ELOY VELÁZQUEZ. RAFAEL FOMBELLIDA. SEXTO SENTIDO. LIBRO DE ARTISTA, 2014
Eloy Velázquez es un artista de renombre en nuestro país. No hay más que repasar la relación de exposiciones tanto individuales como colectivas que distinguen su trayectoria para confirmarlo. Una trayectoria que comienza en el ya lejano 1978 y que está jalonada de numerosos galardones, becas de creación y otros importantes reconocimientos. Su obra, tanto escultórica como pictórica se encuentra expuesta en numerosos muesos nacionales como el Museo de Arte Contemporáneo «Costa de la muerte» de la Coruña o el Museo Picasso de Colmenar Viejo y también en algunas de las más importantes fundaciones culturales como la Fundación La Caixa o la Fundación Botín. Sin embargo, de lo que hoy queremos hablar no es de su escultura ni de su pintura, sino de su obra gráfica, de sus grabados, una técnica que estudió en la Scuola Internazionale di Specializzazione Grafica «Il Bisonte» de Florencia (Italia) y en el Centre Internacional de Recerca Gràfica de Calella de Barcelona y, especialmente, del libro de artista Sexto sentido integrado por cinco estampas acompañadas por poemas de Rafael Fombellida, otro autor de indudable prestigio poético con una decena de libros publicados, entre los que destacamos Deudas de juego (2001), Norte magnético (2003) o Violeta profundo (2012). Ambos, grabados y poemas, precedidos por un hermoso texto del periodista y poeta Guillermo Balbona. El diseño de tan magnífico volumen ha estado a cargo del pintor y diseñador Carlos Limorti, lo que supone siempre una garantía de buen hacer y de mejor gusto.
No es ésta la primera incursión en la edición de un libro de artista que realiza Eloy Velázquez. En el año 2011 editó Indocumentados. Una carpeta de aguafuertes, con poemas de Isaac Cuende y, al año siguiente, en 2012, El Cuervo de Edgar Allan Poe, ilustrado esta vez con grabados. Hemos tenido que esperar, sin embargo, hasta diciembre del pasado año para disfrutar de un nuevo trabajo, fusionado sabiamente con los poemas eróticos, carnales, voluptuosos de Fombellida. Pocas veces se da una simbiosis tan perfecta entre imagen y palabra, entre, podríamos decir, poesía y pintura, un diálogo en que las instancias del deseo sean tan oportunas. La emoción que los versos producen se traslada sin perder un ápice de intensidad al grabado, la frescura del grabado goza de idéntico verdor en el poema, de tal forma que el lector se verá incapaz de saber cuál ha sido el origen, si poema o grabado, algo que, por otra parte, carece de importancia a la hora de disfrutarlos. Todo esto lleva a un arte que se expresa bajo el dominio de lo concebible, aunque las tentadoras pasiones a veces se enmascaren en giros y maneras irracionales inherentes, como todos sabemos, al placer cotidiano, un placer estimulado en muchas ocasiones por la miseria y la sordidez humanas. Lo que sí se aprecia en ambos autores, en ambas disciplinas es el entusiasmo con la que han descorrido los velos de su mundo interior para dejar que la luz ilumine las sensaciones más ocultas, las más veladas, las, para quienes conservan una moralidad decimonónica, más pecaminosas. Asistimos aquí a una magnifica combinación de carnalidad y espiritualidad, de voluntad transgresora con apasionamiento verdadero, de hedonismo y sueño sin más restricciones que las formales. «Lejos de escribir para satisfacer un deseo o una necesidad preexistente—escribía Paul Valéry a propósito de los simbolistas—, escriben con la esperanza de crear ese deseo y esa necesidad». Mucho de simbólico hay en los poemas de Rafael Fombellida, como también lo hay en los grabados de Eloy Velázquez. Creo que unos versos del primero de los poemas expondrán mucho mejor que mis palabras estas consideraciones, por más que para verse cumplidas necesitara también reproducir alguna de las imágenes de Eloy Velázquez: «Frótate muy despacio. Que el rozamiento te seduzca y lave./ No te achate la fe. Desbrava tu canal marcándose las yemas/ en el hábil mester de darte gloria». Un casi divino estremecimiento, una gloriosa plenitud, un deseo de que el deseo transforme al ser quedan implícitos en los versos y, doy fe, en el grabado que los acompaña. Al fin y al cabo, lo que delata esta fecunda asociación es una común voluntad de cantar a la vida, una idolatría del cuerpo reflejada en el impudor del lenguaje, lenguaje diáfano en la descripción del cuerpo que, sin embargo, se oscurece en el trazo del grabador. No se pierde el discurso de Rafael Fombellida en expresiones abstractas, aunque si advertimos cierto expresionismo en el lenguaje artístico de Eloy Velázquez, lo que sirve de contrapunto y, al mismo tiempo, de afirmación a cada una de las disciplinas, las cuales gozan de total autonomía, de una verdad distinta, aunque una misma conciencia, casi sagrada (y entendemos por sagrada aquella experiencia personal que afirma y ennoblece la existencia, que rompe los límites del mundo interior, lo que Mircea Eliade llamó «experiencia primordial»), las unifique en Sexto sentido. Si toda poesía, todo arte nace de la intuición (los poetas, decía Platón, «componen sus hermosos poemas no por arte sino porque están inspirados y poseídos»), no es menos cierto que para consolidarse como arte verdadero (y aquí nos vemos obligados a enmendar al ateniense), es decir, como una de las formas más sublimes de conocimiento, el poeta necesita sí, estar en posesión de una mirada escrutadora que le revele los hondos secretos de la existencia, pero también de aquel conocimiento empírico que permite plasmarla. De intuición, pero también de oficio, está colmado este espléndido libro que reúne felizmente a dos de nuestros más sólidos y reputados artífices.

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