VICENTE GALLEGO. SABER DE GRILLOS. XIII PREMIO EMILIO PRADOS. VISOR, 2015
«Vicente Gallego (Valencia, 1963) ha viajado, en su aventura literaria, desde la poesía de la experiencia hasta la experiencia de la poesía entendida como aventura verbal de la conciencia del mundo». Estas palabras de Carlos Marzal que rescato de la contracubierta de Saber de grillos resumen de manera precisa el itinerario poético de Vicente Gallego, uno de los miembros más señalados de la llamada generación de los 80, adscrito durante mucho tiempo a los más fieles postulados de la poesía de la experiencia, postulados que ha ido conculcando paulatinamente hasta llegar a suprimirlos de su obra actual, subordinada ahora a un concepción neoplatonista del universo, una concepción ciertamente heterogénea, porque está entretejida con elementos contemplativos de otras filosofías, de otras religiones, que hace de este sincretismo la base de una aventura espiritual que busca en su propio reflejo la imagen de la deidad, de la divinidad, entendida ésta no en sentido cristiano, sino, podríamos decir, lucreciano, naturalista, en tanto que todo lo que nos rodea, y nosotros mismos, son sólo formas pasajeras de una sustancia permanente. El filósofo George Santayana afirma que «El naturalismo es una filosofía de observación y de una imaginación que amplia lo observable; todas las visiones y sonidos de la naturaleza forman parte de él y le otorgan su simplicidad, su acritud, su fuerza coercitiva». Creo que estas palabras se pueden aplicar sin reajustarlas demasiado a la poesía reciente de Vicente Gallego y, más concretamente, a libros como Cuaderno de Brotes (2014) o a éste Saber de grillos, por más que la forma del discurso de uno y otro sea casi opuesta. El poema en prosa en el primero y el poema desnudo, concentrado, esencial, de arte menor en su mayor parte, del segundo. Sin embargo, el entusiasmo vital, la idea de unidad del universo, la creencia en que una sustancia espiritual, llamémosla alma, se transforma y se diluye en todas las cosas vivas, en la naturaleza, en el paisaje es similar en ambos libros. El yo será entonces la conciencia de esa transformación espiritual ininterrumpida. Pero leamos el poema «Biografía» para confirmarlo: «Pasando aquí las noches,/ a solas con el campo he terminado.// Enjuagando tomates/ y oliéndoles la verde rama oscura./ Pelando mis patatas y poniéndolas/ en trato de favor con unos ajos.// Y aún puedo permitirme/ dar gracias con un tinto/ que refresco con hielo y que me endulzo/ con gajos de naranja y de limón.// Se diría que no he llegado lejos,/ pero buscadme aquí,/ perdido en la primicia de mi alma». La variedad de estilo viene dictada, pensamos, por la intuición, no por una deliberada voluntad de cambio expresivo, por más que el irracionalismo que está presente en estos poemas sea embridado por la lucidez de los sentidos, eso sí, siempre expuestos a dejarse cegar por el relampagueo de la revelación.
Conviven en estos poemas el deslumbramiento, la fascinación por lo que los sentidos revelan y el afán de desentrañar dicha experiencia, por eso el verso se hace, en muchos casos, interrogativo, como en el poema «A coro»: «¿Es el búho el que canta, o es la noche/ —con la voz que le presta mi congoja—/ en su abismo de estrellas guturales?». No entresacaremos certezas vitales en estos poemas, sino una fructífera ambigüedad que combina el intelecto, la razón, con la inspiración, con la intuición. La palabra vuelve sobre sí misma para ofrecernos su esencia, una esencia que subyace no en lo consabido, sino en el significado asombroso de lo nombrado. El molde, la forma carece de importancia. Lo que cuenta es dejarse llevar por lo que dice un poeta que encuentra motivos suficientes en la realidad para gozar, para sentirse dichoso. Sabiéndose reconocido en su soledad´, «en esta soledad que es compañía/ tan simple y verdadera,/ que no puede faltarnos», el hombre se identifica mejor con lo supremo, con lo permanente. Henchido de presencia («Para intentar ponernos a resguardo,/ decimos que es un pino este radiante/ abismo que es un pino en la mañana»), el tiempo pasa a segundo plano. Da la sensación de que la relación del poeta con la naturaleza, con el Uno, estuviera al margen de cualquier incidencia temporal («Hay un reloj de sol/ pero no hay tiempo»). La realidad regala a quien sabe observarla su frenesí sin tiempo. No hay principio ni final, sino un devenir continuo que religa en su fluir unas cosas con otras. El eterno retorno se produce en una especie de silencio sagrado, acaso por esta razón, el verso se ha adelgazado y la expresión se desnuda en busca de una concreción, por otra parte, imposible de alcanzar. La palabra sólo puede enmascarar el ansia de vida, pero no puede trasmitirnos esa vida. La esencia verdadera de las cosas y la conciencia que el poeta posee de ellas permanecen vedadas al lenguaje, necesita otro modo de aproximación más cercano a la fe que al conocimiento simbólico. Para apropiarse de un instante de vida la palabra debe callar, debe dejar paso al silencio, ese silencio que sobreviene después de leer cada uno de los poemas de Saber de grillos. Lo milagroso es que alguien, en este caso Vicente Gallego, sea capaz de descender hasta el mismo origen de la verdad para cantarla.

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