Por debajo del frondoso enramado, los sindicalistas tozudamente salieron
de La embajada. El escándalo no fue inconveniente
para que la luz atravesara las hojas de los arbustos
que adornan el Paseo en ese momento perfumando brillantes Maybachs negros
derrapando alrededor de la plaza como un monarca que huye de los paparazzi.
Su voz jugueteó e hizo una pausa como un lápiz.
Las capas de hojaldre de la mañana seccionadas cuidadosamente
después caen, suaves como vocales, en un plato de porcelana. Uno aprende
a apreciar las costumbres obsoletas del viejo mundo,
dos manos embadurnadas haciendo alas con un periódico
a nuestro lado entre sorbos de café con leche, un comportamiento
poco amable como los grandes edificios a lo largo de este bulevar.
Sin embargo, el Guernica está calle abajo, y algunos limpiaparabrisas
tienen una cara siniestra, a veces doble. Como en Goya. Justo al sur
de aquí, en las faldas de las sierras, campos
de olivares tejen la tierra como un jefe moro, pero
los sultanes fueron expulsados hace mucho tiempo. En el vestíbulo
del Hotel Urban, espero un taxi, mi maleta con ruedas a mi lado
obediente como una mascota. He amado de nuevo otra ciudad
pero Madrid es tuya: sus galantes olé, su bandera optimista,
sus pabellones de cristal y mesas al aire libre como un festival
de risotadas mezcladas, nuestros puertos oscuros encontrando nivel.

Versión de Carlos Alcorta

Anuncios