quien ya no es, quien ya no está, a quien la historia arrincona, como Montoto nos recuerda en el texto que abre la sección «Woman Soul»: «Proyectas una imagen del vacío en los informativos; la muerte, no; ni la historia olvidada de las mujeres olvidadas por la Historia».
Estamos todos, aquí no hay nadie es un libro complejo por el que transitan ángeles que vigilan la diacronía de la historia, ángeles que protagonizan esa historia, replicantes que buscan al consuelo de la religión, hombres confusos, infelices en tanto hombres, que necesitan comprenderse, una amalgama, en fin, de situaciones engarzadas por el hilo común de la desorientación existencial, por la soledad, por el desamparo, como reflejan estos versos con los que finaliza este inquietante libro: «Nos han dejado solos,/ huérfanos de calor y al amparo de la noche,/ desprovistos de sueño y leche,/ abandonados al llanto de los grillos», hombres humildes, dueños, es un decir, de las palabras con la que describir el desconcierto.

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