PABLO SUÁREZ GONZÁLEZ. CAMINO DE AYER. LIBROS DEL AIRE, 2014
El primer libro de un poeta joven debe ser leído con las mínimas reservas posibles porque generalmente sugiere más que muestra, esboza más que define, brinda un proceso de búsqueda más que un acopio de hallazgos. Todo poeta necesariamente lleva a cabo la transformación de su experiencia cuando la traslada a las palabras y la experiencia funciona por intensidad, es cierto, pero también por acumulación. Las emociones, las anécdotas, las circunstancias vitales al nombrarlas, se corporizan en la conciencia. Lo que hasta ese momento eran sólo sueños, propósitos o ideas pasan a formar parte de una realidad que se constituye en la escritura, una realidad ya tan real como la que se vive día a día. El poema comienza entonces a levantar un muro que el poeta percibirá como infranqueable entre lo real sentido y la descripción que de ese sentimiento consigue plasmar el lenguaje. Esa toma de conciencia, a la que antes aludíamos, no es sino la constatación de una imposibilidad que se convertirá en permanente asunto de indagación y de perplejidad. No es algo que se cure con el paso del tiempo y con la acumulación de libros, al contrario, la sensación de fracaso se agravará en tanto en cuanto ningún poema logrará la plena comunión entre lo sentido y lo dicho. Le pasa a Pablo Suárez González, le pasa a todo verdadero poeta.
Camino de ayer nos resulta un título paradójico para un poeta que no ha cumplido aún los treinta años y que tiene, por tanto mucho más futuro que pasado, sin embargo, encierra una polisemia que sólo algunos lectores percibirían si no fuera por la nota de autor que cierra el libro. Ayer es el nombre en asturiano del concejo de Aller, además de ser un adverbio de tiempo que remite al pasado. Inteligentemente, Pablo Suárez González ha jugado con este doble sentido, algo que se hace aún más evidente al revisar la disposición de los poemas del libro, libro dividido en dos partes de extensión desigual pero a los que podemos considerar como sectores de un círculo que se acabará cerrando con una especie de ligadura, «Camino de Aller», irrompible entre el sujeto y su conciencia. Los versos finales de este conmovedor poema parecen confirmar cuanto decimos: «Sólo desde el paisaje interior,/ sudor y pedalada,/ puedo comprender el de fuera, peña y collado./ Sólo en él, en ellos,/ dentro,/ encuentro la fuerza./ Pues/ lo que hay tras la penúltima curva/ es, como siempre, el final,/ una duda,/ un no saber, / quizás llegar./ A ayer./ Quizás»
Pero hemos comenzado a hablar de este libro por el final, quizá influidos inconscientemente por su título, y debemos desandar el camino andado para comenzar de nuevo desde el principio, algo de lo que hablan, por otra parte, muchos de los poemas de Pablo Suárez González: «Constante,/ una sospecha me persigue:/ ya no hay comienzo ni final», escribe en «Ofrenda musical», por más que, como escribe en otro poema, «volver nunca será ver de nuevo». La extensa primera sección del libro, titulada «Cinturón de seguridad», está subdividida en tres partes enlazadas por algunos poemas de título similar, y encabezadas por sendas citas extraídas de letras de diferentes gustos musicales. La música, como se aprecia en la relación de deudas que el poeta enumera al final de libro, está muy presente en estos poemas. Música ecléctica que va desde Debussy o Bach a Quique González o Blackalicious. Volvamos a los poemas. Uno de los primeros del libro, «Paisaje interior, I» finaliza con estos versos: «Ahora, cuando te veo en el espejo, pienso qué habrá sido de tus macetas, desde aquel día que se quedó en ayer». El poeta asume que su identidad es el resultado de decisiones tomadas en el pasado, decisiones que, como no puede ser de otra forma, determinan el presente. Pero la incertidumbre, el desasosiego son inherentes a la condición humana, por esa razón la escritura es una interrogación permanente. ¿Quién, si hubiera cambiado el rumbo de su vida, podría ser ahora? El espejo revela un vacío que el poeta ha de llenar respondiendo a preguntas irresolubles. Esa es la tragedia, una tragedia que verbaliza Pablo Suárez González («Ahora ya lo sabéis: no hay vuelta atrás/ cuando sólo atrás se mira») y que puede cauterizar el amor, aunque éste sea un motivo de desestabilización en sí mismo. En la experiencia amorosa se funden, habitualmente, angustia y alegría, amargura y júbilo. Dependerá hacia qué lado se incline la balanza para que pasado y futuro se fusionen en un presente en armonía, en el que la íntima unión se colme en el otro o, por el contrario, el deseo se convierta en un obstáculo que se interponga entre la felicidad y el reconocimiento mutuo. Un hermoso verso disipa en el lector todas las dudas: «pisa sobre mí y no te hundirás en el agua». Una inquietante sensación de añoranza impregna la mayoría de los poemas de este libro, pero llega un momento en el que esa mirada melancólica cambia de horizonte. Basta para comprobarlo leer el poema ya citado «Paisaje interior, I» y el «Paisaje interior II», en el que escribe: «Suficiente luz han visto ya estos ojos/ como para poder sonreír, por fin, / bailando el ritmo que marca el tiempo». El poeta ha sido capaz de asumir que los frutos de la experiencia se transforman en su propio interior convirtiéndolo en alguien más seguro de sí mismo, dispuesto a enfrentarse a su destino cuerpo a cuerpo. Ahora ya puede escribir, con absoluta convicción: «Te despide el sol, sonriente,/ cálido abrazo de ojos entreabiertos,/ y entras en el futuro/ inventando una sonrisa». El personaje que protagoniza estos versos ha experimentado un cambio notable. Su educación sentimental se ha fraguado a base de soledad, de dolor, de desesperanza acaso, pero todo eso le ha fortalecido. Ahora, en los versos finales del libro, asistimos a una especie de renacimiento que lleva implícita una mayor confianza en los sentidos: «Sólo hacen falta dos días en la montaña/ para que todo se transforme en poesía». Como en los poetas románticos, el yo adquiere autonomía, se desvincula de ideologías y creencias. Pablo Suárez González ha encontrado en su particular relación con la naturaleza, con el orden natural, su propio rostro, el lugar en el que las fuerzas del entendimiento se robustecen. El gozo de vivir que procede del conocimiento es siempre más intenso que el puramente sensitivo, porque se llega a él después de vencer las limitaciones del deslumbramiento sensorial, porque se asienta en la contemplación y en la comprensión de lo que era extraño, de esos otros yos que le habitan. Desde este momento estamos a la espera de su próximo libro, en el que, a buen seguro, a través de sus poemas, seremos testigos de la reconciliación temporal, a la manera eliotiana, entre porvenir y conciencia.

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