JUAN IGNACIO GONZÁLEZ. CUANDO ENERO FUE PASTO DE LAS LLAMAS. COLECCIÓN DE LA CRUZ, 2015
Las palabras del padre sirven al hijo como patrón de conducta, como norte magnético de la existencia, tal y como queda escrito en el poema de reminiscencias bíblicas «Las tablas de la ley»: «Las escribió mi padre/ […] No hallaréis dogma en ellas,/ sólo algunas certezas que alumbraron mis días:/ amar, ser fiel al tiempo,/ hacer de la memoria la espuma de la vida./ no claudicar jamás a la barbarie,/ ser cauterio en la herida del dolor de los otros,/ recoger en las calles la semilla del duelo/ y sembrarla en los campos de honor,/ arriar cada mañana en la bandera del miedo,/ no temer, y ser libres». Quien así escribe es un poeta que convierte su biografía, su experiencia individual en la armadura del sujeto histórico que se compromete con el tiempo que le ha tocado vivir. La memoria es la fortaleza tras la que se atrincheran los más nobles propósitos, aquellos que se engendraron en la infancia y que serán en el futuro que ya es ahora el estímulo para no desfallecer en la lucha diaria.
Juan Ignacio González (1960), autor de, entre otros libros, Otros labios acaso (1985), Arte adivinatorio (1995) o El cuaderno de la ceniza (2013) ha escrito Cuando enero fue pasto de las llamas con el sagrado convencimiento de que la palabra poética posee todavía alguna autoridad para despertar, sino a la sociedad en su conjunto, sí la conciencia individual del no domesticado, del crítico y del beligerante con esa sociedad. Él mismo se retrata indirectamente así en muchos de los poemas que componen el libro, pero especialmente en el que es, casi con absoluta certeza, el poema más conmovedor del libro, «Lampedusa o jamás», isla tan tristemente de actualidad, que finaliza con estos versos: «Los cuerpos de la otra orilla/ se pudren para siempre bajo las aguas de la bahía.// Algunas veces nos comemos los peces que alimentan».
La poesía no se hace sólo con buenos —o malos— sentimientos, sino con palabras, y esto es algo que sabe como nadie Juan Ignacio González, por eso cada uno de los cincuenta y siete poemas de este libro supone una muestra de una técnica depurada, de un arduo y agotador trabajo posterior a la inspiración, pero completamente necesario si se pretende convertir esos sentimientos en arte. Emilio Amor lo explica en el prólogo, el libro está escrito en «elegantes alejandrinos y clásicos endecasílabos y heptasílabos, en los que están muy cuidados los acentos y alguna ocasional rima en asonante. Esto confiere a los textos un ritmo excepcional y una rima lo suficientemente controlada como para que las asonancias no chirríen al oído». Aunque el libro no esté dividido en secciones, sería faltar a la verdad decir que es un libro unitario u homogéneo, lo que, por otra parte, le confiere aún mayor interés, porque son variados las tramas que aborda. Hemos hablado ya de el compromiso social, de la denuncia de la injusticia, de la crítica al estado de los hechos y son muchos los poemas que, además del mencionado «Lampedusa o jamás», podemos citar, como por ejemplo «Los niños de la guerra», «¿De dónde vienes tú?»o «Consignas por si llaman a la puerta», pero en este extenso poemario no faltan los poemas sobre de amor («Tout L’amour du monde» y «Casida del amor» se titulan dos de ellos), los que poseen un trasunto metalingüístico («El hacedor de versos» es el primer poema del libro) o los homenajes, y en estos últimos no sólo encuadramos los expresamente así titulados: «Dos poemas en homenaje a José Emilio Pacheco» y «Dos poemas en homenaje a Joan Margarit», ambos magníficos, sino aquellos en los que José Ignacio González profundiza en el monólogo dramático, como «El almirante Marly se confiesa», «Paul Celan», «Casa de vecindad» o «Arthur Cravan. Última carta a Mina Loy», una supuesta despedida que el poeta boxeador envía a su esposa, la poeta modernista nacida en Londres, Mirna Loy que termina con estos versos del propio Cravan: «Vivamos en un taxi, y tengamos un gato». Gran parte de estos personajes interpuestos padecieron incomprensión, discriminación, cárcel o exilio, algunos —Paul Celan, Arthur Cravan, Alfonsina Storni— acabaron con su vida prematuramente arrojándose a la corriente. Otros, como Sade o Bergerac, fueron eximios libertinos que lucharon contra las convecciones de su época tanto en su escritura como en su forma de vida. Estamos hablando, por tanto, de personajes al margen de lo socialmente bien visto, de personajes que no se amilanaron ante la censura y las amenazas, aunque lo pagaron con sufrimiento y muerte. Quizá sea ésta la mejor forma de parapetarse contra la iniquidad actual, refugiarse en la vida de quienes antes que nosotros se rebelaron contra su destino y son ahora, no siempre por las mismas razones, un ejemplo. La poesía también es capaz de facilitarnos esa coartada, sobre todo cuando, como es el caso, la técnica, la conciencia del oficio no es un fin en sí mismo, sino que está puesta al servicio de una idea del mundo que tiene en los otros la última palabra.

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